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​Laguna de letras.

"Laguna de letras" es un espacio dentro de nuestra sección cultural "Desviaciones", donde nuestros colaboradores publican escritos breves de carácter literario, de ensayo, de crítica, así como textos de inventiva narrativa o cultural que no encajan en nuestras demás secciones.

Desmintiendo mitos sobre la ciencia medieval

11/1/2025

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Por: Hugo Toro
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Introducción
La visión que suele tenerse de la ciencia medieval oscila entre dos extremos: la idealización romántica de su misticismo y la condena moderna de su supuesto atraso. Sin embargo, un examen detenido de las fuentes revela un panorama mucho más matizado. La ciencia de la Edad Media, lejos de ser un período homogéneo, fue un proceso complejo que transitó de la preservación enciclopédica del saber antiguo hacia los primeros intentos de sistematización racional que preludian la ciencia moderna. En este trabajo se analizan tres afirmaciones frecuentes —su carácter obsoleto, su supuesto predominio neoplatónico y la falta de progresos científicos— con el propósito de desmontar prejuicios y mostrar la riqueza intelectual de ese milenio.

La ciencia medieval era obsoleta y retrógrada
Fácil es convencernos de las ideas radicales y maniqueas en la historia; mucho más difícil es descubrir la complejidad de una realidad histórica. En un periodo de prácticamente mil años, afirmar que la ciencia medieval era obsoleta y retrógrada no es más que un sinsentido, nutrido por la pasión de la ignorancia o por la falta de voluntad en el detalle de la investigación.
Conviene recordar que el estudio de la Edad Media suele comprender lo que se llama alta Edad Media (siglos V–XI) y baja Edad Media (siglos XI–XVI). En la primera, encontramos una ciencia más bien replicativa: los filósofos se dedicaron al compendio enciclopédico y no tanto a la creación o investigación científica, realidad derivada del escaso acceso a los textos clásicos durante esos siglos:
“Considerados en su conjunto, estos libros contenían virtualmente la suma total de los hechos científicos de índole general y de su asimilación en el curso de la alta Edad Media. Colocaron a autores posteriores frente a un fárrago informativo carente de sistema, caótico, contradictorio y frecuentemente incomprensible que muy pocos pudieron superar hasta el momento en que nuevos conocimientos científicos pudieron derivarse de fuentes arábigas y griegas.” (Grant, 2018, p. 28)
Al mismo tiempo, el dominio de la Iglesia católica incentivó una visión de la realidad en que la comprensión de la naturaleza debía estar instrumentalizada con el fin de unirse a Dios. Como sugiere Guerrero Navarrete (1998, p. 72): “Cuando los pensadores medievales estudiaban, lo hacían siempre con la intención de comprender y magnificar a Dios.” Por otro lado, la caída del Imperio Romano y del Sacro Imperio supuso una disolución de la vida urbana y, con ello, una degradación de la producción científica, la mayor parte de las veces ligada a la vida productiva y a las necesidades tecnológicas.
Sin embargo, los adjetivos obsoleto y retrógrado no parecen encajar del todo, pues si bien no hubo progresos, la tecnología ya conquistada no era obsoleta: seguía sirviendo a los fines requeridos, y la actividad enciclopédica no podría tildarse de retrógrada, ya que muchos de esos textos serían retomados desde otra perspectiva en los siglos siguientes. Aunque algunos estudiosos han observado en esta etapa un oscurantismo definitivo (Grant, 2018, p. 34), cabe pensar que las condiciones políticas, educativas y económicas no propiciaban otro tipo de ciencia y que dichos adjetivos son valoraciones anacrónicas surgidas del prejuicio moderno.
Muy diferente fue la baja Edad Media: a partir del siglo XI, con el surgimiento de las universidades y la derrota de los árabes, la introducción de textos arábigos y antiguos provocó una revolución científica. Las ciudades comenzaron a desarrollar sistemas económicos y políticos más sólidos, lo que suscitó la necesidad de generar nuevas tecnologías que facilitaran la producción y, con ello, el desarrollo de las ciencias. Como señala Grant (2018, p. 39):
“A medida que el interés por los conocimientos, especialmente de la ciencia y la filosofía, se intensificó durante el siglo XI y la primera mitad del siglo XII, el magro saber tradicional quedó superado. (…) Los eruditos del mundo occidental emprendieron una acción directa para llegar a la herencia científica del pasado. Las traducciones que siguieron constituyen uno de los momentos cruciales de la historia de la ciencia occidental y de la historia intelectual en general.”
Este florecimiento urbano trajo consigo encomiables desarrollos culturales y científicos. Guerrero Navarrete (1998, p. 78) lo ratifica: “(…) todo cambió con la aparición de la ciudad que, por poseer un ritmo de vida, necesitaba de una medida más rigurosa del tiempo, de un uso más cuidadoso del mismo. Así, la ciudad se convirtió en portadora de una nueva actitud hacia el mundo y, por lo tanto, de una nueva actitud hacia el tiempo.”
En este sentido, las nuevas condiciones sociales produjeron una revolución científica que alcanzó su auge en el siglo XIII con la crítica a la escolástica y la incorporación de nuevos textos y métodos. Si la alta Edad Media estuvo marcada por la preservación de saberes tradicionales orientados a Dios, a partir de la baja Edad Media los estudiosos comenzaron a cuestionar y laicizar el conocimiento, haciendo una crítica al imperio de la visión neoplatónica y agustiniana que había prevalecido en la primera mitad (Guerrero Navarrete, 1998, p. 80). De ello se derivó un movimiento innovador en las matemáticas, la física, la química y muchos otros ámbitos del saber que, enriquecidos por nuevas traducciones y modelos de pensamiento, sentaron las bases de la ciencia moderna.
En suma, los calificativos de “obsoleta” y “retrógrada” son injustos: la Edad Media fue un periodo de gestación intelectual, precursor de la racionalidad científica moderna.

