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​Laguna de letras.

"Laguna de letras" es un espacio dentro de nuestra sección cultural "Desviaciones", donde nuestros colaboradores publican escritos breves de carácter literario, de ensayo, de crítica, así como textos de inventiva narrativa o cultural que no encajan en nuestras demás secciones.

"Entre el pecado y la celebración: usos, funciones y prescripciones de la risa en la Edad Media"

11/8/2025

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Por: Hugo Toro
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Introducción
Es de esperar que esa oscuridad de la que se acusa a la Edad Media tenga también un semblante de seriedad y lúgubre apariencia, tal parecería que, en ese periodo, de nada menos que mil años, las personas resguardaban al rostro de las sonrisas y al aire del estridente sonido de las risas. Así pues, conviene preguntarse ¿estaba prohibido reír en la Edad Media?
Con el fin de responder a esta pregunta, en este ensayo me propongo abordar la comprensión de la risa en la Edad Media a partir de la tensión de lo que considero las dos posturas antagónicas presentes en este periodo: verla como un pecado o como una forma de celebración y descanso del alma. Me interesa comprender si reír era un acto condenado o, más bien, una forma de liberar lo reprimido dentro de una cultura profundamente religiosa, así como en qué contextos era lo uno o lo otro. A través de textos como el Policraticus de Juan de Salisbury y la Suma teológica de Tomás de Aquino, examinaré cómo la Iglesia trató de normar los afectos y los gestos del cuerpo, especialmente la risa. Mientras que, por otro lado, las investigaciones de Rizzi (2010) y Villalba (2020) me ayudarán a mostrar que, en las fiestas y carnavales, la risa encontraba su propio espacio de resistencia. Desde la lectura de Freud (2019) y Le Goff (2008), me interesa pensar la risa no solo como un fenómeno cultural sino también como una experiencia psíquica que desborda la moral, un acto que revela la ambigüedad y que, en todo caso, se vuelve una necesidad humana.
            Así pues, recorreremos los textos medievales con el fin de representarnos el papel que jugaba la risa y cuál era la recepción social que tenía, es decir, si era bien vista o más bien era condenada y prohibida, como suele ser en el abordaje histórico de cualquier realidad humana múltiples son los vértices de apreciación que se pueden utilizar, de manera que no descuido el hecho de que, por el alcance del presente trabajo no podré desarrollar a profundidad todo el material del que se tiene disponibilidad, pero al menos se podrá considerar esto como un esfuerzo en indicar un horizonte hacia una respuesta posible a la pregunta de la que nos ocupamos.
 
I. La risa
La risa es un elemento importante de la vida psicológica y social, anticipa un movimiento de creatividad e interacción, pues en ella “están dadas las condiciones para que experimente libre descarga una suma de energía psíquica hasta ese momento empleada como investidura” (Freud, 2014, p. 141), es decir, por medio de la risa podemos desprendernos del uso habitual de nuestros esfuerzos psíquicos y dedicarlos a algo nuevo, compartido y creativo. Por esto último, preguntarnos si hubo algún tiempo en que la risa estuviera prohibida nos resuena como algo contraintuitivo, casi monstruoso. Pero como suele suceder en todo lo que concierne a la Edad Media, ninguna pregunta es tan sencilla y ninguna respuesta puede ser absolutamente abarcativa. Lo mismo sucede cuando debemos responder si estaba prohibido reír en la Edad Media. Deberemos aclarar el concepto de prohibición, pues si bien estaba proscrita por la Iglesia, esta proscripción no impedía que la gente siguiera riendo y, de igual modo, no era una prohibición absoluta y radical, había formas y maneras en que la risa se volvía legítima. Así pues, a mi juicio no existía prohibición de reír.
 
II. La sospecha hacia la risa y su evitación
            Algunos estudiosos podrían rechazar la visión que recién acabo de exponer, aludiendo a la tendencia del periodo altomedieval a sospechar de la risa. Es bien conocido que en este periodo “reinaba un modelo de divertimento represivo que estaba basado en los patrones provenientes de cenáculos monásticos y eclesiásticos. Desde aquellos bastiones privilegiados se propugnaba un sistema de relación humana donde la risa fuese contenida y, aún mejor reprimida.” (López Villalba, 2020, p. 356). Esto tuvo la indudable influencia del neoplatonismo agustiniano, que miraba con sospecha todo aquello proveniente del cuerpo, encontrando en una especie de ascetismo la auténtica liberación del alma y toda salvación posible. La Iglesia, como religión oficial, tuvo como misión “el control de la conducta humana. (…) sus sacerdotes [eran] censores de la vida cotidiana de los fieles, a quienes aconsejan, guían, prohíben, juzgan, castigan y perdonaban.” (Vinyoles, 2003, p. 31)
            Muestra de esta prohibición también estaría representada en el Policraticus de Juan de Salisbury escrito a mediados del s. XII, que se ubica en el periodo de transición entre la Alta y Baja Edad Media, pero nos sirve para entender la concepción altomedieval sobre la risa: “La risa es indicio de ligereza, y cuanto más abierta es, más descomedida y reprensible resulta. (…) Y el Salvador lloró, pero nunca se supo que riese (…)” (de Salisbury, 1984, p. 367).
 
