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Por: Hugo Toro Introducción La literatura medieval comprende una serie de textos de muy diversa índole, intención, estructura y alcances. Desde ya, debemos recordar que antes del siglo XVIII la idea de “literatura” era mucho más amplia y, en realidad, comprendía textos filosóficos o científicos. Ahora bien, al ser tan amplia la noción de “literatura medieval” y al no tener nosotros otra pretensión que trazar algunos aspectos generales alrededor de las características de la obra de arte literaria en la Edad Media, nos dedicaremos únicamente a cuatro textos, recogidos de manera fragmentaria. Para los alcances de este trabajo nos dedicaremos exclusivamente a cuatro obras de la literatura medieval: El canto de los Nibelungos, el “Cuento del molinero” de Los cuentos de Canterbury, el “Cuento del judío Abraham” del Decamerón y un fragmento de la Histoire en vers de la Croisade contre les hérétiques albigeois. Reconocemos que, a cada uno de estos textos se les podrían dedicar libros de análisis literario, sin embargo, también nos parece lícito realizar un somero análisis a partir de la identificación de dos aspectos que consideramos esenciales de la literatura medieval y que funcionarán como el eje del análisis que hagamos de cada una de estas obras: por un lado, la función moralizante y luego satírica de la literatura medieval; por el otro, la función literaria de la crónica y sus intenciones. Así pues, en este ensayo revisaremos esos dos aspectos estructurales de la literatura medieval, utilizando las obras previamente comentadas como ejemplos que reflejan aquello que consideramos las características esenciales del canon medieval. Advertimos desde ya que esto es tan solo una aproximación a la literatura del medioevo y que esto no corresponde a la total envergadura de las obras literarias de ese periodo, ni a todos sus atributos, características y elementos, tarea que a fines de este trabajo resultarían imposibles; de este modo, únicamente aportamos una especie de modelo general que permita hacer una lectura informada sobre aquello que suele repetirse con cierta frecuencia en las obras literarias de este periodo. I. Funciones moralizantes y satíricas en la literatura medieval La literatura medieval se organiza, de manera casi constante, en torno a una función moralizante que no puede entenderse como un añadido externo, sino como un principio estructural del texto. Las obras emplean el ejercicio estético, el acto de narrar, como una vía para la formación del sujeto y al ordenamiento de la vida comunitaria. El texto literario no se propone, en primer término, deleitar, sino guiar o estipular un modelo de conducta identificable. Sin embargo, hacia la Baja Edad Media, nos encontramos con un nuevo modelo, el de la sátira, que deposita en la experiencia de sus personajes el centro de la acción y donde, incluso, ciertas conductas se normalizan o se critican de manera velada. En este primer segmento nos dedicaremos a analizar una obra perteneciente al cierre de la Alta Edad Media, Cantar de los Nibelungos, y dos pertenecientes a la Baja Edad Media: el cuento del judío Abraham y el cuento del Molinero en los Cuentos de Canterbury. Como hemos visto, esta función moralizante se apoya en una concepción teleológica de la existencia: la vida humana es un tránsito orientado hacia un fin, la consecución del Paraíso, y ese tránsito exige modelos, advertencias y ejemplos. La literatura ofrece, así, figuras ejemplares de virtud y de desviación, no para fomentar la identificación psicológica, sino para inscribir al lector en un horizonte normativo compartido. El relato enseña mostrando; moraliza mediante la escena, no mediante la abstracción. Cuestión plenamente identificable en el carácter de Sigfrido, ya de por sí por su nombre, al menos en su edición original alemana “Siegfried”, nos anticipa qué tipo de personaje será: Sieg (“victoria” en alemán), pero más allá el Canto de los Nibelungos nos ofrece su descripción: “¡No os diré lo hermoso que era aquel guerrero! Su cuerpo no tenía tacha alguna y con el tiempo llegó a ser vigoroso e insigne aquel varón temerario. ¡Ah, cuánta fue la gloria que conquistó en este mundo! Aquel héroe se llamaba Sigfrido y por su indomable valor vistió muchos reinos, con la fuerza de su brazo sometió a muchos países. ¡Cuántos héroes guerreros encontró entre los borgoñones!”[1] (2016, p. 23) Como se aprecia en este fragmento, el ideal de conducta valoroso, “indomable” y conquistador se erigen como modelo de virtud masculina, esas características rendidas a lo largo del texto para vivir las aventuras consolidan una imagen clara de lo que se espera de un hombre. Respecto a las mujeres, Crimilda es quien representa el modelo de virtud, llega a decir: “Mi querido hermano, os ofrezco mi ayuda sin reserva alguna y estoy pronta a serviros. Si alguien os rehúsa la menor cosa, causará un gran disgusto a Crimilda. En cuanto a vosotros, nobles caballeros, no os conviene suplicarme nunca, mejor os conviene darme órdenes, aunque con cortesía. Estoy pronta a complaceros en todo lo que deseéis.” (2016, p. 75) Crimilda, modelo oponente al de Brunilda, es el modelo de mujer que se transmite a través de esta historia, la cual, supera la aspiración lúdica o la aparente naturaleza narrativamente autónoma, su sentido último se articula en torno a una enseñanza: cómo es un hombre y cómo es una mujer. En este mismo sentido, la literatura medieval no suspende el juicio moral: lo dramatiza, lo hace visible y lo transmite como saber encarnado. En Boccaccio encontramos algo interesante, porque su obra cumbre, El Decamerón, oscila de un lado a otro entre una visión canónica y una satírica o poco ortodoxa. Esta oscilación la podemos encontrar singularmente en el cuento del Judío Abraham. Incluso en textos como El Decamerón (Boccaccio, 1984), encontramos una cierta noción de la virtud de los personajes, o por lo menos la favorable intervención divina en el caso, el amigo piadoso que debe preocuparse por la conversión de su amigo judío y el judío que se abre a escuchar a su amigo. Esto queda manifiesto en el relato: “El buen Jeannot no desistió por eso de convencerle y volvió a la carga pasados unos días. Pero sus argumentos para probar la superioridad de su religión sobre la de los judíos eran poco sutiles y los únicos que un mercader como él podía hacer. Pese a que el judío era un hombre muy enterado en materia de su religión, lo cierto es que por la gran amistad que tenía con Jeannot y hasta es posible que por las palabras que el Espíritu Santo hubiese inspirado a aquel hombre poco erudito, y que sin duda hicieron imposición en él, comenzó a escuchar con placer a su amigo, sin dejarse por eso persuadir.” (p. 19) Aún así, el valor de Dios sigue intacto, son los hombres y las figuras de la autoridad eclesial las que son cuestionadas: “Es el momento en que Boccaccio, Chaucer, Juan Ruiz y tantos otros ven en el clérigo el espejo de todos los pecados y el blanco de todas las burlas, seguramente porque tal era la actitud de sus oyentes y lectores. Y este sincronismo muestra la magnitud del duelo, pues todo revela en los satíricos la presencia de un nuevo sentimiento de la vida, profundamente atado a los intereses terrenales y nutrido por una concepción radicalmente naturalística.” (Romero, 2022, p. 189) En este sentido, Dios queda intocado, son sus vicarios los que son duramente criticados y a la vez, se erige la pretensión del hombre por acercarse a Dios no por vía de otros hombres, también corruptibles, sino a través de una comprensión racional y personal de ese vínculo, lo que, desde mi juicio se erige como forma de un nuevo ideal o de una nueva atribución de valor a determinadas conductas. Aunque no sea el acento principal de la obra, termina estructurando toda una constelación conductual sobre lo que es esperable y, de hecho, claramente aspirable de un hombre que, abierto por la razón, se encuentra con Dios a pesar de los hombres. Así pues, a lo largo de nuestras lecturas de los libros más importantes del canon, encontraremos esa constante reivindicación de ciertos valores, la búsqueda por también incentivar una pedagogía de la conducta moral y establecer condenas a aquellas maniobras que se encontraran fuera del margen ético o moral permitido. Esta función satírica propia de la Baja Edad Media se desliza hasta los Cuentos de Canterbury. En su escrito introductorio a los cuentos, Guardia (2009, p. 43) señala: “Lo escrito –incluso lo ‘pecaminoso’– tiene un fin pedagógico. Lo importante para Chaucer es no sólo participar, sino también llegar, tanto en la peregrinación como en la vida. Sin duda, Los cuentos de Canterbury epitomizan