La ciencia medieval fue fundamentalmente de corte neoplatónico y agustiniano
De nuevo, es conveniente remitirnos a la temporalidad. En la primera mitad de la Edad Media estos dos modelos fueron los ejes de la reflexión filosófica y científica. En concreto, el Timeo de Platón jugó un papel central en los desarrollos conceptuales de la alta Edad Media:
“Los comentarios en torno al Timeo de Platón constituyeron una parte significativa de la tradición de compendios desde el periodo helenístico hasta la alta Edad Media. Dado que el Timeo era un tratado científico relacionado no solamente con el cosmos sino también con la estructura física y las funciones del hombre, representaba un vehículo admirable para un estudio de compendios ya que permitía la inclusión oportuna de material físico y biológico.” (Grant, 2018, p. 23)
San Agustín tuvo una influencia decisiva en este periodo: concebía el conocimiento de la naturaleza como una vía de aproximación a Dios, aunque hacia el final de su vida afirmó que dichos saberes no eran necesarios para la experiencia de fe. Esta visión neoplatónica y agustiniana articuló una lectura de la naturaleza como algo imperfecto y alejado de lo divino. Guerrero Navarrete (1998, p. 81) lo explica: “A esta atonía del conocimiento científico contribuyó mucho el sistema de pensamiento vigente en estos primeros siglos de la Edad Media, que hacía de la naturaleza algo pecaminoso e imperfecto.”
De ahí que la búsqueda de la verdad por medios empíricos fuera vista con recelo o ignorada por los intelectuales del momento. La primera etapa fue, pues, enciclopédica y repetitiva, más orientada a preservar que a innovar.
Con la incorporación del pensamiento aristotélico, este modelo comenzó a ser cuestionado. Según Guerrero Navarrete (1998, p. 83):
“A raíz de la incorporación a Occidente del pensamiento aristotélico se inició un fructífero intento por conciliar la filosofía aristotélica y la teología cristiana. En Europa, las posturas radicales no tuvieron éxito; triunfó, en los siglos XIII y XIV, la actitud moderada representada por Santo Tomás, que condujo a una división entre filosofía y teología, razón y fe, garantizando a cada cual su campo de trabajo.”
Esa distinción permitió la emergencia de intelectuales dedicados a múltiples campos —física, química, matemáticas, astronomía— liberando el conocimiento del imperativo teológico. Así, la Edad Media no puede entenderse exclusivamente como neoplatónica y agustiniana: la primera mitad responde a ese paradigma, pero la segunda inaugura el aristotelismo-tomista, base del pensamiento científico posterior.