            Estas consideraciones podrían confirmar la visión de que estaba prohibido reír, de que la Edad Media fue un periodo de absoluta seriedad como centro del dominio del cuerpo y sus sospechosas e imprevisibles reacciones. Sin embargo, como veremos a continuación, nada es tan homogéneo como podría parecer y el grave error de esta posición es no considerar la polifonía de voces y matices en los textos, así como la evolución que en un milenio hubo en relación con la risa en la Edad Media.
 
III. Lo lúdico y la risa en el periodo bajomedieval
Si bien en todo el periodo altomedieval existió una postura más bien reservada sobre la risa, a partir del periodo bajomedieval las cosas comienzan a cambiar y ciertas maniobras sociales se consolidan en la vida cotidiana de las mujeres y los hombres medievales.  
            Por ejemplo, el mismo texto de Juan de Salisbury hace un matiz importante enseguida de la cita que rescatamos: “(…) no creería fácilmente que era [Jesucristo] proclive a risotadas el que habla de la risa de una forma tan ambigua que, si se rio, no lo parece. (…) Tal vez rio el varón justo, pero nunca le movió a risa una tontería mundana (…)” (Idem) Ahí, el filósofo parece generar un matiz que permitiría la risa, pero no sobre cualquier cosa, no sobre lo mundano al menos. De este modo, no todo el corpus doctrinal apuntaba a una descalificación a ultranza de la risa, por el contrario, no eran infrecuentes los matices y cierto nivel de apertura a la misma, aunque el acento estuviera depositado en la aspiración a la autarquía.
            En este mismo sentido, Santo Tomás es todavía más abierto; gran representante del periodo bajomedieval y sus avances aristotélicos genera una visión de la risa mucho más condescendiente. Afirma que la razón privilegia el orden de los movimientos del cuerpo encaminándolos a la virtud, pero no duda en afirmar sobre los comediantes que su trabajo y labor lúdica tienen su valor y su necesidad para el alma: “Tal como indicamos (a.2), el juego es necesario para la vida humana. Ahora bien: a todas las cosas útiles para la vida humana pueden asignárseles ciertos oficios lícitos. Incluso el de comediante, que se ordena al solaz de los hombres, no es ilícito en sí mismo, mientras emplee el juego moderadamente, es decir, sin mostrar palabras o acciones ilícitas y mientras no se use el juego en fines y tiempos indebidos.” (Santo Tomás, 1953, p. 562) Y más adelante: “(…) el juego es útil por el deleite y descanso que proporciona, y el deleite no se busca por sí mismo en la vida humana, sino en orden a la acción.” (Ibid, p. 563)
            Esta visión filosófica sobre lo lúdico como necesidad del alma, posee su correlato en las tradiciones festivas de la Edad Media, la mayoría consolidadas en la Baja Edad Media, y en un personaje: el juglar, quien hacia el siglo XIII deja de ser un personaje nocivo y comienza a verse como un personaje positivo, su ambición de hacer reír por medio del juego y la comedia comienzan a verse con buenos ojos sobre todo con una influencia decisiva en la concepción doctrinal de la época: San Francisco de Asís, dice Le Goff: “Le rire, jusqu’alors surtout réprimé comme dans les monastères, s’est libéré. Saint Fraçois est un saint qui sait rire et qui fait du rire une des expressions de sa spiritualité, c’est-à-dire, pour ceux qui le voient et l’entendent, de sa sainteté.”[1] (Le Goff, 2008, p. 107).
            Aunado a esta transformación encontramos, como hemos dicho, las fiestas o festivales. De las fiestas de Navidad y las Pascuas, así como el Carnaval, la festa stultorum como la Cornomanía, y la fiesta del Obispillo, podemos recuperar un talante emancipador y reivindicador de los ordinariamente excluidos, cuyo eje particular servía como instrumento para encontrarse “consigo mismo sin buscarse, por medio de un desahogo trascendental. Todos los colectivos se sumergen, por tiempo limitado, en esa extraña sensación de una vida radiante que, aunque no les es propia, han de vivirla como tal. Una trasposición imaginativa que les abre unos espacios de deleite y espejismo donde la materia y la utopía se confunden en una permanente reposición.” (López Villalba, 2020, p. 363)
            No se trataba de fiestas que no recibieran ciertas condenas por parte del establishment eclesiástico, pero aun así eran permitidas y, de hecho, en pocas ocasiones fomentadas. Como venimos afirmando es en la Baja Edad Media donde se observa una “renovada atención a lo lúdico” (Rizzi, 2010, p. 241) con su consecuente apertura a la expresión de la risa como expresión y movimiento corporal. Ese cambio, queda manifiesto una vez más en Santo Tomás quien escribe: “El tercer grado de humildad consiste en no ser fácilmente propenso a la risa, y a él se opone la alegría necia.” (Santo Tomás, 1953, p. 532), de modo que queda más que claro el matiz que incluye, la risa como tal no es mala diría Santo Tomás, sino sólo en su exceso (razón que denota su influencia aristotélica) y sólo en condiciones que atenten contra la vida virtuosa, pues de otro modo es lícita al alma y necesaria al descanso y al juego como vimos con anterioridad.
 