el saber de la época medieval inglesa y europea. Pero con la impronta de Chaucer: bienaventurados los que saben reírse de sí mismos, porque nunca dejarán de tener motivos para sonreír.” La ironía que despliega Chaucer hasta el grado de lo escatológico (con las flatulencias de sus personajes), se introduce como una manera potente de hacer reír y, por medio de la risa, desde mi punto de vista de realzar la experiencia humana. El pobre carpintero que termina cornudo y considerado loco, no es más que el acto conclusivo de la fábula, la moraleja que se anticipa desde el inicio del cuento cuando se nos advierte que: “Los hombres deben contraer nupcias con mujeres de posición y edad similar, ya que la juventud y la vejez, generalmente, no concuerdan: están a matar. Pero al haber caído en la trampa, tuvo que pasar sus apuros como otros.” (Chaucer, 2009, p. 94) Así, el empleo que hace esta voz narrativa posee la raigambre de su condición, molinero, no la elegancia de un clérigo por ejemplo, y una enseñanza que se desliza como moraleja, pero ya no anticipada desde la ley divina o bíblica, sino desde la pura experiencia humana sin prescindir de la cosmovisión cristiana. Pasaremos ahora a revisar un fragmento de un texto de crónica a fin de revisar algunos aspectos relativos a su estructura. A pesar de que no es un texto revisado a lo largo de este curso, me ha parecido valioso tanto por su estructura, como por el evento histórico que refleja y la mística que dejó tras de sí. II. Sobre el autor, la crónica y la legitimidad en la narración de los eventos históricos La literatura medieval se sostiene sobre una relación estructural con la autoridad, entendida no como autoría individual, sino como principio de legitimación del discurso. De hecho, Roland Barthes apunta al hecho de que en la Edad Media el autor no era una “personalidad” como en la época moderna, dice: “El autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad, en la medida en que ésta, al salir de la Edad Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, dicho de manera más noble, de la persona humana.” (1994, p. 66) En la Edad Media, en cambio, el texto no vale por quien lo escribe, sino por la instancia desde la cual se enuncia. En este horizonte, la autoridad precede al relato y lo garantiza: la Sagrada Escritura, la Iglesia o la alineación del texto al canon romano o a la voluntad de los reyes. Podríamos decir que las invenciones literarias no buscan inaugurar un sentido, sino confirmarlo. En este mismo sentido, la crónica constituye una de las formas privilegiadas de esta lógica. A diferencia de la historia moderna, la crónica medieval no aspira a la neutralidad ni a la reconstrucción crítica de los hechos. Su función es registrar los acontecimientos dentro de un marco de inteligibilidad previamente dado. El cronista no observa: parece juzgar desde una autoridad que no le pertenece, pero que lo autoriza a hablar. La historia es vista a la luz de la Biblia como condición del esfuerzo “historicista”, nos señala Dass (2011, p. 8): “Thus, a book of history arose from, participated in, and elaborated on, the tradition of historiography that included classical sources-but more importantly it included the Bible. In fact, writing history without the Bible was unimaginable in the Middle Ages.” Más adelante Dass comenta que los esfuerzos de crónica tenían como condición importante la aspiración a la transmisión de los eventos históricos enmarcados en el plan salvífico de Dios a los hombres. Es pues, a partir de esta “autorización” dada en el contexto de una comprensión de la autoridad eclesiástica como la máxima aspiración pues el hombre del medioevo no comprende su vida sin una clara asociación o vinculación a la religión cristiana. En este contexto, me pareció que la crónica contra los albigenses ofrece un ejemplo elocuente. El escritor francés Guillaume de Tudèle (s. XIII) escribió la primera parte de la la Histoire en vers de la Croisade contre les hérétiques albigeois (1837, p. 5-6) un texto cuya intención es retratar la cruzada contra los albigenses y que es el único que pude encontrar relativo a ese periodo histórico, el autor inicia su texto ya dando de por sí una condenación a los cátaros o albigenses, luego de la oración con la que abre su relato, la introduce: “Seigneurs, cette chanson est faite de la même manière -que celle d’Antioche, de même versifiée, - et se dit sur le même air, (pour) qui sait le dire. – Vous avez tous entendu comment l’hérésie, --que le Seigneur Dieu maudisse ! s’était si fort propagée, – qu’elle avait en son pouvoir tout l’Albigeois, (…) il en envoya ses lettres à Rome, en Lombardie. — (Mais), Dieu me bénisse ! je me puis autrement dire (sinon que les hérétiques) — ne font pas plus de cas des sermons que d’une pomme gâtée. -- Cinq ans, ou je ne sais combien, cette gent égarée — se conduisit de même, ne voulant pas se convertir, — de quoi sont morts maints (grands) personnages et ont péri des foules de peuple, — et bien d’autres encore en périront, avant que la guerre finisse ; — il n’en peut être autrement.”[2] La mención del envío de cartas “à Rome, en Lombardie” no es un dato circunstancial, sino que hace invocación de Roma como instancia última de validación, y desde esa invocación se construye el discurso sobre les hérétiques. La negativa a escuchar los sermones no es presentada como diferencia doctrinal, sino como obstinación culpable que justificará eventualmente la sangrienta masacre al sur de Francia. La violencia, las muertes y la guerra no se narran como exceso, sino como consecuencia necesaria, justificación dada a partir de esa legitimidad que da el hablar desde la investidura del poder: il n’en peut être autrement. En ese gesto, que recién comentamos, el autor revela la función o intención profunda de su obra: no garantiza la verdad del relato, sino que absorbe la responsabilidad del juicio. El canto hermoso de su lírica es una herramienta usada en función de un objetivo mayor, transmitir un mensaje quasi divino que le garantiza una legitimidad al acto militar y a los horrores de esa cruzada, la única en Europa. Así, la crónica medieval no produce memoria crítica, sino confirmación del orden, haciendo del relato un instrumento de legitimación histórica del poder y de las instituciones religiosas. Esta estructura de autoridad que sostiene a la crónica medieval se articula de manera directa con su función moralizante. La autoridad dada por la doctrina, no solo legitima el discurso, sino que lo vuelve eficaz como enseñanza: la desobediencia doctrinal conduce a la ruina, la persistencia en el error explica la violencia, y la muerte se presenta como consecuencia plenamente justificada en la voluntad divina manifestada por Dios a través de sus vicarios. Conclusiones A lo largo de este ensayo hemos propuesto una aproximación general a la literatura medieval a partir de tres ejes que consideramos estructurales: la función moralizante y luego satírica, así como la intención en el relato crónico y sus características definitorias. Este recorrido, en el que he intentado abarcar textos tanto de la Alta como a la Baja Edad Media ha permitido observar que, más allá de sus diferencias formales, genéricas y temporales, estas obras comparten una misma lógica profunda: la literatura no se concibe como un ejercicio autónomo ni como una expresión individual del autor, sino como un dispositivo orientado a producir sentido dentro de un orden social, religioso y simbólico previamente establecido. En el Cantar de los Nibelungos, esa función se manifiesta de manera explícita en la configuración de modelos de virtud y de conducta, donde lo heroico, lo masculino y lo femenino se presentan como ideales normativos que ordenan la experiencia humana. En los relatos de Boccaccio y Chaucer, ya en el marco de la Baja Edad Media, esta función no desaparece, pero se transforma: la moralización se desliza hacia la sátira, la ironía y la experiencia concreta de los personajes. Estos ejemplos permiten afirmar que la literatura medieval no suspende el juicio moral, sino que lo dramatiza y lo encarna en figuras, acciones y relatos. La narración se convierte así en un espacio privilegiado de transmisión simbólica, donde la enseñanza no se formula como abstracción teórica, sino como escena, ejemplo y consecuencia. Lo que a mi juicio, permite a los autores medievales, sean anónimos, múltiples o no, el echar mano de cuanto elemento consideren pertinente a los fines que persiguen, incluso, si las alegorías, metáforas o hechos se deslizan hacia una transformación que no se alinea con la realidad plenamente “histórica” o “realista”. Incluso cuando la risa, la burla o lo escatológico irrumpen en