Durante la Edad Media no hubo progresos científicos en ninguna disciplina
Como veremos, hubo múltiples desarrollos en distintos campos del conocimiento. La imagen de una Edad Media “oscura” colapsa frente a los hechos que la refutan.
La actividad creativa y original se consolidó a partir de la baja Edad Media (siglos XI–XII), impulsada por el florecimiento urbano y las nuevas necesidades productivas. En esos siglos los avances tecnológicos ligados a la agricultura, la arquitectura y la conservación del saber en bibliotecas propiciaron la aparición de nuevos estudios (Corsi, 2024, p. 316). Destaca la influencia de las matemáticas como saber que garantizaba un acceso racional a la comprensión del mundo:
“El corazón de las matemáticas, es decir, la comprensión cabal teórica y práctica de los conceptos de los textos griegos, fue en un principio rechazada por la impiedad de las teorías que proponía; luego fue abandonada porque se veía ajena a la estructura retórica de las compilaciones medievales (…) A inicios del siglo XI, una vez que se superó la discrepancia producida por la decisión de confiar ciegamente en las Sagradas Escrituras incluso para interpretar el mundo sensible, el Occidente latino comenzó a tener conciencia de la contribución que las matemáticas podían dar a los planteamientos de la religión.” (Strano, 2024, pp. 316–317)
Así, la Europa medieval fue desplazando sus esfuerzos hacia una complejización filosófica y científica derivada del aristotelismo y su enfoque empírico. Según Guerrero Navarrete (1998, pp. 86–104), entre los progresos científicos de esta etapa se encuentran: desarrollos en óptica vinculados a la astronomía y la observación de la luz; avances en mecánica, magnetismo y gravedad; una química derivada de la práctica alquímica; mejoras en medicina, anatomía y embriología; e innovaciones tecnológicas como la catapulta.
Gran parte de la plataforma sobre la que se constituyó la ciencia moderna tiene su origen en la Edad Media. Es cierto que las supersticiones y el simbolismo religioso impregnaban muchos escritos, pero ello no anula los logros empíricos y metodológicos alcanzados. Se trata, más bien, de una ciencia en tránsito, entre la fe y la razón.

Conclusiones
La ciencia medieval constituye un eslabón indiscutible en la evolución del pensamiento occidental. Si bien su desarrollo no respondió plenamente a los criterios empíricos modernos, su mérito radica en haber conservado, reinterpretado y sistematizado los saberes de la Antigüedad para transmitirlos a la modernidad y comenzar los esfuerzos que culminarían en la ciencia moderna. Los principales obstáculos no fueron la ignorancia ni la falta de curiosidad, sino las condiciones históricas y teológicas que subordinaban el saber a la salvación del alma, en contextos donde los textos eran poco accesibles.
Aun dentro de esas limitaciones, los estudiosos medievales transformaron la noción misma de conocimiento, abriendo el camino a una ciencia fundamentada en la observación, la razón y la lógica aristotélica (Guerrero, 1998, p. 85). El mayor mérito de la ciencia medieval fue su capacidad de transición: de una visión simbólica del cosmos a una racionalidad organizada y abierta. Su dificultad radicó en conciliar la fe con la razón, y su virtud, en no renunciar al intento. Así, la ciencia medieval debe comprenderse no como un periodo de oscuridad, sino como una etapa de gestación: el punto de inflexión donde la curiosidad teológica se transforma en método científico. Su aparente lentitud fue, en realidad, el tiempo necesario para madurar los fundamentos de la ciencia moderna.

Referencias
Grant, E. (2018). La ciencia física en la Edad Media. Col. Breviarios. Fondo de Cultura Económica.
Guerrero Navarrete, Y. (1998). “Los contenidos de la ciencia y los progresos de la técnica en la Edad Media”. Arbor, 159(625), 69–107.
Corsi, P. (2024). “Introducción”. En U. Eco (Coord.), La Edad Media II: Catedrales, caballeros y ciudades (p. 316). Fondo de Cultura Económica.
Strano, G. (2024). “Astronomía y religión: sobre la medición del tiempo”. En U. Eco (Coord.), La Edad Media II: Catedrales, caballeros y ciudades (pp. 317–321). Fondo de Cultura Económica.

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