IV. Conclusión
Como se puede apreciar, no existía propiamente dicha una prohibición de la risa que fuera homogénea y a lo largo de todo el periodo medieval. En todo caso, parecen más acercarse a la prescripción religiosa o espiritual que a la prohibición como tal. Así mismo, las consideraciones filosóficas y eclesiásticas fueron transformándose, del neoplatonismo que la veía con sospecha y recomendaba su evitación (aunque no lo prohibiera, al menos no con efecto de castigo severo) hasta el periodo aristotélico-tomista donde la risa empieza a ser vista sin tanta suspicacia e incluso alentada en ciertos contextos y con determinados límites.
Podemos destacar así mismo que la actitud frente a la risa en contextos donde se aspira al más elevado desempeño de la razón subsiste hasta nuestros días; observable en ámbitos como el académico o el religioso donde se exige la máxima seriedad y se aplaude el semblante desapasionado, donde la risa es considerada vulgar o poco apreciable en dichos contextos. Por otro lado, celebraciones que siguen hasta nuestros días conservan ese mismo nivel de algarabía y desprendimiento del papel ordinario que se juega en la vida, en diversas fiestas esta actitud resalta y el disfraz, sea un atuendo o una actitud, siguen sobreviviendo hasta nuestros días, destacando la necesidad humana por el juego, por la risa, por el festejo, finalmente como una forma de apropiación de sí mismos a través de la alegría.
 
Referencias
de Salisbury, J. (1984). Policraticus (M. Alcalá, F. Delgado, A. Echánove, M. García Gómez, A. López Caballero, J. Venegas y T. Zamarriego, Trads.). Editora Nacional.
Freud, S. (2014). El chiste y su relación con lo inconsciente (Obras completas, Vol. VIII). Amorrortu Editores.
Le Goff, J. (2008). Héros et merveilles du Moyen Âge. Éditions du Seuil.
López Villalba, J. M. (2020). “Fiesta, risa y comunicación social en la Baja Edad Media”. Edad Media: Revista de Historia, 22, 349–384. https://doi.org/10.24197/em.22.2020.349-384
Rizzi, A. (2010). “Fiestas, juegos y ceremonias en la Edad Media”. En U. Eco (Ed.), La Edad Media II: Castillos, mercaderes y poetas (pp. 241–245). Fondo de Cultura Económica.
Tomás de Aquino. (1953). Suma teológica (Vol. IV). Biblioteca de Autores Cristianos.
Vynioles Vidal, T. (2003). “La Vida Cotidiana en la Edad Media”. Aula-Historia Social, 11, pp. 16-38.


[1] Traducción propia: “La risa, hasta entonces reprimida como en los monasterios, se ha liberado. San Francisco es un santo que sabe reír y que hace de la risa una de las expresiones de su espiritualidad, es decir, para aquellos que le ven y le escuchan, de su santidad.”


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Desmintiendo mitos sobre la ciencia medieval

11/1/2025

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Por: Hugo Toro
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Introducción
La visión que suele tenerse de la ciencia medieval oscila entre dos extremos: la idealización romántica de su misticismo y la condena moderna de su supuesto atraso. Sin embargo, un examen detenido de las fuentes revela un panorama mucho más matizado. La ciencia de la Edad Media, lejos de ser un período homogéneo, fue un proceso complejo que transitó de la preservación enciclopédica del saber antiguo hacia los primeros intentos de sistematización racional que preludian la ciencia moderna. En este trabajo se analizan tres afirmaciones frecuentes —su carácter obsoleto, su supuesto predominio neoplatónico y la falta de progresos científicos— con el propósito de desmontar prejuicios y mostrar la riqueza intelectual de ese milenio.