el texto, como ocurre en Chaucer o Boccaccio, lo hacen dentro de un marco que sigue orientando la lectura hacia una comprensión y modelado de la experiencia humana. Este trabajo no pretende agotar la complejidad ni la riqueza de la literatura medieval, sino ofrecer un modelo de lectura que permita reconocer ciertos patrones recurrentes en el canon. Así pues, este trabajo no es otra cosa que un puro punto de arranque, pues la complejidad y dimensión de las producciones literarias de la Edad Media, requerirían muchos más vértices de comprensión y lectura. Referencias Anónimo. (2016). Cantar de los Nibelungos (J. M. Mínguez Sender, Trad.). Alianza. Boccaccio, G. (1984). El Decamerón (Trad. Daniel Tapia). Editorial Porrúa. Chaucer, G. (2009). Los cuentos de Canterbury (P. Guardia Massó, Ed. y Trad.). Madrid: Cátedra. Dass, N. (2011). The deeds of the Franks and other Jerusalem-bound pilgrims. Rowman & Littlefield Publishers. Roland Barthes. (1994). El susurro del lenguaje: más allá de las palabras y de la escritura. Ed. Paidós. Romero, José Luis. (2022). La Edad Media. Fondo de Cultura Económica. [1] Por comodidad, hemos elegido la versión en prosa, traducida y realizada por José Miguel Mínguez Sender en Alianza Editorial. [2] Traducción propia: Señores, esta canción se hizo del mismo modo que aquella de Antioquía, con la misma versificación, por decirlo de alguna manera, con el mismo aire. Han escuchado cómo la herejía, que el Señor Dios maldice se había fuertemente propagado y tenía todo su más absoluto poder en los albigenses, (…) envió sus cartas a Roma, a Lombardía. — (Pero), ¡Dios me bendiga!, no puedo decir otra cosa (sino que los herejes) — no hacen más caso de los sermones que de una manzana podrida. -- Durante cinco años, o no sé cuántos, esa gente extraviada — se comportó del mismo modo, sin querer convertirse, — a causa de lo cual murieron muchos (grandes) personajes y perecieron multitudes del pueblo, — y muchos otros más perecerán todavía antes de que la guerra termine; — no puede ser de otro modo.
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Por: Hugo Toro Introducción El ciclo artúrico y las crónicas de las cruzadas suelen considerarse tradiciones literarias distintas: una ficción cargada de elementos míticos y maravillosos, y la otra un género histórico centrado en eventos bélicos y religiosos. Sin embargo, ambas participan de un mismo horizonte cultural: el de una Edad Media que comprendía el mundo a través de una lente cristiana y buscaba, mediante la literatura, moldear identidades, virtudes y visiones del pasado. Lo que sigue es un análisis que pone en diálogo ambas tradiciones a partir de la espiritualidad, la construcción del héroe y la función ideológica de sus relatos. I. Un trasfondo compartido: espiritualidad y búsqueda de lo sagrado Aunque el ciclo artúrico forma parte de una literatura histórica ficcionada, guarda interesantes paralelos con las crónicas de las cruzadas. Me parece que ese espíritu de transformación espiritual y ligadura a la tradición de la Iglesia son componentes compartidos en ambas tradiciones narrativas, sobre todo si consideramos la búsqueda de reliquias (el Santo Grial en Arturo) y los lugares santos en las cruzadas eran una característica común a ambos. A diferencia de Los Nibelungos, donde la presencia cristiana es un poco más tenue con marcadas referencias y tradiciones paganas, en el ciclo artúrico y, naturalmente, en los relatos de las cruzadas la presencia de un cristianismo arraigado se marca considerablemente. En ambos existe una exageración de las proezas y de la justificación espiritual cristiana de la aventura y el papel de los personajes. Arturo “preparó el futuro escatológico que el milenarismo cristiano había predicho. Lo que le esperaba en Ávalon no era sólo su regreso victorioso a este mundo, sino también conducir a la humanidad hacia el Juicio Final y la eternidad.” (Le Goff, 2013, p. 378). Lo mismo nos es referido en torno a las crónicas de las cruzadas: la historia vista a la luz de la Biblia como condición del esfuerzo “historicista”, nos señala Dass (2011, p. 8): “Thus, a book of history arose from, participated in, and elaborated on, the tradition of historiography that included classical sources-but more importantly it included the Bible. In fact, writing history withour the Bible was unimarinable in the Middle Ages.” Más adelante, Dass comenta que los esfuerzos de crónica tenían como condición importante la aspiración a la transmisión de los eventos históricos enmarcados en el plan salvífico de Dios a los hombres, misma aspiración que se retrata en varios elementos del ciclo artúrico. Quizás el más notable sea nuestro Merlín, producto de la relación entre un demonio y una doncella, y quien por la piedad cristiana de la doncella termina volviéndose un hombre bueno hasta su eventual caída por el deseo hacia una mujer. A mi juicio las dos características que comparten son, por un lado, la transmisión de los valores cristianos a partir de las gestas y las aventuras de los protagonistas, la búsqueda de lugares u objetos sagrados; y por otro lado, un estilo de narración fuertemente partidista, donde lo bueno y lo malo se decantan en torno a los valores cristianos representados en esos escritos. Para continuar, conviene revisar cómo se construye al héroe en ambas tradiciones. II. El héroe medieval: virtud, pecado y misión espiritual Los protagonistas artúricos son gente virtuosa a la manera cristiana, sus proezas son exageradas y con tintes de heroísmo. A pesar de que también ellos padecen el peso del pecado original, sus proezas son vistas como ejemplos del cristiano comprometido, y los monjes y religiosos del siglo XIII encontraban en su ejemplo una manera de enriquecer sus homilías y la transmisión de los valores cristianos. Con sus 12 caballeros, Arturo representaba al guerrero salvífico y comprometido con la búsqueda del Grial (Le Goff, 2013, pp. 378–381). Se trata de un guerrero admirable por su valentía y por los esfuerzos que hace por siempre depositarse en el campo del bien; no siempre vencedor de las tentaciones, es visto como un héroe que supera las adversidades para luego regresar victorioso. Al igual que en el ciclo artúrico, en los relatos relativos a la cruzada, los protagonistas son naturalmente los cristianos. Sus narraciones enfatizan las proezas y la victoria de los personajes cristianos por encima de los paganos, con frecuencia terminando en una doxología (alabanza a Dios) que permite enmarcarlos dentro del plan divino, mientras que los paganos, por ejemplo los turcos, son retratados de manera tosca y especulativa, extraídos absolutamente “del ámbito de la historia sagrada.” (Dass, 2011, pp. 16–18). Este esfuerzo literario en la personificación cristiana y su alabanza influye directamente en el estilo de las descripciones. III. El estilo medieval: exaltación, moral y destino El estilo de las descripciones en los sucesos e incluso en los pasajes y características de los personajes no apunta hacia el realismo. Su función, a mi gusto, tiene un objetivo más bien estilístico y formativo: poseen la raigambre de una tradición de exaltación de los valores a través de los horizontes, aventuras y personajes que vemos desde los textos clásicos. Por ejemplo, la descripción de las proezas de Arturo queda retratada en la Historia Regum Britanniae de 1136: el rey Gilomaur, al verse superado en capacidad y hombres por Arturo, termina por rendirse y este último se embarca en nuevas aventuras de conquista y sometimiento, hasta que “(…) Arturo regresó a Britania, estableciendo firmemente la paz en sus dominios y manteniéndola a lo largo de doce años.” (Trad. De Cuenca, 1984). Lo mismo podemos percibir en el Galfridus Monemutensis Vita Merlini de 1150: “Merlín de Britania era considerado en toda la tierra como un hombre ilustre. Era rey y adivino; dictaba leyes al soberbio pueblo de los démetas y anunciaba el porvenir a los príncipes.” (Trad. Romo-Ordóñez, 2012). Merlín sufre por las calamidades de los hombres y las naciones, llora por su insensatez y por la sangre derramada en la guerra; se le ensalza como sabio y como líder. En ambos casos, los autores buscan representar las virtudes cristianas, y los esfuerzos descriptivos y estilísticos parecen poseer esta naturaleza de exaltación de las virtudes y de la lucha de los protagonistas por vencer la tentación, el pecado y, en todo caso, el mal. IV. Identidad, poder y legitimación: por qué estas historias importaban El propósito, en el caso de Arturo y en buena medida de las crónicas de las cruzadas, era dotar de una personalidad cultural y afianzar la lógica discursiva del poder imperante. Ya fuera que este se refiriera al vasallaje, las