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​Laguna de letras.

"Laguna de letras" es un espacio dentro de nuestra sección cultural "Desviaciones", donde nuestros colaboradores publican escritos breves de carácter literario, de ensayo, de crítica, así como textos de inventiva narrativa o cultural que no encajan en nuestras demás secciones.

Crítica al poder en la Edad Media: teología, filosofía y política

2/20/2026

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Por: Hugo Toro
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Introducción
Como es bien sabido, el hombre medieval se encontraba permanentemente ligado a la religión de su tiempo; habiéndose ya abatido hasta reducirlo a formas en cubiertas el paganismo, el cristianismo se extendió unificando los intereses y las creencias de los pueblos europeos. Así pues, la vida cotidiana, tanto en su vertiente privada como en su vertiente pública, tenían como eje de comprensión y reflexión a la teología cristiana que, por medio de las Sagradas Escrituras, conjeturaban verdades absolutas sobre el deber ser de la ética, la política, el quehacer religioso, las posiciones de los civiles, líderes y clérigos.
Le Goff (2006, p.57) da cuenta de esta dimensión religiosa que acompañó buena parte de la Edad Media, afirma que: “Les hommes et les femmes du Moyen Âge eurent alors le sentiment d’appartenir à un même ensemble d’institutions, de croyances et d’habitudes: la chrétienté.”[1] Pero no por esta raigambre religiosa se debe considerar al hombre medieval un ser carente de espíritu crítico e irreflexivo, de hecho, buena parte de los esfuerzos de los intelectuales del medioevo fue dar testimonio de la fe, desligándola de la superstición (grave enemigo de la doctrina cristiana) y, por lo tanto, intentando apegarla al corpus racional de la filosofía, desde luego, utilizando la maquinaria filosófica a la que tenían acceso: el neoplatonismo y el aristotelismo.
Intentaré demostrar en este breve ensayo que los intelectuales medievales no sólo hermanaron la filosofía  a la teología, sino que, de la necesidad antes expuesta (la de dar una raigambre racional a la fe), también surgieron otras necesidades, pues la filosofía rara vez se contenta con preguntarse unas cuantas cosas y difícilmente limita su quehacer a preguntas circunscriptas a un campo, sino que, una vez echado a andar el pensamiento va preguntándose por lo que le rodea, el mundo y su consistencia; de modo tal que comenzaron a surgir también visiones y posturas filosóficas que, arraigadas en la filosofía y en la teología, contestaban a las preguntas propias de la política, el uso del poder y sus plenipotenciarios expositores. En lo sucesivo, veremos una serie de referencias a la manera en la que varios intelectuales dieron cuenta, exposición y comprensión de los fenómenos ligados a la política en consideración siempre de los dos ejes de su esfuerzo: la filosofía y la teología, siendo esta segunda la que marcaba el ritmo, la pauta y la dirección de dicho esfuerzo.
I. El hombre medieval, la teología y la filosofía
Para el hombre medieval el epicentro de los encuentros sociales, culturales y formativos era la Iglesia, de ésta dependía la transmisión y conservación de los textos, así como las escuelas y la educación. No es de extrañar que el dominio de la Iglesia Católica incentivó una visión de la realidad en que la comprensión de la naturaleza debía estar instrumentalizada con el fin de unirse a Dios, como sugiere Guerrero Navarrete (1998, p.72) “Cuando los pensadores medievales estudiaban lo hacían siempre con la intención de comprender y magnificar a Dios.”
Si bien, en un primer momento, en la alta Edad Media, el carácter de los textos fue más bien enciclopédico, no por ello dejan de existir grandes contribuciones al pensamiento y a la filosofía. Muestra de ello son los textos de San Agustín así como los de Boecio, de éste último, La consolación de la filosofía es una clara muestra de la transmisión de las enseñanzas filosóficas en la Edad Media. Maravilloso texto, este libro de Boecio se pregunta por el bien, la verdad, el acceso a ésta, el quehacer lícito del hombre y la ética que debe perseguir, pero siempre con esta intención de preservar a los clásicos, por supuesto, con una lectura cristiana de ellos.
Muy diferente fue la baja Edad Media, en la que a partir del siglo XI, con el surgimiento de las universidades, la derrota de los árabes, la introducción de textos árabes y de textos griegos que podían ya ser de mayor acceso, se provocó una revolución científica importante. Las ciudades comenzaron a desarrollar sistemas económicos y políticos de mayor raigambre, lo que suscitó la necesidad de generar nuevas tecnologías que facilitaran la producción y con ello el desarrollo de las ciencias, con sus concomitantes cambios políticos en la instauración pleno del feudalismo medieval. Como señala Grant (2018, p. 39): “A medida que el interés por los conocimientos, especialmente de la ciencia y la filosofía, se intensificó durante el siglo XI y la primera mitad del siglo XII, el magro saber tradicional quedó superado. (…) los eruditos del mundo occidental emprendieron una acción directa para llegar a la herencia científica del pasado. Las traducciones que siguieron constituyen uno de los momentos cruciales de la historia de la ciencia occidental y de la historia intelectual en general.”
Así pues, el hombre medieval no era la soberana criatura desventajosa e inocente, a lo largo de la Edad Media persistieron los esfuerzos filosóficos y científicos, en cada momento de acuerdo al acceso que tenían de ciertos textos, pero siempre con una doble intención, por un lado, conocer y comprender la naturaleza del mundo y por el otro, hacerlo sólo a condición de ligarla a la historia de la salvación y al plan salvífico de Dios. De este modo, la filosofía quedaba ligada irremediablemente a la teología. Todo esto implica que, si el eje rector de la formación y de la serie de reflexiones está marcada por la creencia en Dios, también lo estará la consolidación de los regímenes políticos medievales, así como su reflexión. Un rey no es sólo un soberano o un líder es, en esencia, un hombre elegido por Dios para la conducción de un determinado pueblo, de ahí la naturaleza de las ceremonias de coronación que incluían si no al papa por lo menos a alguno de los obispos de las diócesis más importantes del reino. De este modo, los tres se configuraban para coexistir e influirse mutuamente, la filosofía explicaba la naturaleza y el orden social apuntando a la revelación divina, y la política se ejercía bajo el principio de autoridad que brindaba la lectura o la interpretación de los designios y la voluntad divina. Como veremos a continuación que la reflexión sobre la política y el ejercicio del poder estuvieron presentes a lo largo de la Edad Media.
 