La ciencia medieval era obsoleta y retrógrada
Fácil es convencernos de las ideas radicales y maniqueas en la historia; mucho más difícil es descubrir la complejidad de una realidad histórica. En un periodo de prácticamente mil años, afirmar que la ciencia medieval era obsoleta y retrógrada no es más que un sinsentido, nutrido por la pasión de la ignorancia o por la falta de voluntad en el detalle de la investigación.
Conviene recordar que el estudio de la Edad Media suele comprender lo que se llama alta Edad Media (siglos V–XI) y baja Edad Media (siglos XI–XVI). En la primera, encontramos una ciencia más bien replicativa: los filósofos se dedicaron al compendio enciclopédico y no tanto a la creación o investigación científica, realidad derivada del escaso acceso a los textos clásicos durante esos siglos:
“Considerados en su conjunto, estos libros contenían virtualmente la suma total de los hechos científicos de índole general y de su asimilación en el curso de la alta Edad Media. Colocaron a autores posteriores frente a un fárrago informativo carente de sistema, caótico, contradictorio y frecuentemente incomprensible que muy pocos pudieron superar hasta el momento en que nuevos conocimientos científicos pudieron derivarse de fuentes arábigas y griegas.” (Grant, 2018, p. 28)
Al mismo tiempo, el dominio de la Iglesia católica incentivó una visión de la realidad en que la comprensión de la naturaleza debía estar instrumentalizada con el fin de unirse a Dios. Como sugiere Guerrero Navarrete (1998, p. 72): “Cuando los pensadores medievales estudiaban, lo hacían siempre con la intención de comprender y magnificar a Dios.” Por otro lado, la caída del Imperio Romano y del Sacro Imperio supuso una disolución de la vida urbana y, con ello, una degradación de la producción científica, la mayor parte de las veces ligada a la vida productiva y a las necesidades tecnológicas.
Sin embargo, los adjetivos obsoleto y retrógrado no parecen encajar del todo, pues si bien no hubo progresos, la tecnología ya conquistada no era obsoleta: seguía sirviendo a los fines requeridos, y la actividad enciclopédica no podría tildarse de retrógrada, ya que muchos de esos textos serían retomados desde otra perspectiva en los siglos siguientes. Aunque algunos estudiosos han observado en esta etapa un oscurantismo definitivo (Grant, 2018, p. 34), cabe pensar que las condiciones políticas, educativas y económicas no propiciaban otro tipo de ciencia y que dichos adjetivos son valoraciones anacrónicas surgidas del prejuicio moderno.
Muy diferente fue la baja Edad Media: a partir del siglo XI, con el surgimiento de las universidades y la derrota de los árabes, la introducción de textos arábigos y antiguos provocó una revolución científica. Las ciudades comenzaron a desarrollar sistemas económicos y políticos más sólidos, lo que suscitó la necesidad de generar nuevas tecnologías que facilitaran la producción y, con ello, el desarrollo de las ciencias. Como señala Grant (2018, p. 39):
“A medida que el interés por los conocimientos, especialmente de la ciencia y la filosofía, se intensificó durante el siglo XI y la primera mitad del siglo XII, el magro saber tradicional quedó superado. (…) Los eruditos del mundo occidental emprendieron una acción directa para llegar a la herencia científica del pasado. Las traducciones que siguieron constituyen uno de los momentos cruciales de la historia de la ciencia occidental y de la historia intelectual en general.”
Este florecimiento urbano trajo consigo encomiables desarrollos culturales y científicos. Guerrero Navarrete (1998, p. 78) lo ratifica: “(…) todo cambió con la aparición de la ciudad que, por poseer un ritmo de vida, necesitaba de una medida más rigurosa del tiempo, de un uso más cuidadoso del mismo. Así, la ciudad se convirtió en portadora de una nueva actitud hacia el mundo y, por lo tanto, de una nueva actitud hacia el tiempo.”
En este sentido, las nuevas condiciones sociales produjeron una revolución científica que alcanzó su auge en el siglo XIII con la crítica a la escolástica y la incorporación de nuevos textos y métodos. Si la alta Edad Media estuvo marcada por la preservación de saberes tradicionales orientados a Dios, a partir de la baja Edad Media los estudiosos comenzaron a cuestionar y laicizar el conocimiento, haciendo una crítica al imperio de la visión neoplatónica y agustiniana que había prevalecido en la primera mitad (Guerrero Navarrete, 1998, p. 80). De ello se derivó un movimiento innovador en las matemáticas, la física, la química y muchos otros ámbitos del saber que, enriquecidos por nuevas traducciones y modelos de pensamiento, sentaron las bases de la ciencia moderna.
En suma, los calificativos de “obsoleta” y “retrógrada” son injustos: la Edad Media fue un periodo de gestación intelectual, precursor de la racionalidad científica moderna.

La ciencia medieval fue fundamentalmente de corte neoplatónico y agustiniano
De nuevo, es conveniente remitirnos a la temporalidad. En la primera mitad de la Edad Media estos dos modelos fueron los ejes de la reflexión filosófica y científica. En concreto, el Timeo de Platón jugó un papel central en los desarrollos conceptuales de la alta Edad Media:
“Los comentarios en torno al Timeo de Platón constituyeron una parte significativa de la tradición de compendios desde el periodo helenístico hasta la alta Edad Media. Dado que el Timeo era un tratado científico relacionado no solamente con el cosmos sino también con la estructura física y las funciones del hombre, representaba un vehículo admirable para un estudio de compendios ya que permitía la inclusión oportuna de material físico y biológico.” (Grant, 2018, p. 23)
San Agustín tuvo una influencia decisiva en este periodo: concebía el conocimiento de la naturaleza como una vía de aproximación a Dios, aunque hacia el final de su vida afirmó que dichos saberes no eran necesarios para la experiencia de fe. Esta visión neoplatónica y agustiniana articuló una lectura de la naturaleza como algo imperfecto y alejado de lo divino. Guerrero Navarrete (1998, p. 81) lo explica: “A esta atonía del conocimiento científico contribuyó mucho el sistema de pensamiento vigente en estos primeros siglos de la Edad Media, que hacía de la naturaleza algo pecaminoso e imperfecto.”
De ahí que la búsqueda de la verdad por medios empíricos fuera vista con recelo o ignorada por los intelectuales del momento. La primera etapa fue, pues, enciclopédica y repetitiva, más orientada a preservar que a innovar.
Con la incorporación del pensamiento aristotélico, este modelo comenzó a ser cuestionado. Según Guerrero Navarrete (1998, p. 83):
“A raíz de la incorporación a Occidente del pensamiento aristotélico se inició un fructífero intento por conciliar la filosofía aristotélica y la teología cristiana. En Europa, las posturas radicales no tuvieron éxito; triunfó, en los siglos XIII y XIV, la actitud moderada representada por Santo Tomás, que condujo a una división entre filosofía y teología, razón y fe, garantizando a cada cual su campo de trabajo.”
Esa distinción permitió la emergencia de intelectuales dedicados a múltiples campos —física, química, matemáticas, astronomía— liberando el conocimiento del imperativo teológico. Así, la Edad Media no puede entenderse exclusivamente como neoplatónica y agustiniana: la primera mitad responde a ese paradigma, pero la segunda inaugura el aristotelismo-tomista, base del pensamiento científico posterior.