guerras y el estatus del rey ,tan presente en las leyendas de Arturo, o que se refiriera al papel de la Iglesia como garante de la tradición cristiana y de la recuperación de los santos lugares, así como de los valores que se enarbolaban. “Al pertenecer a esta categoría de los altos personajes que se imponen gracias a sus proezas militares (…)” (Le Goff, 2013, p. 376), Arturo se convierte en la representación clara de un reino que se erige vencedor y que posee una leyenda que articula su secuencia histórica, política, cultural y legendaria, a la manera de Roma con sus leyendas de origen con Eneas como punto de partida y ligadura con el esplendor griego. Así, el propósito de estos escritos es en buena medida transmitir una identidad que afiance los valores que se pretenden estructurar y esgrimir como básicos de la tradición identitaria de un pueblo, de un rey o de un movimiento, como en el caso de las cruzadas. Dass (2011, p. 17) añade una repercusión ligada a una pedagogía moral y cultural: “These involve the reader with different histories, cultures and geographical locations, and by doing so, the Gesta allows for a reconsideration of questions that lie at the very heart of chronicle. What was a crusade? What were the conditions that brought about the First Crusade? And why dis anyone want to become a ‘crusader’?” Del mismo modo, la multiplicidad de autores y de grupos de escritores consolida una visión panorámica diversa y muchas veces contradictoria en los textos (Brossard-Dandré & Besson, 2007, p. 17), pero siempre con fines como los que hemos establecido y con repercusiones en la lectura histórica e ideológica de esos acontecimientos o de dichos personajes históricos. V. Conclusiones La comparación entre el ciclo artúrico y las crónicas de las cruzadas revela cómo la literatura medieval, independientemente de su género, funcionó como un instrumento para construir identidad, transmitir valores y legitimar estructuras políticas y espirituales. Tanto el mito como la crónica exaltan figuras heroicas, interpretan el mundo desde una lógica cristiana y buscan inscribir al lector dentro de un orden moral y providencial. La Edad Media entendió que la narración, ya fuese fantástica o histórica, era una herramienta de formación, de cohesión y de sentido. En ese cruce entre literatura y espiritualidad reside la fuerza duradera de estas obras. Referencias Brossard-Dandré, M., & Besson, G. (2007). Ricardo Corazón de León: Historia y leyenda (D. Fontes, Trad.). Edhasa. Dass, N. (2011). The deeds of the Franks and other Jerusalem-bound pilgrims. Rowman & Littlefield Publishers. Geoffrey of Monmouth. (1991). The history of the kings of Britain (M. Reeve, Ed. & Trans.). Boydell Press. (Obra original ca. 1136) Le Goff, J. (2013). Arturo. En Hombres y mujeres de la Edad Media (pp. 376–381). Paidós. Por: Hugo Toro. Nadie puede dudarlo, Borges es un genio de la literatura. Si alguien lo niega que lo encierren en un manicomio o que se le ignore por imbécil. “Ficciones”, publicado en 1944, es considerado por el diario Le Mond uno de los 100 mejores textos del siglo XX, no se equivocan. La maestría de Borges con el idioma español se deja notar en esta extraordinaria antología de cuentos que, a lo largo de sus dos partes abre temas humanos y más allá de lo humano. Borges usa el lenguaje en una prodigiosa y proverbial erudición que reúne en sus páginas no solo giros literarios valiosos por su estética sino por la integración brillante de elementos y cuestiones filosóficas esenciales, pasando por uno de sus favoritos (Schopenhauer) donde el tiempo, el espacio y la existencia se encuentran en un jardín de caminos que se bifurcan. Lectura obligada para cualquier hispanohablante interesado en la alta cultura, “Ficciones” es un referente del canon occidental, simplemente no se puede pensar en no leerse, pues sin duda será y ha sido matriz común de muchas de las obras cinematográficas, literarias y teatrales contemporáneas. La experiencia es única pues el lenguaje es empleado con una elegante economía, el lector se encuentra constantemente en sintonía e identificación a pesar de tratarse de ficciones, el orden establecido del libro supone una excelsa capacidad literaria-lingüística. Finales inesperados, historias con una originalidad excepcional son tan solo dos elementos que podrían pobremente describir aspectos de las historias que se cuentan. Por lo demás, juzgue usted, me permito compartirle una frase contenida en este texto: “Pensar, analizar, inventar –me escribió también- no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia.” (Borges, 2018, p. 116) Referencias Bibliográficas: Borges, Jorge Luis. (2018), “Cuentos completos” (Ficcionario), Editorial Lumen. Reseña por: Hugo Toro. Todos somos Bilbo Bolsón. Aunque escrito a lo largo de la década de los 20`s y publicado finalmente como un libro entero en septiembre de 1937, “El Hobbit” del afamado filólogo J. R. R. Tolkien es al día de hoy uno de los libros más adorados por las juventudes y por los cultos adultos. Por supuesto, en sus orígenes el libro fue desarrollado por el autor como un obsequio para sus hijos, lo que provoca que el texto tenga esos matices de “narrador para niños” que a momentos hace pequeñas intervenciones donde interactúa con el lector, sobre todo durante la primera mitad del texto. Por lo demás, tomemos en cuenta la totalidad de la obra. Bilbo Bolsón, protagonista de esta historia, es la representación más clara del “Loco” (primera carta del Tarot), de ese mítico arquetipo del no-hombre, del no-ser; de aquello que se encuentra en la comodidad de su propia existencia, sucediendo de manera circular sin pregunta y sin exigencia, propia o ajena. La novela no retrata únicamente las aventuras de un divertido personaje, retrata la vida misma, el suceder constante del crecimiento personal humano ; es un símbolo magistral de la apropiación personal de sí mismo. El Hobbit, es una muestra de lo que es la vida. Un niño al inicio, la adolescencia que se debate en conflictos (ir a la aventura o no, malhumorado), tan solo para descubrir que durante el camino habremos de encontrarnos en nuestras propias habilidades, descubriendo tesoros y márgenes más allá de los límites de la comodidad de la infancia. El conflicto personal y existencial se abre camino a lo largo de toda la novela, solo para quien desea experimentar algo más que una noble narración. Bilbo Bolsón llega a declarar: “Soy un saqueador que no puede escapar, y ha de seguir saqueando miserablemente la misma casa, día tras día […] ¡Ésta es la parte más monótona y gris de una desdichada, fatigosa e incómoda aventura! ¡Desearía estar de vuelta en mi agujero-hobbit junto a mi propio fuego, y a la luz de una lámpara!” ¿No hemos experimentado todos en algún momento una sensación similar?
El hobbit es una magistral metáfora de la vida misma, es una representación del crecimiento personal a lo largo de la vida. Una obra espléndida sobre al que se puede disfrutar y ufanarse en ese disfrute, único y perspicaz que conduce al lector a un mundo mágico en el que por más extraños que resulten los hechos y las representaciones puede fácilmente identificarse y encontrar por caminos insospechados matices de sí mismo. Gandalf, con esa sobrada sabiduría que lo caracteriza lo declarará, justo antes de terminar: “[…] No supondrás, ¿verdad?, que todas tus aventuras y escapadas fueron producto de la mera suerte, para tu beneficio exclusivo. Te considero una gran persona, señor Bolsón, y te aprecio mucho; pero en última instancia, ¡eres sólo un simple individuo en un mundo enorme!” REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS: Tolkien, J.R.R. (2002), "El Hobbit", Ed. Minotauro, Buenos Aires, Argentina. Reseña por: Hugo Toro. ¿Han tenido esa sensación de que al leer un libro se encariñan con los personajes? ¿Han sentido esa desesperación o angustia previa a cualquier despedida cuando los capítulos avanzan y avanzan y se acerca la hora de decir adiós? Never let me go… Kazuo Ishiguro, premio Nobel de literatura 2017, es el autor de la estupenda novela “Nunca me abandones” (Never let me go). Ambientada en un mundo ficticio donde se realizan clonaciones humanas a diestra y siniestra para la obtención fácil y oportuna de órganos de transplante, la novela retrata la vida de tres jóvenes que crecen en uno de los centros de “donadores”, sus vidas, las relaciones que mantienen adentro y fuera; el devenir de la adolescencia, las dudas, las certezas, las corrientes eléctricas de pasión y lujuria que hierven la sangre al inicio de la juventud y que encapsulan al amor para hacerlo más concreto y llevadero. Editado en español por Anagrama, Never let me go fue publicada por