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FILOSOFÍA

Reflexionar sobre filosofía es invariablemente el camino a la reflexión sobre nuestras vidas.

Apuntes sobre una filosofía barroca: una cultura en tensión hacia los límites

7/14/2026

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Por: Hugo Toro 
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Introducción
El Barroco (siglo XVII) introduce una mirada problemática, derivada de la actitud crítica hacia la visión idealizada del hombre y la confianza en la razón del renacimiento que no tuvo correlato con la realidad observada, así como a la búsqueda de conocimientos más sofisticados que no clausuraran con la respuesta de Dios toda pregunta que pudiera cernirse en el horizonte de la comprensión natural. El Barroco se desarrolla en un contexto de crisis: guerras de religión, tensiones políticas y transformaciones culturales que erosionan esa confianza previa. Como señala Maravall, se trata de una época profundamente preocupada por “la conducta del hombre y sus mecanismos” (1975, p. 136), lo cual indica ya un desplazamiento: el hombre deja de ser un centro armónico para convertirse en un problema que debe ser revisado a partir de un conocimiento de sí, para establecer una especie de “ingeniería de lo humano” (1975, p. 147), para tomar en consideración no sólo el racionalismo del renacimiento, sino también la contemplación de la realidad pasional de los hombres. El barroco “se sirve de procesos parcialmente racionalizados, de las creaciones técnicas y calculadas que de ellos derivan, para alcanzar el dominio práctico de la realidad humana y social […]” (1975, p. 146) De cara a la claridad renacentista, el Barroco apuesta por lo ambiguo, lo dinámico.
            En este breve ensayo revisaremos tres productos intelectuales y creativos del siglo XVII con la finalidad de mostrar la manera en la que en cada uno de ellos se concentra esa dimensión de tensión de un hombre visto ya no como armonía, sino como límite entre lo conocido y lo cognoscible, lo infinito y lo finito, entre otras dicotomías que se cernieron en este periodo.
 
I. Galileo: los límites de lo observable
Los desarrollos galileanos lejos de encontrarse en la constelación que permitiera ubicarlo sin problemas alrededor de lo que se ha erigido como el “Mito Galileo”, es decir, esa oposición radical entre ciencia y religión; constituyen una suerte de movimiento prototípicamente barroco: el cómo ocurre. Una pregunta que ya no encuentra us satisfacción en la pura especulación, sino que parece participar del encuentro que se hace con el objeto de estudio. Desde ya, el mero uso del telescopio anticipa una posición respecto al impuso epistemofílico de este periodo un tanto radical, en tanto ya no sólo a partir de la especulación se podía definir la filosofía natural y sus explicaciones. Galileo en este sentido, incluso llega a declarar la insuficiencia de las “experiencias” para dar cuenta de la gran complejidad de ciertos elementos en el universo, no niega su existencia, no participa de un ateísmo cientificista, pero reconoce que de ciertas cosas el entendimiento queda excedido y corresponde a otros articular esas secuencias explicativas, probablemente, a la teología. Cuando señala en su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo a través de la voz de Salviati que: “No hay duda de que muchas son objeciones que pueden hacerse y de que no todas pueden refutarse con experiencia.” (2016, p. 416) Galileo reconoce esos límites, peor busca por medio de la razón dar el mayor alcance a las explicaciones de la materia y de sus movimientos, evitando poner en la ecuación a Dios cada vez que resulte dificultoso enfrentar una gran cuestión de la filosofía natural.
En sintonía con lo que hemos dicho hasta ahora, Simplicio encuentra en lo que explica Salviati la idea de que “puede esconderse algún gran misterio; y digo misterio porque me refiero a la creación del universo (ya que es de forma esférica) y a la mansión de la primera causa.” A lo cual, en un giro prototípicamente barroco, Salviati contesta: “No veo objeción alguna contra semejante creencia; sin embargo, tales reflexiones, tan profundas, pertenecen a una doctrina mucho más alta que la nuestra. Nosotros hemos de darnos por satisfechos siendo de aquellos artesanos inferiores que descubren y extraen de la cantera los mármoles, en los cuales, después, los ingeniosos escultores hacen aparecer imágenes maravillosas, que permanecían escondidas en bruto e informes.” (2016, p. 483)
Así pues, encontramos en el texto de Galileo una doble vertiente, por un lado, la búsqueda de conocimiento, que ya no mediante la superstición o la mera especulación religiosa; por otro lado, un uso de la razón que, reconociendo sus límites, se hace cargo y se enfoca únicamente a “lo que le concierne” pero no desconoce esos límites y tampoco reniega de la existencia de Dios. Y esa actitud, ese posicionamiento respecto a lo que podemos llegar a conocer hace, como dijimos en la introducción, las huellas de una posible filosofía de nombre “barroca”, esa tensión entre la finitud del hombre y la infinitud de lo existente, la radical experiencia del esfuerzo por conocer que se topa con los límites mismos del entendimiento y con los que se nos antoja de misterioso en el universo. Como veremos con nuestro siguiente autor, la desproporción y la finitud configuran toda una experiencia en las que los límites y las fronteras tienen un peso relevante.  
 