Durante la Edad Media no hubo progresos científicos en ninguna disciplina
Como veremos, hubo múltiples desarrollos en distintos campos del conocimiento. La imagen de una Edad Media “oscura” colapsa frente a los hechos que la refutan.
La actividad creativa y original se consolidó a partir de la baja Edad Media (siglos XI–XII), impulsada por el florecimiento urbano y las nuevas necesidades productivas. En esos siglos los avances tecnológicos ligados a la agricultura, la arquitectura y la conservación del saber en bibliotecas propiciaron la aparición de nuevos estudios (Corsi, 2024, p. 316). Destaca la influencia de las matemáticas como saber que garantizaba un acceso racional a la comprensión del mundo:
“El corazón de las matemáticas, es decir, la comprensión cabal teórica y práctica de los conceptos de los textos griegos, fue en un principio rechazada por la impiedad de las teorías que proponía; luego fue abandonada porque se veía ajena a la estructura retórica de las compilaciones medievales (…) A inicios del siglo XI, una vez que se superó la discrepancia producida por la decisión de confiar ciegamente en las Sagradas Escrituras incluso para interpretar el mundo sensible, el Occidente latino comenzó a tener conciencia de la contribución que las matemáticas podían dar a los planteamientos de la religión.” (Strano, 2024, pp. 316–317)
Así, la Europa medieval fue desplazando sus esfuerzos hacia una complejización filosófica y científica derivada del aristotelismo y su enfoque empírico. Según Guerrero Navarrete (1998, pp. 86–104), entre los progresos científicos de esta etapa se encuentran: desarrollos en óptica vinculados a la astronomía y la observación de la luz; avances en mecánica, magnetismo y gravedad; una química derivada de la práctica alquímica; mejoras en medicina, anatomía y embriología; e innovaciones tecnológicas como la catapulta.
Gran parte de la plataforma sobre la que se constituyó la ciencia moderna tiene su origen en la Edad Media. Es cierto que las supersticiones y el simbolismo religioso impregnaban muchos escritos, pero ello no anula los logros empíricos y metodológicos alcanzados. Se trata, más bien, de una ciencia en tránsito, entre la fe y la razón.

Conclusiones
La ciencia medieval constituye un eslabón indiscutible en la evolución del pensamiento occidental. Si bien su desarrollo no respondió plenamente a los criterios empíricos modernos, su mérito radica en haber conservado, reinterpretado y sistematizado los saberes de la Antigüedad para transmitirlos a la modernidad y comenzar los esfuerzos que culminarían en la ciencia moderna. Los principales obstáculos no fueron la ignorancia ni la falta de curiosidad, sino las condiciones históricas y teológicas que subordinaban el saber a la salvación del alma, en contextos donde los textos eran poco accesibles.
Aun dentro de esas limitaciones, los estudiosos medievales transformaron la noción misma de conocimiento, abriendo el camino a una ciencia fundamentada en la observación, la razón y la lógica aristotélica (Guerrero, 1998, p. 85). El mayor mérito de la ciencia medieval fue su capacidad de transición: de una visión simbólica del cosmos a una racionalidad organizada y abierta. Su dificultad radicó en conciliar la fe con la razón, y su virtud, en no renunciar al intento. Así, la ciencia medieval debe comprenderse no como un periodo de oscuridad, sino como una etapa de gestación: el punto de inflexión donde la curiosidad teológica se transforma en método científico. Su aparente lentitud fue, en realidad, el tiempo necesario para madurar los fundamentos de la ciencia moderna.

Referencias
Grant, E. (2018). La ciencia física en la Edad Media. Col. Breviarios. Fondo de Cultura Económica.
Guerrero Navarrete, Y. (1998). “Los contenidos de la ciencia y los progresos de la técnica en la Edad Media”. Arbor, 159(625), 69–107.
Corsi, P. (2024). “Introducción”. En U. Eco (Coord.), La Edad Media II: Catedrales, caballeros y ciudades (p. 316). Fondo de Cultura Económica.
Strano, G. (2024). “Astronomía y religión: sobre la medición del tiempo”. En U. Eco (Coord.), La Edad Media II: Catedrales, caballeros y ciudades (pp. 317–321). Fondo de Cultura Económica.