II. La teología, la filosofía y la reflexión política
Como hemos visto, los intelectuales medievales ponían al servicio de la doctrina cristiana los esfuerzos filosóficos de los que eran partícipes, dichos esfuerzos estaban enmarcados por la  visión que las Sagradas Escrituras tenían en relación a las leyes naturales, así como en los temas asociados a la ética, entre otras cuestiones. En este sentido, cada vez que la filosofía tocaba la política, ésta era iluminada no sólo por los efectos que del que hacer filosófico se podían obtener, sino también por aquello que la luz de la fe permitía comprender de este corpus filosófico, en ocasiones más presente que en otras.
Ya desde la baja Edad Media, podemos ubicar textos referentes al poder político y sus quehaceres, límites y aquello que les era exigible, por ejemplo, en el texto al que ya nos hemos referido La consolación de la filosofía (2019, p. 47) Boecio argumenta en contra de los tiranos y de quienes ostentan el poder de manera cuestionable por el mal que encarnan. Dice:
“14.- Por consiguiente, siendo indudable que muchas veces los malvados son los que ejercen los cargos, resulta evidente no ser verdadero bien cosa que hasta ellos llega.
15.- Y con mayor razón se puede decir lo mismo de los bienes de fortuna, que por lo general disfrutan más abundantemente los que menos honrados son.
(…) 18.-Ahora bien, las riquezas no pueden extinguir la avaricia; el poder no conseguirá jamás hacer dueño de sí mismo al que se ve encadenado en las prisiones de sus vicios; por último, una dignidad conferida al malvado no solamente no lo hace digno de ella, sino que más bien lo traiciona haciendo patente su indignidad.”
Sin embargo, Boecio se queda en el límite tangencial de la reflexión, no aventurándose a hacerla de manera directa, ya fuera porque no concernía al texto al que nos referimos o porque en sí, no deseaba hacerlo por los inconvenientes que podría traer el tomar ese camino de reflexión. Aun así, es distinguible que la raigambre del “Bien” comprendido como eso que apunta a Dios sigue estando presente, Boecio no sólo se decanta por decir que el poder no “pule” a quien lo posee, sino que, esas aspiraciones de poder no garantizan el bien de quienes lo detentan o de quienes lo anhelan.
En la baja Edad Media, textos como el Decamerón (1978, p. 59-60) de Boccaccio, articula una suerte de crítica a la institución eclesiástica y sus autoridades, como podemos atestiguar en el cuento del Judío Abraham, donde un judío descreído de los dogmas católicos viaja a Roma para constatar la santidad de los dirigentes de la Iglesia. Luego de su travesía, el personaje sentencia:
“Paréceme que Dios debiera confundirlos a todos: y dígote esto, porque si bien lo supe examinar, allí no me pareció ver santidad ni devoción, ni obra buena, o ejemplo alguno en ningún clérigo, antes, por el contrario, lujuria, avaricia, gula y cosas parecidas y peores (si peores las puede haber en alguien), de manera que más bien tengo aquella corte por centro de diabólicas operaciones, que de obras santas y divinas. Y a mi modo de entender, no parece que vuestro Pastor y de consiguiente todos los otros, emplean todo su interés, todo su ingenio y toda su astucia en reducir a la nada y en arrojar del mundo la religión cristiana, cuando ellos debieran ser su fundamento y su sostén. Ya al ver que no acontece lo que ellos se proponen, sino que vuestra religión aumenta sin cesar y aparece cada vez más brillante y más clara, justamente me parece discernir que el Espíritu Santo es el fundamento y sostén de ella, por ser más verdadera y más santa que otra alguna.”
Desde luego, se trata de un texto literario, no filosófico. Pero reconocemos que la literatura adelanta o se encuentra, casi en simultáneo, a las ciencias y a la filosofía en las verdades a las que puede acceder, porque antes que cualquier otra forma de creación humana, el arte (incluyendo el literario) sabe distinguir bien la verdad del saber. En todo caso, este texto participa de un contexto específico en la Edad Media, compuesto entre 1348 y 1353, El Decamerón se inscribe en una secuencia de reflexiones y críticas al poder que comenzaron a fraguarse en la primera mitad del siglo XIV, como lo es el texto de Marsilio de Padua El defensor de la paz, escrito hacia 1324; o como Sobre el gobierno tiránico del papa, compuesto hacia 1341.  A estos textos nos referiremos a continuación para señalar de manera al menos esbozada (debido a la extensión de este ensayo), la manera en la que se integraban teología, filosofía y política.
Entrando propiamente en materia, Marsilio de Padua realizaría su propia crítica en un libro extraordinario que comenzó a cuestionar todo el andamiaje que sostenía los regímenes de poder y su estructuración. Para Marsilio, la división en los poderes que concernía al origen de estos era fundamental y, de cierto modo, consolida el recorrido que relabora en su extenso libro y que todo el tiempo pone en juego las contribuciones de la filosofía y de la teología. Podemos atestiguar esto en el siguiente fragmento:  