II. Pascal: la conciencia de la desproporción y la finitud
Galileo entonces reconoce que la naturaleza excede por momentos las posibilidades en su explicación física y esos límites son llevados por Pascal a alcances más elaborados, pues desde su teorización el espíritu mismo está estructuralmente limitado. Su estilo aforístico ha permitido estudiar su obra de manera más amable, en comparación con otros filósofos que desglosan sus argumentos en grandes secuencias argumentativas. Ese reconocimiento lo podemos identificar en su división del entendimiento, por vía de sus descripciones de lo que él llama “dos modalidades del espíritu”: “Existen, por tanto, dos modalidades del espíritu. La primera consiste en penetrar con viveza y profundidad las consecuencias que se siguen de los principios; a ésta Pascal la denomina espíritu de discernimiento. La segunda consiste en abarcar un gran número de principios sin confundirlos entre sí; a ésta la llama espíritu de geometría. El primero supone fuerza y rectitud del juicio; el segundo, amplitud de comprensión. Sin embargo, uno puede darse sin el otro, pues un espíritu puede poseer gran amplitud y, a la vez, carecer de firmeza.”[1] (1748, p. 260)
            Así pues, esa diferenciación permite entonces dar cuenta de la preocupación por manera en la que llegamos a conocer en los diversos ámbitos de la experiencia humana, damos cuenta de los aspectos que nos son asequibles por vía de la experiencia, de la razón y del orden que podemos hacer de nuestras comprensiones para volverlas concepciones de la realidad.
            Esta admisión de los límites se atestigua en la bellísima frase: “El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza; pero es un junco que piensa. No es necesario que el universo entero se arme para aplastarlo. Un vapor, una gota de agua, basta para darle muerte. Pero, aun cuando el universo llegara a aplastarlo, el hombre seguiría siendo más noble que aquello que lo destruye, porque sabe que muere y conoce la ventaja que el universo tiene sobre él; el universo, en cambio, nada sabe de ello. Así pues, toda nuestra dignidad consiste en el pensamiento. Es por él por lo que debemos elevarnos, y no por el espacio ni por la duración. Trabajemos, entonces, por pensar bien. He ahí el principio de la moral.”[2] (1748, p. 147)
            En este último fragmento encontramos el límite mismo que constituye esa experiencia barroca de la pregunta por el “sí mismo” que llega a conocer. De esos límites radicales de la concepción del hombre surge justo esa especie de figura que se debate en lo inmenso de la creación y su propia finitud, en la experiencia de dar cuenta de buscar conocer pero reconociendo que el todo nos quedará en una cierta distancia, que no hay ciencia de la totalidad y que no hay ser humano que pueda de Dios volver concepto fríamente asequible y definible al cien por ciento, pero que justo porque “pensamos”, como diría Pascal, nos diferenciamos y encontramos en ello la seducción del conocimiento. El hombre mira al mundo y se maravilla de su desbordamiento, pero luego se contempla a sí mismo y observa su contención en el tiempo de la vida, de ambas, es justo el dar cuenta lo que lo diferencia y lo que le permite colocar en el punto en el que se tocan los extremos de esas dos realidades. Así, ser humano es tener una experiencia esencialmente fronteriza en el mundo.
 