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Modern Hercules

8/2/2024

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By: Bobby.
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​I had been running for God knows how long. My unfastened running shoes had long been forgotten in the frenzy as I stumbled between the arching peaks that loomed damningly in the moonlight. A low deep guttural rumble that I knew all too well sounded much closer than I had anticipated, promising to finish the demonic job it started back home.
 
I looked at my bloodied hands. Stark and mute images of their mangled bodies hanging on those sharp and obtuse horns haunted me, dripping accusingly on the family living room, stirring up that yellow bile that refused to nestle inside me. As I cleaned the last droplets from my aching mouth, I missed the angle on an irregular rock formation, and I hear a loud pop! followed by a scream that I swiftly suffocated.
 
I looked down at my entrapped foot and saw the unnatural figure it drew next to my shin. My heart beat frantically. I hastily yanked at it and hobbled in ever increasing despair. The snapping of branches and steady drum of barreling hooves foreshadowed the gracious coda of an exhausting and violent symphony.
 
I thought back on them one last time, knowing full well that I will never be able to hold them in my arms again, fighting back the hot tears that burned my face and eyes. In all this commotion, I saw, by the moon’s endearing design maybe, a silvery ray that drew my eye to a small hidden opening. I sneakily and graciously drew my aching body to the crevice which harkened my survival. But I had not yet drawn a breath of celebration when I saw his angry black eye and flashy horns thundering towards me. As it pierced me and red blood spurt from my mouth, I could see, in my last breaths, the liberating glint of the policeman’s bullet that chased me here.
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"Crime by Cuevas"... ¿el crimen de Cuevas?

12/6/2019

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Por: Hugo Toro
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A veces me siento desolado y triste por el tiempo que se escurre entre mis manos como la arena en el desierto que corre presurosa al vacío de la nada, de la inmensidad donde se encuentra. El tiempo es un rival con el que he tenido que convivir constantemente y de cuyas heridas me he sanado, arropando el fin como el sentido que da calor y sabor al poder vital del diario vivir.
​           Se ahogan el peso de la tristeza con la gentileza de la gente que me rodea, vivo acogido por grandes dosis de cariño, ternura, nobleza e inteligencia que provocan sonrisas constantes y de cuyos recuerdos me aferro con cadenas, pues al final todo pasa y nada queda, queda la memoria que es poquísimo más que la nada y de la nada se rescata uno, como de la nada fue saliendo a la vida.
            La vida es un torbellino de encuentros, sólo hay que saber por quién dejarse encontrar y en dónde ser encontrado; lo demás es accidental.
            Hoy, me encontré con un hombre que me vendió una carpeta-folleto del libro “Crime by Cuevas”, editado por el Comité Organizador de los Juegos de la XIX Olimpiada de 1968, quienes a su vez prepararon toda una agenda cultural, donde participaron diversos artistas. El número mítico y desolador, 1968, 68, 68, 68... escalda la lengua pronunciar ese año.
            Es sorprendente lo que puedo encontrar día con día. Mi pobre colección de obra gráfica apenas alcanza los 20 ejemplares, visten mi habitación-estudio como una muralla contra la fealdad de los muros vacíos, blancos, sin chiste; día con día despierto y me acuesto con Toledo, Carrington, Friedeberg, Cuevas, Felguérez, Hendrix, Rivera y otros tantos nombres que me rodean, me acogen me hacen fuerte y me dan vitalidad. Muchos los he adquirido en galerías, otros en la Plaza del Ángel, mercadillo de arte en la Zona Rosa, lugar bautizado así por José Luis Cuevas de quien hablaré más en breve.
            Así como en varias partes he encontrado antigüedades, hoy me encuentro con algo que sobrevivió al paso del tiempo. Algo hecho para olvidarse, para hacer propaganda y como todo lo que hace propaganda se anula con el tiempo, pero a diferencia de lo humano, lo trascendental no es promesa sino tabú. Para la publicidad la trascendencia es un palabra prohibida, dejada, pasada de moda, olvidada; pero he aquí que estoy junto a un artículo propagandístico.
            Hermoso por cierto, la carpeta reúne 10 reproducciones de las litografías que compusieron el libro original “Crime by Cuevas”, así como un pequeño librito donde vienen datos del autor, así como un breve ensayo de José Luis Cuevas. Grandioso, sí. Hermoso, también. Toda una fortuna encontrarlo, nadie podrá negarlo.
            Pero no nos olvidemos, 68, 68, 68... ese número infernal retumba en mis oídos como una lluvia artificial que taladra mi cabeza hasta hacerla pensar y repensar.
            Pienso en “la changa” Ordaz, en los estudiantes, en Tlatelolco (lugar que huele a sangre), pienso en el engaño, la pobredumbre del PRI, la vergüenza mexicana, al intolerancia y el doloroso silencio de morir en inocencia.
            ¿Qué hacía Cuevas ahí?
            ¿Por qué?, ¿Por qué aceptó esto?, ¿A caso estaba en París o en Nueva York cuando ocurrió la masacre y jamás se enteró?
            Déjame decirte que el ensayo de Cuevas no es contestatario, por el contrario reúne la postura del gobierno de Díaz Ordaz respecto a los movimientos estudiantiles de la época.
            Cuevas, en su cueva, declara: “Sentarme frente a un televisor, ver la prensa diaria, los seminarios de circulación millonaria, son placeres que me estimulan como ningún producto químico podrá hacerlo”.
            No hablo de las drogas, que por supuesto no importan acá. Su texto es una apología de la vida ordinaria, de la vida sometida, es una invitación porfiriana al orden, a la paz y al progreso que tiene por sentido personal el sometimiento.
            ¿Cuevas eres tú?
            No te reconozco. Tienes razón en decir que las drogas jamás serán eje de creación, que es inocente consumirlas y más si detrás hay una intención de rehusar la vida. Pero... ¿en serio la televisión te estimulaba?, ¿de verdad esos “hombres de barbas te parecían tan malos?.
            Maestro, hablaste de la hipocresía clase política estadounidense, de la insensatez del Ku-Kux-Klan, de “la desfachatez de los que hacen pillaje”... ¿y México, maestro?, ¿no merecía unas cuantas líneas?, el gobierno que pagó con sangre el reconocimiento de ser nación anfitriona de los Juegos Olímpicos, ¿no merecía algunas cuantas líneas de desdén?, ¿dónde está el Cuevas que pugnó, escribió y pintó contra las dictaduras?
            Como todo lo humano, hoy te descubro falible. A ti, que me acompañas diario y me conmueves; eras un hombre Cuevas, un hombre hecho. Pero un hombre al fin y al cabo.
 