“(…) De la casusa y su acción libre, mostrar o decir por qué obró así o de otro modo y por qué no se hace o se hizo así, no podemos decir nada por demostración, sino con simple fe y sin apelar a la razón lo admitimos. Otra es la institución de regímenes que inmediatamente proviene de la mente humana, aunque venga de Dios como de causa remota, quien otorga también todo principado terreno, como en Juan, 19.°, y claramente lo dice el apóstol a los Romanos, 13.° y el bienaventurado Agustín en el 5.° De la ciudad de Dios, cap. 21.°, lo que no se hace siempre inmediatamente, sino las más de las veces y en todas partes lo instituyó Dios por medio de las mentes de los hombres, a los que confió el arbitrio de tal institución. Y de esta causa, cuál sea y con qué género de acción deba instituir tales cosas, reparando en lo mejor o en lo peor para la realidad política, puede ser determinado por demostración por la humana certeza.” (Marsilio, 2009, p. 35)
Observamos en esto una ligadura entre nuestros tres objetos de reflexión: la filosofía será el instrumento que por medio de la razón nos permita comprender los gobiernos humanos, de los cuales, por medio de la teología, debemos reconocer su institución cuando se correspondan a la voluntad divina. Marsilio cita al mismo tiempo a San Agustín y a los evangelistas; lo que ya da cuenta de la manera en la que teología y filosofía se hermanaban en el esfuerzo por reconocer y dar cuenta de la realidad política que vivía o pretendía estudiar el hombre medieval. Y lo más importante del fragmento que debemos tomar en cuenta, es quizás la lectura que hace Marsilio en relación al poder, asume una división entre los poderes dados de manera extraordinaria por mandato divino por medio de los profetas y la revelación (de los cuales asume que sólo podemos comprenderlos por la fe), y por otro lado, aquellos creados por mentes humanas, aunque aún así los dota de una cierta inspiración divina. Esa diferenciación permite al siguiente de nuestros pensadores ejecutar una serie de controversias y críticas a la figura del papa, asumiendo de ese modo que ciertas conductas pueden ser leídas más allá del otorgamiento de poder devenido por origen divino.
Continuando con el plano eminentemente filosófico, nos encontramos con el último de nuestros pensadores, Ockham, primero hace una argumentación cuidadosa sobre la manera en la que es legítimo y debido preguntarse por el poder del sumo pontífice, se protege de las críticas de herejía aduciendo que sería más hereje no preguntarse por estas cosas y que en todo caso no teme las represalias humanas, sino las divinas (Ockham, 2008, p. 4-8). Desde luego, esto le da una cierta libertad para poder maniobrar con suficiencia en sus reflexiones, primero señalando que el papa está obligado a conocer su poder y autoridad pero lleva las cosas lejos, armando un argumento que, en caso de ser rechazado, se vuelve contra el rechazante convirtiéndolo en un hereje. Es decir, Ockham arma las cosas para que en caso de que el papa no acepte la investigación sobre su poder, el no hacerlo lo volvería esencialmente hereje:
“El papa, por tanto, se ha de considerar como sospechoso de querer tiranizar si se irrita ante tal investigación. Recuérdese, además, aquello que dice el Apóstol: ‘que la caridad se alegra con la verdad’. Y aquello: ‘la verdad que se criba con más frecuencia, más brilla a la luz.’ Y la verdad se criba cuando se discute seriamente con argumentos contrarios. En consecuencia, si el papa quiere conducirse con caridad entre sus súbditos, se congratulará de la solícita investigación acerca de su poder.” (2008, p. 11)
Al esgrimir un argumento como este, Ockham pone un candado difícil de abrir, pues quien lo critique en su argumentación estaría criticando a su vez las Sagradas Escrituras que serían el fundamento de dicha argumentación. Las Sagradas Escrituras se convierten así en el eje que en última instancia debería consultarse en la evaluación y determinación del poder papal: “Tampoco el papa lo podrá hacer en los cánones. Es necesario que ambos recurran en última instancia a las Sagradas Escrituras, a las que ninguno de los dos -si quiere ser tenido como católico- se atreverá a negar. Si el papa quisiera probar sólo por decretos y decretales esa potestad que dice tener por derecho divino, se le ha de responder que tal prueba redunda en perjuicio de su parte. Y se ha de tener por sospechosa si no puede basarse en las Sagradas Escrituras.” (2008, p. 15)
Ockham reconoce que el papa posee atribuciones de carácter civiles y también espirituales y que en ese sentido se debe remitir a los campos propios de estas actividades la justificación y limitación de sus poderes, siguiendo las condiciones dadas en el Evangelio, a cada cual lo suyo. El papa en lo espiritual tendrá la autoridad dada por el origen divino que se le tiene; pero en lo civil, no tendrá la misma garantía de autoridad en lo que concierne a la naturaleza de su lugar. Esto, finalmente, le permite a Ockham llamar a la crítica, invitar a sus lectores a estar atentos a determinar por el medio del juicio las obras del sumo pontífice y tener siempre en cuenta a la Biblia como máximo referente fundamentador (2008, p. 19)
Como hemos podido atestiguar, la cuestión del poder y de la autoridad ha estado presente a lo largo de la Edad Media, pero es hacia el siglo XIV cuando los críticos se vuelven más finos y severos y los textos terminan por asociar de una manera eficaz: teología, filosofía y política, que para los hombres medievales no podrían estar del todo desconectadas entre sí.
 