primera vez en 2005 y ha sido llevada a la pantalla grande de la mano del director Mark Romanek. La adaptación al cine, que desconozco y sin la cual puedo vivir cómodamente, le valió a Ishiguro un lugar dentro de la crítica y la concepción popular de su obra. Por supuesto, las disyuntivas éticas y políticas introducidas sutilmente en el texto acompañan al lector a lo que puede llegar a convertirse en una reflexión profunda que apela a la vida, la dignidad y el valor de la vida humana. Nacido en Nagasaki (Japón), pero crecido y criado en Londres, la prosa de Ishiguro revela las tendencias inglesas más penetrantes, no así su pasado y origen japonés que casi no se distinguen su manera de escribir. Never let me go, es a mi juicio la consolidación de una obra que pasará al canon occidental contemporáneo; excepcionalmente escrita, como pocas novelas retrata las vicisitudes de la vida más normal en un mundo distópico y por lo demás anormal. Para quien lee con corazón abierto e intelecto atento sus libros, este texto resultará una experiencia por lo demás exquisita, desde la angustia por el futuro, pasando por la superficialidad de las amistades y rematando en el tema de la muerte, Ishiguro nos conduce a una amistad única y duradera con sus personajes, a los que declaradamente habremos de desear decir: never let me go… Por: Hugo Toro. Introducción De la literatura de Alice Munro se podrían decir miles de cosas y analizarse, por lo demás, otras tantas; sin embargo, en lo que concierne a este artículo habremos de revisar algo que en mi lectura de esta extraordinaria escritora canadiense supuso una constante: la cotidianeidad. Uno de mis textos favoritos de esta escritora es, sin duda, su antología de relatos “Mi vida querida”, donde la Nobel 2011 nos aproxima a una serie de humanos personajes y a sus vivencias, en condiciones cotidianas y que no suponen una necesidad excesiva de lo que se conoce como “suspensión de la incredulidad”. Esta constante que denuncio ahora y que tiene que ver con lo cotidiano como punto de partida es el eje central de lo que aquí pretendo exponer; es importante considerar que muchas personas buscan en la lectura situaciones que confronten con circunstancias poco comunes, aventuras extravagantes como las del famoso Robert Langdon, célebre personaje del escritor pop Dan Brown. Personajes como este que recién menciono reúnen características suprahuamas, que nos mantienen al filo del asiento, no así, a lo largo de toda la antología “Mi vida querida”. En un paralelo a todo lo excepcional que puede presentar la literatura común (pop), Munro nos enfrenta a circunstancias que bien podrían catalogarse de “comunes”, cotidianas, no hay personas sobresalientes, no hay súper-humanos. Los personajes de Munro son seres en los que podemos mirarnos a nosotros mismos o a las personas que nos han acompañado a lo largo de nuestras vidas. Así pues, dos preguntas surgen a todo esto: ¿Es realmente cotidiano lo que ocurre en la obra de Alice Munro? Y ¿Para qué hace uso Munro de la cotidianeidad en su creación literaria? Trataré de responder a ambas preguntas, echando mano de la propia obra de Munro; así como de otras obras literarias que nos servirán de plataforma para construir una respuesta y así, finalmente, armar una conclusión más o menos general sobre la obra de Alice Munro “Mi vida querida”. 1. ¿Es realmente cotidiano lo que ocurre en la obra “Mi vida querida” de la Nobel Alice Munro? Antes que nada, debemos emprender una breve reflexión sobre lo que es en realidad lo cotidiano; podríamos decir que lo cotidiano es aquello que nos ocurre a diario, es algo que no supone algo extraordinario, sino que, por el contrario, es lo ordinario; lo cotidiano es lo que vivimos todos nosotros, los “normales”, los que no estamos sujetos a grandes o exageradas condiciones de vida. Dice Mauricio Baro (2001, p. 9): “Lo cotidiano por su parte, envuelve al cuerpo con sus olores, sabores, etc. En él nosotros somos protagonistas, parte de esa seducción. Porque lo cotidiano implica la presencia y uso humano masivos. Lo cotidiano requiere del “contacto” del día a día, de esa ficción, ese roce diario.” Y así es, lo cotidiano implica lo humano, la vida en su expresión más amplia, en sus detalles más comunes e íntimos: olores, sabores, recuerdos, experiencias, calles, árboles, casas, todo cuanto hay; porque es el momento y la forma en lo humano, es decir, nosotros nos manifestamos en este continuo que es la vida. Lo cotidiano implica eso a lo que estamos acostumbrados, aquello que experimentamos diariamente. Ahora bien, hemos hablado brevemente de lo cotidiano, aunque no cuanto quisiera, pero es momento de hablar de la obra de Alice Munro, “Mi vida querida”. ¿Será realmente cotidiano lo que ocurre en la obra de Alice Munro?, juzgue usted: -Cuento “Irse de Maverley” (2014, p. 75): “En los tiempos en que había un cine en todos los pueblos, en Maverley también lo había y, como tantos otros, era el cine Capital […]” -Cuento “Grava” (2014, p. 99): “En aquella época vivíamos al lado de una cantera de grava. No una de esas excavaciones enormes con maquinaria monstruosa, sino un foso de escasa envergadura con el que un granjero debía de haberse sacado un dinero años atrás. […]” -Cuento “Dolly” (2014, p. 262): “A Franklin no le gustaba comer fuera. A mí sí. Caminé un rato más, ya a paso normal, para hacer tiempo hasta que abrieran. En un escaparate vi un pañuelo que me gustaba y pensé que debía entrar y comprármelo, que me sentaría bien, ero nada más tocarlo lo tuve que soltar. Su tacto sedoso me dio náuseas.” Las dos primeras citas son la apertura del cuento; la última cita es uno de los comentarios de la protagonista del cuento. En el primero, el recuerdo de un pueblo y su cinema; nos acoge y nos acomoda magistralmente en un ambiente provinciano. En la segunda cita, una descripción de un lugar de vivienda que se vivía en una cantera, pequeña, con la que se ganaba “algo” de dinero en otro tiempo, algún granjero. En la última, un marido al que no le gusta comer fuera, un pañuelo, un deseo de poseerlo. Juzgue el lector si no queda plenamente manifiesto lo cotidiano en estas tres citas; nada fuera de lo ordinario, ningún asesinato sin resolver, ninguna clave por revelar, no hay ninguna transformación en un bicho, ni una invasión a Marte; no hay más que hechos, recuerdos y experiencias que tanto usted como yo podríamos haber compartido, eso es lo cotidiano. Aunque pobre en la cantidad de citas, considéreselas representativas y, seguro, en los demás cuentos encontrarán inicios semejantes, más aún en aquellos de la última parte de libro “Finale”, que son relatos autobiográficos de la infancia y juventud de Alice Munro. ¿Qué más cotidiano que la vida misma de la autora? Ahora bien, es precisamente este aspecto en la obra de Munro lo que nos envuelve y nos consciente al leerla. La genialidad de la obra de Munro está en el hecho de que ha sabido entretener con algo que pareciera ser poco o nada entretenido. Munro ha logrado fijar la atención del lector por cientos de páginas, con una estructura literaria poco moderna o, mejor dicho, poco “de moda” como lo es el cuento, a través de la narración de hechos que por lo demás, nos podría estar contando nuestro abuelo o que bien podríamos estar viviendo nosotros. Eso a lo que pocos le apostaban por pretenderse “aburrido” o incluso desolador, Munro con su magistral e innegable talento, lo ha convertido en joyas literarias que te mantienen atento hasta la última palabra. Es lo cotidiano un nuevo tema, es el cuento algo vivo; amabas cosas, un nacimiento y un renacimiento, se los debemos, sin duda, a Alice Munro. 