Crime by Cuevas... 

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Hoy por primera vez: carta de un joven suicida.

3/7/2018

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​Por: Uh Otorgo.
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Hoy por primera vez acaricié el filo de un cuchillo, como se acaricia el cabello del último amigo. Sondeé el sabor de la muerte que libera y expande, que saca de la prisión del vaivén de la respiración.
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No he podido responderme si valdría la pena no hacerlo, porque la pena que cuesta es muy grande y muy grande también el deseo de ahorrármela, como de ahorrarme tantas cosas que a mi corta edad no me han dado para más…

Tengo en mis brazos la posibilidad, el potencial de lo que viene, de lo que podría hacer y sin embargo, luce mejor renunciar a los posibles para remitirme a la seguridad de la nada que amenaza con pudrirme.

La muerte era el paraíso del que fuimos echados alguna vez, arrojados y castigados con lo que llamamos vida. ¿No sería normal que un preso busque en los barrotes las alegrías constantes de su día a día?, ¿no sería esperable que decorara con pinturas los muros de su celda a fin de no ver con dolor los límites de su prisión? Esto y más son los motivos que destacan nuestros amigos cuando dicen que la vida vale la pena, dolorosas ilusiones que son margen y origen de futuros dolores, capacidades sin fin y asechanzas al morir.

Hoy por primera vez me quise atrever, de verdad, pero no pude. Alojar aquel cuchillo en mi pecho me pareció doloroso y algo necio, sigo acá y acá seguiré, tratando de entrever los recovecos de mi ser…


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M de madre, M de muerte.

2/21/2018

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Por: Hugo Toro. 
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Miré sobre mi propio hombro y alcancé a distinguir las siluetas de mi muerte, que se acercaban presurosas para huir de su propio verdugo. Así eran las cosas desde hace un buen tiempo, iban y venían, nadie confiaba en nadie y la muerte nos aguardaba a cada paso como la exhalación que sucede a la inhalación.
Sin mayor temor sentí el aire salino una vez más, los pasos pesados se iban acercando con ese ritmo acompañado que dan los yelmos con su sonido metálico. La suavidad de mi vestido, la hermosura de mi rostro que no había sido destruído por los años, a través de los cuales recibí en mis brazos y alojé en mis piernas a incontables amantes, los mejores y los más nauseabundos hombres de Roma. De Claudio a Calígula, lejos quedaban esos tiempos…

              - ¡Orden del César! Por traición, sentencio a muerte a la mujer que decía ser mi madre, sin conocer desde entonces mi divinidad, Agripina. Que muera por mano propia si tiene el valor y si no facilítenle la faena. Mujer aquí tienes tu sentencia… - me extendió un cuchillo, lindo el cuchillo, seguramente el César lo había dado personalmente.  