III. Conclusión
A lo largo de este recorrido hemos podido dar cuenta que la Edad Media no fue un periodo de clausura intelectual, sino un espacio en el que a la fe y la razón coexistieron dando fundamento a uno de los periodos más complejos en lo que se refiere a la comprensión de la política, del uso del poder y la autoridad, siempre leída a partir del doble brazo que hemos podido estructurar: teología y filosofía.
Nuestros autores: Boecio, Boccaccio, Marsilio y Ockham, nos han permitido mostrar que, aún en el marco de un cristianismo dogmático, fue posible examinar legítimamente al gobierno, distinguir los anhelos y aspiraciones humanas (Boecio y Boccaccio) y examinar críticamente las atribuciones y las condiciones que establecen el poder del pontífice y de los emperadores; como hemos visto, nunca desde una ruptura de la fe, sino desde una rigurosa extensión de la misma.
Teología, filosofía y política no son aislados, sino una especie de nudo Borromeo en lo que concierne a la mentalidad medieval y sus maneras de concebir los liderazgos.
 
Referencias
Boccaccio, Giovanni. (1978). El Decamerón. [Traducción de J. Shepherd]. Editorial del Valle de México.
Grant, E. (2018). La ciencia física en la Edad Media, Col. Breviarios. Fondo de Cultura Económica.
Le Goff, Jacques. (2006). Le Moyen Âge expliqué aux enfants. Éditions Du Seuil.
Marsilio de Padua. (2009). El defensor de la paz. Editorial Tecnos.
Ockham, G. (2008).  Sobre el gobierno tiránico del Papa. Ediotorial Tecnos.


[1] Traducción propia: “Los hombres y las mujeres de la Edad Media tenían el sentimiento de pertenecer a un mismo conjunto de instituciones, creencias y hábitos: el cristianismo.”

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