2. ¿Para qué echa mano Alice Munro de lo cotidiano en su creación literaria? Sí, lo que ocurre en la obra de Munro es cotidiano. Sí lo es y ése es el brillo particular de su obra, el gran tesoro que encontramos al leer a la Nobel canadiense. Franzen (2013, p. 308) en su octálogo sobre el valor de la obra de Munro comenta: “Su tema son las personas. Personas personas personas”. Y Franzen tiene justa razón; el tema de Munro son las personas y hablar de las personas es hablar de lo cotidiano, es convertir a los personajes en una extensión de nosotros, porque sus vidas, son las nuestras, son, como he dicho, un buen espejo donde mirarnos. El para qué Munro escribe sobre lo cotidiano, cuando, como hemos visto, podría ser un tema aburrido o poco atractivo para los lectores modernos acostumbrados a estimularse con temáticas extraordinarias. Es una pregunta que no podemos responder, sólo hacer pequeñas conjeturas. Aquí va la mía. La respuesta parecer ser clara para mí e incluso, el propio Franzen en su benevolente ensayo a la obra munroviana la responde sin quererlo conscientemente, cuando dice: “Leer a Munro me lleva a ese estado de reflexión tranquila en que pienso en mi propia vida: en las decisiones que he tomado, las cosas que he hecho y no he hecho, la clase de persona que soy, la perspectiva de la muerte. […] Porque mientras me hallo inmerso en un cuento de Munro, estoy concediendo a un personaje imaginario el mismo respeto solemne y callado y el profundo interés que me concedo a mí en mis mejores momentos como ser humano.” (Franzen, 2013, pp. 313-314) Ese efecto es lo que la lectura de Munro ocasiona, a través de sus personajes, de los recuerdos, hechos, experiencias de los seres humanos que protagonizan sus cuentos nos vemos a nosotros mismos, o bien, vemos a alguien más de nuestra propia vida; observamos lo que somos porque lo cotidiano nos abraza como seres humanos y nos encontramos, lo cual en una lectura narrativa es complejo de lograr, pero cuando ocurre es un gran placer. He aquí nuestro para qué, creo firmemente que este efecto de reflejo, en el que nos miramos a través del espejo de lo cotidiano de los cuentos, es el motivo de Munro para soportar desde ese lugar sus narraciones. Algunas conclusiones Lo cotidiano en la obra de Alice Munro es evidente, se encuentra en cada página, en cada personaje, en cada palabra que nos ofrece la autora canadiense en sus narraciones. El efecto que produce en quien lo lee ya lo hemos revisado, si lo que ocurre es auténticamente cotidiano o no, también; sin embargo, el elemento de la cotidianeidad es un elemento peligroso en la literatura, porque puede convertirse en el peor enemigo de un escritor, lo cotidiano requiere genialidad en la escritura, debido a que no cualquiera puede entretener o poner el ojo o la lente literaria adecuada para que eso se convierta en algo digno de leerse o, por lo menos, no aburrido. Así pues, lo cotidiano en la obra de Munro no hace más que convertirse en la prueba más manifiesta de la genialidad de esa autora. Finalmente, bien podría usarse lo cotidiano para criticar la obra de la canadiense; aludiendo a lo poco “de moda” que ese tema se encuentra en la actualidad, o podría ponerse el acento en la crítica en otro lado en el campo de lo cotidiano; sin embargo, ¿no es, como hemos visto, lo cotidiano algo que nos hace reflexionar sobre nosotros mismos”, ¿no encontramos en los cuentos munrovianos entretenimiento, reflexión, datos históricos y nociones claras de un tiempo y alejano? La respuesta a estas preguntas es un sí categórico y en ese sí, encuentro yo, o mejor dicho, fundamento el auténtico valor de la obra munroviana, quien lee a Munro, se enfrenta humildemente a una obra digna y por lo demás extraordinaria, porque supera las tendencias de la actualidad e incluso aventurándose de esa manera, provoca en el lector múltiples y valiosos efectos. Se debe leer a Munro, si no como un ejercicio de aproximarse a la buena literatura, sí como un ejercicio para aproximarse a uno mismo… REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS: Baros, Mauricio. (2001), “La seducción de lo cotidiano”, ARQ. Mes julio, núm. 48. Franzen, Jonathan. (2013), Más afuera (Farther Hawai). Editorial Salamandra: Barcelona, España. Munro, Alice. (2014), Mi vida querida. Editorial Lumen: Ciudad de México. Autor: Hugo Toro. "Sonata de Kreutzer" por René François Xavier Prinet Sería interesante hablar de "La sonata de Kreutzer", candente y ácida obra del escritor ruso León Tolstoi, en términos del contenido del mensaje que su protagonista Pózdnyshev va declarando a lo largo de la obra; el autor logra poner en voz de este satírico personaje una serie de concepciones impresionantes, por no decir extremistas, que se van desarrollando a lo largo del melancólico recorrido de un tren que transporta a Pózdnyshev y a su interlocutor. Ahora bien, quisiera enfocarme en dos aspectos, a mi gusto fundamentales para la comprensión de esta obra, el primero: la voz poco común de la primera persona, encarnada por el mismo Pózdnyshev y que brinca de una manera sublime hacia la tercera persona de manera casi imperceptible; segundo, el interlocutor de Pózdnyshev, ¿Quién es ese hombre que con paciencia escucha las inapetecibles palabras de aquel sujeto desagradable y mordaz? ¿Quién es aquel quien en su voluntad está permanecer sentado en un tren, torturado (o no) por las palabras de un censurable personaje como el que se le ha plantado en frente?. Éstos dos serán los puntos centrales de esta pequeña reseña. En relación al primer punto, podemos decir que esta novela abre el paso al lector en una trama que surge desde una discusión poco sustanciosa, que poco tiene que ofrecer, quizá hasta pueril y común, cuyo tema central es el amor. Durante esa charla entra en escena una anécdota concerniente a Pózdnyshev, aunque quien la relata no conoce que dicho personaje se encuentra ahí mismo. Tiempo después Pózdnyshev se revelará como el asesino de dicha anécdota y no sólo eso, también desplazará a los demás interlocutores de la discusión para incorporarse en una especie de monólogo. Ya por esto esta voz intercambiable entre personaje y personaje es poco usada en términos de primera persona; nos encontramos ante dos narradores, uno primario (poco importante, que narra pobremente los aspectos emocionales de Pózdnyshev) y uno secundario (Pózdnyshev, que narra su propia experiencia y cuya voz es la que más habremos de ver con mayor extensión y recurrencia dentro de la novela) ; no sólo este cambio de "batuta" impregna la novela de un fuego apasionado, sino que (y esto tiene que ver con el segundo punto) el autor brinca, en igual intermitencia, de la primera persona a la tercera persona en la narración; la lectura de un texto con estas características se vuelve turbio, ensombrecedor y apasionado, delimita magistralmente la línea del discurso de tal suerte que no se pierda la noción en el lector de que se lee una novela y no un diálogo platónico sobre el amor y sus pasiones, la candidez del personaje principal y de su vehemencia envuelve la mirada del lector y el contenido de su mensaje lo arropa en suspiros de coraje y taquicardias de horror y desprecio. Esto en lo concerniente al primer punto, hemos dicho ya que el discurso de Pózdnyshev es pesado, pesimista y, en ocasiones, brutal; aunque también muy humano. Pero, ¿Qué personaje ha de ser este que globalmente nos narra y al mismo tiempo es los oídos del loco Pózdnyshev? No puedo responder de otra manera que diciendo que ese ser sentado, en aquel vagón de tren, que mira el nerviosismo, la angustia y la pasión de nuestro asesino no es otro que el lector; la clave de la novela está en que dicho interlocutor en el tren no es otro que el propio lector, el que sostiene el libro es el que está sosteniendo una conversación con el personaje principal; la poca intervención el interlocutor escrito (no del real que somos nosotros) genera en la mente la poderosa sensación de estar escuchando de primera mano el testimonio del asesino Pózdnyshev, los pocos momentos descriptivos del interlocutor escrito, dan al interlocutor real un respiro dentro de ese tren; casi podemos saborear el aroma del té que bebe religiosamente Pózdnyshev cada estación y a cada oportunidad; estamos ahí, sentados, anonadados, arrojados a escuchar un discurso que no callará hasta que las ruedas del tren se detengan, hasta que Pózdnyshev se detenga, sólo ahí acontecerá el final. Únicamente el lector podría aguantar semejante discurso y, permitiéndome ir más allá, lo aguantamos porque dicho discurso nos enfrenta a la realidad más cruda de un ser como nosotros mismos, la crudeza de lo humano. Si somos masoquistas o valientes (según sea el caso, quizá ambos) no huimos y seguimos leyendo y el interlocutor escrito no se va "como habríamos hecho nosotros" se queda, pero en realidad el que se queda es el lector, sólo él y nadie más que el es ese oído del que necesita Pózdnyshev para descargar su patética historia... Por: Hugo Toro Michel Houellebecq no me es ajeno y se ha convertido en uno de mis escritores y poetas franceses favoritos. Su estilo único, irreverente y evocador de la finitud del hombre supone un incorruptible bloque que azota la estabilidad del suelo en los pies del lector. Un temblor como pocos es el más reciente poemario de Houellebecq titulado “Configuración de la última orilla”, editado por Anagrama, el texto constituye una serie de poemas subversivos e irreverentes, la naturaleza del contenido, los temas, las metáforas y los significados atraviesan lo humano en sus facetas más ruinosas, en una correspondencia directa entre lo sublime y los alcances del fin de lo sublime, una poderosa reseña del hombre en un breve poemario que no se extiende más allá de las cien páginas pero se extiende más allá en el alma del lector. Si mis opiniones resultan copiosas e incluso vanaglorian al autor por encima de sus verdaderos atributos no se me puede juzgar tratándose de un poeta y escritor tan genial como Houellebecq. Pienso que no me equivoco cuando afirmo que desde Camus no habíamos encontrado un escritor francés que pusiera el acento de la perfidia humana y su eminente autodestrucción en el centro como lo hace Houellebecq, aunque habríamos de salvar ciertas distancias al respecto. El amor, la vejez, el enamoramiento y la felicidad son puntos nodales de la experiencia humana, como vivencia o como aspiración, como condena o como resultado de la vida misma, como quiera que se quiera entender el extraordinario texto de Michel Houellebecq comprime el corazón a recordar su pasado y lo orienta a no ignorar su futuro. Una cita de belleza: “Il existe des amours parfait, accomplis, réciproques et durables. Durables dans leur réciprocité. C’es là un état suprêmement enviable, chacun le sent; pourtant, paradoxalement, ils ne suscitent aucune jalousie. Ils ne provoquent aucun sentiment d’exclusion, non plus. Simplement, ils sont. Et, du même coup, tout le rest peut être.”