III. Bernini: los límites de lo representable
 Y de esa experiencia límite, fronteriza, a la que hemos estado apuntando, surge también en la creación artística una serie de objetos cuya constitución misma realzan la posición de lo que aquí venimos tejiendo desde nuestra sección dedicada a Galileo: el hombre está en el encuentro mismo de la infinitud y de lo finito.
            Y la representación que hemos elegido para poder hablar, habilitarnos y autorizarnos de ello es la que el gran maestro Bernini nos legó en la forma de su escultura El éxtasis de Santa Teresa. Esta maravillosa escultura, ubicada en la Iglesia de Santa María de la Victoria en Roma, fue encargada para conmemorar una victoria del emperador Fernando II y retrata a la Santa durante la experiencia de la transverberación de la que escribió en su obra Libro de la vida.
En dicho libro Santa Teresa de Jesús relata su extraordinaria experiencia del siguiente modo: “Esta visión quiso el Señor le viene ansí: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parecen todos se abrasan. […]Víale en las manos un dardo de oro largo, y al fin de el hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos; y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto.” (Santa Teresa de Jesús, 1915, p. 234)
            La descripción de la vivencia toca los límites entre el cuerpo y el alma de la Santa, es la experiencia prototípicamente barroca del encuentro de los límites, del portal que se juega en el territorio de las fronteras: del conocimiento, del cuerpo, del alma, del universo… A esto alude Lacan, con quien como psicoanalista me siento cómodo al citar, en el seminario “Aún” cuando se refiere a la obra que hemos elegido como materia para esta tercera parte, El éxtasis de Santa Teresa, ahí señala: “[…] basta ir a Roma y ver la estatua de Bernini para comprender de inmediato que goza, sin lugar a dudas. ¿Y con qué goza? Está claro que el testimonio esencial de los místicos es justamente decir que lo sienten, pero que no saben nada.” (Lacan, 2021 p. 92) Ese límite entre la experiencia como tal, el planteamiento de dicha experiencia, así como la imposibilidad de dar cuenta de eso que se sabe (o no) es lo que hemos estado marcando como esa característica del barroco, de este maravilloso siglo XVII que no se dejaba seducir por la renuncia aséptica, escéptica y radicalmente positivista. La que nos permitía ver en la escultura de Bernini el acceso erótico, el goce femenino incompleto por la imposibilidad de dar cuenta de su experiencia. La escultura de Bernini es la expresión de ese encuentro entre las fronteras, los límites, ahí donde la presencia absoluta de Dios hace gozar a la santa hasta un gesto de innegable erotismo, como en todo éxtasis con un toque de muerte que no se dice, no se abarca con la palabra, limita la experiencia y la finitud, pero se le experimenta.
 
Conclusiones
En comparación a lo que se suele creer, el Barroco no es únicamente un estilo artístico o un periodo histórico; constituye, como hemos visto, una forma de aproximación al mundo, tanto el divino como al natural, esto es al conocimiento y también, a la concepción que se hace del hombre mismo. He intentado señalar la manera como Galileo, Pascal y Bernini (cada uno desde sus respectivos campos) exponen la experiencia humana pero cargados hacia un límite que no necesariamente aduce una especie de armonía absoluta. Como hemos visto, que se encuentra con el misterio, con la finitud y la inmensidad de la creación, entre aquello que se puede decir porque es aprehensible por la palabra y aquello que escapa de ésta.
            Así pues, el siglo XII descubre la grandeza de la complejidad en la experiencia humana, no pura razón, no pura pasión, sino en una apertura abierta precisamente por esa tensión importante, donde lo paradójico da para buscar el conocimiento y ahí, en esa experiencia fronteriza encontramos el límite de cognoscente, pero también la dirección de los esfuerzos y la posibilidad de seguir preguntando.
 
 
Referencias
Galilei, G. (2016). “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo”. En S. Hawking (Ed.), A hombros de gigantes. Editorial Crítica.
Lacan, Jacques. (2021). Seminario XX Aún. Ed. Paidós.
Maravall, J. A. (1975). La cultura del Barroco: Análisis de una estructura histórica. Ariel.
Pascal. (1748). Pensées de M. Pascal sur la religión et sur quelques autres sujets. Ed. Guillaume Desprez et P. Guillaume Cavelier.
Santa Teresa de Jesús. (1915). Libro de la vida.  [Editor P. Silverio de Santa Teresa, C.D.], Obras completas de Sta. Teresa de Jesús, Tomo I, Ed. Biblioteca Mística Carmelitana.


[1] Traducción propia. Texto original: « Il y a donc deux sortes d’esprits, l’un de pénétrer vivement et profondément les conséquences des principes, et c’est-là l’esprit de justesse ; l’autre de comprendre un grand nombre de principes sans le confondre, et c’est-là l’esprit de la Géométrie. L’un est force et droiture d’esprit, l’autre est étendue d’esprit. Or l’un peut être sans l’autre, l’esprit pouvant être aussi étendu et foible. »

[2] Traducción propia. Texto original: «L’homme n’est qu’un roseau le plus faible de la nature ; mais c’est un roseau pensant. Il ne faut pas que l’univers entier s’arme pour l’écraser. Une vapeur, une goutte d’eau suffit pour le tuer. Mais quand l’univers l’écraserait, l’homme serait encore plus noble que ce qui le tue, parce qu’il sait qu’il meurt ; et l’avantage que l’univers a sur lui, l’univers n’en sait rien. Ainsi toute notre dignité consiste dans la pensée. C’est de-là qu’il faut nous relever, non de l’espace et de la durée. Travaillons donc à bien penser. Voilà le principe de la morale.»

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