Por supuesto, no acepté. Por cobardía o por teatralidad deseaba que mi muerte fuera digna de recordarse, como mi vida, como mis pasiones, como mis intrigas, mis mentiras y mis casi inexistentes verdades. La puta chacala de Roma. Esa era yo y me había llegado la hora.
Me di la vuelta, conservando la elegancia de mis hombros que soportaban mi noble y soberbia cabeza, donde mi cabello se alzaba castaño, feliz, mar de perdición para los hombres y para alguna que otra esclava.
Miré al centurión que frente a mí se encontraba directamente a los ojos, la muerte me llegaba pero no fue nada impactante, yo esperaba algo más. Con mis fuerzas cogí las telas de mi vestido a la altura de mi ombligo lo rasgué, dejé mi vientre al desnudo, como lo había hecho tantas veces y con las últimas de mis voluntades grité:

          - ¡Apuñaladme aquí!, justo aquí, que se abra la sangre paso desde el vientre que parió al que ahora es su asesino, ¡mi hijo Nerón! ¡Occidat, dum imperet!*

El centurión apenas se inmutó, desplegó el cuchillo y con compasiva fuerza me apuñaló justo al vientre, ardía pero no disfrutaba, mi vientre se llenaba de muerte y mis venas la transportaban hasta los confines de mi alma y de mi cuerpo… Al fin morí y no queda claro cómo es que lees esto. Pero así fue.

*¡Que me asesine con tal de que reine!
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Arrancando el sentido de la vida.

1/11/2018

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Por: Uh Otorgo
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Con profunda admiración
a Guillermo Metinides.
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Si el sentido de la vida hay que encontrarlo yo lo arranqué a través de la mirada. Abrí los ojos en un mundo surreal, lleno de las más vergonzosas tragedias, de aquellas que bien se podían evitar. Naufragué en los intentos de comprender porque más allá de comprender de lo que se trata la vida es de existir, porque toda comprensión es superada por la ficción que, además resulta ser realidad y luego, metaficción.


Tomaba mi camarita y de aquí para allá iba capturando pequeños momentos, hasta la pantalla de los cines a blanco y negro de esos días. Un juego de niño. Hasta que tuve mi primer encontronazo con quien fue y es mi mayor compañera, en quien descubrí el sentido de la vida. Gracias a ella, arranqué el sentido a través de la mirada con mi camarita. A veces era noble, a veces terrible, muchas veces inesperada y hasta injusta. La muerte nos alcanza a todos y yo estaba ahí para capturarla, siempre con mi camarita.
​


No se trataba de ser morboso ni repulsivo, eso fue lo que gustó. Precisamente el hecho de que la fotografía salía bien, más que bien, dejaba sensación de belleza en la ominoso de las escenas. Más allá de todo y como siempre estuve tan cerca de mi amiga y compañera, ahora a mis 89 años reconozco que es momento de encontrarnos pero sólo para dejarme abrazar por ella, ya no podré fotografiarla, ahora, en todo caso sería yo el fotografiado, pero nada de interés hay en un viejo que muere al calor de su cama…

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Las escamas del salmón se arrancan en sentido contrario...

3/10/2017

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Por: Uh Otorgo.
- ¡Qué 'arregladito' vienes!  

- Sólo lo justo por respeto a tu belleza, mujer...

- ¡Qué galán! ¿Te gustan las mujeres? 

- No

- ¿Entonces? 

- Me gustas tú. 

- ¿Qué de mí? 

- Tu cabello de plata y tu incómoda palabra. 

- ¿Tan sólo eso? 

- No es poco. 

-  ¿Y sólo yo? 

- Jamás. 

- ¡Bellaco! 

- Belleza.

- Homosexual.

- Las verdades se agradecen.

- Absurdo. 

- Seguir aquí. Adiós.
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Ojos...

11/28/2016

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Por: Noé Dorantes
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Sus ojos que no me miran y de los que discurre ternura, de estruendoso mutismo, gallardos, de profundos secretos. De un café cuyo cálido aroma aún no huelo. Tienen atavíos que me envuelven y petrifican, tienen un espacio infinito en los que ha de resonar el eco de mi mirada; bóvedas eternas y penetrantes, ante las que me confieso indefenso y sin pretensiones de hacerlo.

Quizá, también, me muestre insaciable, o a veces, temeroso de perderme en ese río de agua canela de tibios meandros. ¿En qué lenguaje estarán inscritos sus parpadeos? ¿Será en ese en que quizá sonría cuando mis pestañas, por fin, escuchen a las suyas? Qué claridad sus ojos, que diáfana luz en sus ojos.

Son como gotas de límpido rocío que perlan su dulce rostro. Mi árida frente los clama muda, que lluevan sus ojos sobre ella, en plenilunio, hasta que la alborada devenga agua. Pero por ahora, caballero, que beban sorbos de luna, para que florezcan con el siguiente sol. Que guarden el fecundo viñedo: que descansen. Yo, dormiré con el corazón en vela por si alguna mirada suya trepase por la ventana buscando cobijo con la mía.
Yo… cerraré mis ojos para mirar los suyos.

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Tristezas...

9/29/2016

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Por: Uh Otorgo.
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 En la misma acera, en la misma calle, casi al mismo tiempo: 

-¡Estoy muy triste! Me cancelaron mi viaje a Dinamarca…
 
  
 -¡Estoy muy triste! Creo que no habrá pa’ cenar hoy…


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