* El amor ahí, como lo recíproco, como aquello que sostiene en la transacción de la reciprocidad y que nos envuelve en lo común de lo no pasional, no suscita ningún tipo de celos, dice Houellebecq, parecen existir con todo lo demás, como la compañía de una paloma en la cornisa de la ventana al amanecer o los claxons de los coches por la mañana en la ciudad. Es así. Houellebecq vuelve a imponernos su crudeza, la banalidad de la existencia y del amor, de un pene erecto, de un recuerdo tortuoso, de la soledad y de la frustración; elementos, debo insistir, enteramente humanos y que nos recuerdan nuestra propia existencia, no sin antes advertir que de todo eso nos distanciamos, distrayéndonos de la crudeza de nuestra existencia y de los vínculos sobrados que imprimen máscaras de suficiencia ahí donde lo único que hay es el sabor amargo del devenir en una vida finita, condensada en unos cuantos amores, ni siquiera muchos detestables o muchos dignos de recordar. El lector encontrará en este libro las pasiones, las frustraciones y los vínculos de lo humano condensadas en una bomba que amenaza con detonarse todo el tiempo… * ”Hay amores perfectos, plenos, recíprocos y duraderos. Duraderos en su reciprocidad. Es ése un estado supremamente envidiable, todos lo sentimos así. Sin embargo, paradójicamente, dichos amores no suscitan ningún tipo de celos. Tampoco provocan ningún sentimiento de exclusión. Simplemente existen. Y, simultáneamente, todo lo demás puede existir.” (Traducción de la edición en español por Editorial Anagrama.) REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
Houellebecq, Michel. (2016), "Configuración de la última orilla.", Ed. Anagrama. POR: V. H. TORO
Frecuentemente conocido por su carácter casi siniestro, solitario y huraño, el escritor francés Michel Houellebecq nació en Francia en febrero de 1958; dedicado a la poesía, a la novela y a los ensayos sus obras son referentes de la literatura francesa contemporánea y se erigen con complejos códigos morales y éticos, estructurados en la mira de polémicas socio-políticas actuales. Su última novela “Sumisión”, editada por ANAGRAMA y escrita en primera persona, es una obra plagada de reflexiones éticas, humanas y políticas; se trata, para efectos de esta reseña, de la obra a la que dedicaré mis reflexiones. “Sumisión” supone ya desde el título una aproximación operante (quiero decir en movimiento) a una condición que implica la liberación de la propia libertad, si es que alguna vez se fue libre, a favor de condiciones que se desean o que convienen, pero que para realizarse requieren un sacrificio: la libertad. La trama de la novela, ambientada en el año 2022, desarrolla el escenario de una Francia en la que las condiciones políticas van menguando hasta tal punto que el partido islámico consigue el poder, lentamente y a la vista del personaje central, los movimientos políticos se van introduciendo cada vez más a la cotidianeidad, las intrigas, las renuncias y los movimientos de la alta esfera política reflejan un clima de constante inestabilidad que se va fugando de la novela hasta el corazón del lector que termina por dejarse envolver. Justamente el modo de operación del cambio, que no se realiza de un modo abrupto sino, por el contrario, lenta y paulatinamente, es lo que va dando una impresión de realismo; constantemente las afrentas éticas y de defensa de los ideales libertarios occidentales se ven puestos a prueba y terminan por ser olvidados bajo el pragmatismo personal de los personajes, a los que se les ofrece la comodidad de una vida de estatus y riqueza resuelta a cambio de su aportación silenciosa al nuevo régimen. El tema del feminismo impregna la novela desde la primera página, como si de lo occidental que cosifica a la mujer se fuera pasando lentamente a otro tipo de cosificación; de la pornografía barata, las prostitutas y las estudiantes facilotas, hacia un régimen de opresión y devaluación a la mujer, que le impide de manera definitiva formar parte del gobierno y de la educación; que de ahora en adelante educará “mujeres” en el sentido de pertenencia a un hombre, a un hombre que además tiene todo el derecho de casarse polígamamente. Dos condiciones no esencialmente opuestas. ¿Es la burka más ofensiva que la pornografía occidental? Usted sabe responder. Si “Sumisión” (2015) es valiosa, es valiosa justamente porque nos confronta con la hipocresía humana; con situaciones que ponen entredicho la propia respuesta y que juega en todo momento con la perturbadora y clásica pregunta ¿Qué haría yo en esa situación? Pregunta que en la novela no se resuelve fácilmente y que solo aparece a los finos lectores. “Sumisión” (2015), es un llamado a la confrontación con nosotros, con una sociedad que reclama las libertades que ordinariamente restringe y mutila por medios diferentes, como si la pobreza moral y el abandono de las prácticas de derechos humanos fueran válidos siempre y cuando se hagan al modo y usanza de occidente. Lacerante, ardiente y perturbadora, así como tragicómica en ocasiones, la más reciente novela de Michel Houellebecq constituye una joya permanente de la literatura universal y contemporánea. No queda mucho que decir: Leamos a Houellebecq. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS: Houellebcq, Michel. (2015), “Sumisión”, Ed. ANAGRAMA, México: CDMX. POR: GUADALUPE VÁZQUEZ. De los personajes casi arquetípicos que mueven a profundas identificaciones, destaca el Parsifal o el Sir Percival de las leyendas artúricas. En el romance escrito en el siglo XI por Chrétien de Troyes, Parsifal se presenta casi como un “niño salvaje” un “niño lobo”, que se ha criado fuera del mundo y fuera del quehacer de los hombres. Crece en un bosque solitario, en compañía de su madre, Herselojde, quien habiendo perdido a su marido y dos hermanos, decide apartar a su hijo de la caballería y sus peligrosos lances. Cuando por fin Parsifal, contrariando la voluntad materna, sale a los caminos de Gales dispuesto a convertirse en caballero, todos reparan en su estrafalario aspecto, lo confunden con un loco y se mofan de su torpeza y de su ignorancia. A menudo me pregunto ¿qué especie de Parsifal sería yo sin la lectura? Y ¿quién habría sido él con el amable tutelaje de las letras? Si Parsifal, por ejemplo, hubiera aprendido a leer, habría sabido que los bosques no son solo cotos de caza donde arrojar venablos a los jabalíes. En los bosques se refugian animales mitológicos y se esconden amantes; es punto de partida de aventuras iniciáticas y lugar de abandono de huérfanos hambrientos; el bosque era y es el escenario predilecto de Perrault y de los Grimm. Con un libro abierto, como un puente tendido hacia otras realidades, el mundo se habría vuelto más grande. Quizá a falta de libros, Herselojde le narrara a Parsifal algún cuento antiguo consagrado en la tradición oral, pero sería sin duda una fábula que lo disuadiera de alejarse del bosque, que mantuviera el mundo reconcentrado y diminuto bajo la foresta. Le contaría algo así como “La corneja fugitiva” de Esopo: “Un hombre cazó a una corneja, le ató un hilo a una pata y se la entregó a su hijo. Mas la corneja, no pudiendo resignarse a vivir prisionera en aquel hogar, aprovechó un instante de libertad en un descuido para huir y tratar de volver a su nido. Pero el hilo se le enredó en las ramas de un árbol y el ave no pudo volar más, quedando apresada. Viendo cercana su muerte, se dijo: ¡Hecho está! Por no haber sabido soportar la esclavitud entre los hombres, ahora me veo privada de la vida” (pág 98). Pero sigamos imaginado que Parsifal sabía leer, que tenía una biblioteca completa a su alcance, y que recordando de viejas lecturas de caballería, lo allí descrito y las gentiles ilustraciones de sus páginas, no habría cometido el error de trastocar caballeros de yelmos dorados por ángeles celestes. Mucho menos habría salido vestido de tal guisa que, más que por guerrero audaz, le tomaran por el tonto del pueblo. Leer lo enfrentaría al relato de los combates, a su atrocidad; lo haría asomarse al campo de batalla, y entre apretados renglones y letras capitales vería a los heridos sacudirse el acecho torvo de los buitres. ¿Abandonaría entonces su vocación caballeresca?¿Le anunciarían los libros los peligros de la contienda?¿sería capaz un libro de salvar su vida? Y de la soledad en el bosque, ¿lo salvarían los libros? Al menos por un rato… Uno puede sentarse en un café a leer con placidez sin la oprobiosa imagen de aquel que sin compañía, solo y solamente, espera. Parsifal a falta de amigos de su edad hubiera podido encontrar como sustitutos a Dick Sand (1) o en su defecto a Holden Caulfield (2), como lo hicimos por un tiempo aquellos que, siendo tímidos, preferíamos esconder nuestra nariz en un libro. Con todo, lo que más distingue la lectura, a mi entender, es el placer que esta produce: las gozosas horas empleadas en pasar las páginas, hasta que la oscuridad nos sorprenda aún con el libro entre las manos. Con certeza, este Parsifal lector se habría procurado un candil que le permitiera concluir al menos un último capítulo, incluso en la noche más cerrada del bosque galés. Como aquella querida amiga miope que con una linterna y una lupa de aumento, se empeñaba en llegar hasta el final del relato; la misma que robara libros de tiendas y bibliotecas, y que pidiera prestados algunos para no devolverlos jamás, sin que esto último importe demasiado, a sabiendas de que son libros leídos, libros amados. Llegados a este punto, me confieso, fui un Parsifal empujado a la lectura en ausencia de televisión u otras distracciones. Un Parsifal que vivió en una fortaleza de libros y que hizo de los libros su fortaleza. Con toda la torpeza social que delata al autodidacta salí al mundo cometiendo, quiero pensar, menos desatinos que el Parsifal de Chrétien, y sin olvidarme de llevar conmigo la memoria de las historias leídas y releídas. Aún así esa misma rigidez de autodidacta ha hecho de mi una lectora temerosa de autores nuevos; una lectora desmemoriada que olvida novelas completas a beneficio de otras no mucho mejores; una lectora de medio pelo. A mi favor diré que soy una lectora crédula, con candidez parsifalesca ingreso al relato y desde el primer renglón mi juicio crítico capitula para darle paso a eso, que ahora sé, dan en llamar suspensión de la incredulidad. Este salto al vacío no es para lectores de manuales, sujetos concretos que regatean ladinamente con la fantasía y con los que no me sentaría a desayunar, pues habrán de disculparme, soporto menos la falta de imaginación que la falta de modales en la mesa. La imaginación es un requisito tan indispensable para el lector como lo es la fe para el creyente. Regreso a Parsifal, tras mirarme en su espejo; regreso con la presunción de que los libros habrían liberado su imaginación y entonces sería capaz de escribir sus propios poemas de amor cortés, vencer así la resistencia de las damas, recibir de ellas besos y joyas, hacerlas suyas con las mismas palabras de Chrétien: “Asmath apartó la cortina, yo seguía estando fuera, de pie. Vi una doncella y una lanza traspasó mi corazón y mi mente. Asmath llegó y yo le tendí los faisanes con el alma en llamas. ¡Desgraciado de mi! Desde aquel día un fuego inextinguible me devora” (Chrétien de Troyes, s,f, estr. 361). Y si las palabras bien engarzadas sirven para hacer trastabillar la virtud, sirven también para elevarla, para mostrar lo que hay en nosotros de humano, es la palabra la que nos separa de las bestias a las que con la misma palabra nombramos. En los libros Parsifal o un lector cualquiera, puede encontrar un retrato preciso del carácter del hombre, la expresión de una mente clara o del desvarío. De la sabiduría de la Porcia de Shakespeare a los estúpidos dislates de Ignatius J. Reilly3. La histeria de Madame Bovary; la locura y el fetiche en el cuento “La cabellera” de Guy de Maupassant: “Me estremecí al sentir entre mis manos su tacto acariciador y ligero. Y me quedé con el corazón latiendo de repugnancia y de deseo, de repugnancia como al contacto de los objetos arrastrados en crímenes, de deseo como ante la tentación de algo infame y misterioso. El médico prosiguió encogiéndose de hombros: -La mente del hombre es capaz de cualquier cosa” (Pag. 235). Del conflicto intrapsíquico nos da ejemplo El vizconde demediado (1952) de Italo Calvino, quien cuenta la fantástica desventura de un hombre escindido; su mitad malvada enfrentada a su otra mitad, tan bondadosa que empalaga y que nos hace querer elegir el sabor acre del mal. Esta novela pertenece a una trilogía, en la que se incluye El caballero inexistente, de la cual el propio autor nos dice: “…como en mis dos anteriores novelas fantástico – morales o lírico – filosóficas, o como se las quiera llamar, no me he propuesto ninguna alegoría política, sino tan solo estudiar y representar las condiciones del hombre de hoy, la forma de su alienación, las vías para la consecución de la humanidad total”. Bondad, maldad, juicio y locura y todos los claroscuros que van de uno al otro extremo, caben en un libro. En Hambre, del escritor noruego Knut Hamsun, libro insignia de autores como Thomas Mann, Henry Miller o Paul Auster, leemos la historia un hombre arrojado al delirio y a las alucinaciones por el ayuno que impone la miseria. Un joven y orgulloso escritor cuya voluntad se ve quebrantada y azuzada al mismo tiempo por el demonio del hambre. En este punto podríamos pensar la literatura como un inventario de todo lo que es humano. Dicho esto viene a mi memoria Georges Perec, quien, con precisión de relojero, logró registrar la vida en sus mínimos detalles a través de su novela La vida instrucciones de uso, un rompecabezas de más de 1500 personajes, para los que el autor utilizó un algoritmo matemático que permitió dar coherencia y estructura a una obra monumental y documental. Su lectura, admito, me resultó ardua, un libro cuesta arriba para una mente como la mía, poco entrenada en descubrir los sofisticados andamiajes de la narración. Pero más allá, ¿Son los novelistas quienes más conocen el alma del hombre? Me contó un amigo que en la primera entrevista con su psicoanalista, escéptico y arrogante como es, le preguntó ¿Qué puede mostrarme usted que no pueda encontrar en la literatura? El psicoanalista lo miró con seriedad y le contestó con una mano a la altura del pecho para indicar cierta talla: Mire Freud está aquí, y quizá Lacán, pero-continuó mientras levantaba la mano tanto como la longitud de su brazo lo permitía- a Proust o Dostoievski los encuentra usted aquí. Por mi parte, en espera que los exégetas más fervorosos de Freud no reclamen mi cabeza, me inclino a pensar que su apreciación, aún siendo injusta, no está tan desencaminada. De los libros se disfruta y se aprende. Y de nuevo vuelvo a Parsifal, que tan poco sabía de todo lo existente más allá de la linde del bosque y al que tal vez le habría sobrevenido una epifanía con un tomo de enciclopedia, con un atlas o con una simple receta de cocina. ¿Qué nuevos conocimientos le brindaría un libro? Esas descripciones mediadas por símbolos le habrían dado lo que a mi: un primer mapa del mundo y quienes lo habitan; un lugar desde el que mirar y desde el que trazar, mejor pertrechado, su itinerario de viaje. Imploro hoy que el espíritu ingenuo de Parsifal no me abandone del todo, que siga imantando mi ánimo de curiosidad y que los libros sigan guardando un secreto, el Santo Grial de la dicha entre sus páginas. Notas al pie de página: (1) Dick Sand, personaje principal de la novela de Julio Verne Un capitán de quince años (Un capitaine de quinze ans) publicada en 1878 . (2) Holden Caulfield, personaje de la novela El Guardián en el Centeno (The Catcher in the Rye) del escritor estadounidense J. D. Salinger, publicada en1951. (3) Ignatius J. Reilly, personaje de La conjura de los necios (A confederacy of dunces), novela de John Kennedy Toole, publicada póstumamente en 1980 y ganadora del Pulitzer en 1981. Bibliografía.
http://www.medellindigital.gov.co/Mediateca/repositorio%20de%20recursos/Troyes,%20Chr%C3%A9tien%20De/De_Troyes_Chretien-Historia_De_Perceval_O_El_Cuento_Del_Grial.pdf
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