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Por: Hugo Toro Introducción En el pensamiento árabe existen dos filósofos cuya influencia es decisiva tanto en el mundo islámico como en el desarrollo ulterior del pensamiento intelectual: Al-Ghazali e Ibn Rushd, cuyas formas latinizadas, que usaremos a partir de este momento, son mejor conocidas: Algazel y Averroes. Ambos pensadores articulan posicionamiento respecto al hombre de la fe y la filosofía. De esta primera reflexión, se despliega una evaluación de la filosofía en sí misma y en relación con la teología, intentando identificar los alcances, intenciones, vicios y virtudes. Mientras uno, Algazel, encuentra cierto peligro en la filosofía como herramienta para llegar a Dios, pero no por ello desconoce la importancia de su método lógico; el otro, Averroes, discute sobre la importancia y el gran valor que tiene la filosofía para el hombre de fe, pues ésta, le permite dar cuenta de las más complejas realizaciones y dimensiones de la Ley coránica y su contenido. En este breve ensayo, analizaremos algunos de los puntos de contraste y de contacto entre estos dos maravillosos pensadores. Desde luego, por la extensión y función de este escrito, no será una lectura exhaustiva de todos los puntos de divergencia, ni de aquellos aspectos que podrían ser considerados como puntos de encuentro, sino que, una vez más estaremos trazando apenas un esbozo de aquello que bien podría orientar un estudio posterior de mucho mayor alcance. I. Sobre el ser del conocimiento: el hombre como ser cognoscente Entre los dos pensadores a los que nos dedicamos, uno de los elementos que marcan un decidido punto de encuentro es la consideración de que el hombre es un ser que puede llegar a conocer, se trata de un ser cognoscente. Sin embargo, encontramos también, en este mismo punto una de las primeras diferencias entre los dos pensadores. Algazel antepone el principio divino, es decir, el auxilio y la voluntad de Dios como garantes del conocimiento que un hombre puede alcanzar, así lo expresa prácticamente desde el comienzo de su argumentación cuando señala: “Este hecho no fue fruto de un raciocinio ordenado ni de un discurso metódico, sino de una luz que Dios puso en mi pecho, luz que es la llave de la mayor parte de los conocimientos. Aquel que cree que el desvelamiento de la verdad se realiza por medio de argumentaciones precisas y exactas anquilosa la inmensa misericordia divina.” (2013, p. 35-36), como hemos dicho, reconoce el elemento cognoscente del hombre, pero parece poner de relieve el hecho de que el hombre nace en oscuridad (carente de saber) y gracias a la misericordia divina que “alumbra en ciertos momentos” al hombre llega a conocer las verdades últimas. Esto destaca la distancia entre la confianza en el método como único camino, cuestión que es importante para reconocer la diferencia con Averroes. Por su parte, Averroes se distancia en la forma en que concibe el acercamiento al modo de conocer del hombre, pues él parece acentuar precisamente aquello que surge o es “fruto del raciocinio” o “del discurso metódico”, Averroes lo dice con claridad: “Pues está establecido que la Ley exige el estudio y la consideración de los seres por medio del intelecto, y puesto que esta consideración no es otra cosa que inferir y deducir lo desconocido a partir de lo conocido -y esto es el silogismo o lo que se obtiene por medio del silogismo-, entonces debemos estudiar los seres por medio del silogismo racional.” (1998, p. 77) Como vemos, es “por medio del silogismo racional” que el hombre puede llegar a responder a lo que Averroes considera como un llamado propio de la Ley, el llamado a conocer; mientras que para Algazel, dicha posibilidad de conocimiento no estaría determinada o condicionada por la necesidad de hacerlo por la vía del discurso metódico. Aunque puede parecer una obviedad superlativa o un asunto de poca importancia, considero que este es el elemento crucial a partir del cual ambos andamiajes filosóficos se desmarcan uno de otro, haciendo crecer sus ramas en direcciones un tanto opuestas, pues de la admisión de posibilidad de conocimiento en el hombre y de la diferencia en lo que concierne a la forma en la que debe llegar a conocer (o no) se desprende por tanto la visión que tendrán ambos pensadores respecto a la filosofía, asunto al que nos dedicaremos en la siguiente sección. II. La filosofía: amiga o enemiga del conocimiento de Dios. Como hemos dicho, aquello que se pone en consideración sobre la manera de conocer del hombre, tiene como extensión lógica una correlación con la manera en la que se juega la consideración de la filosofía. Esto lo podemos apreciar de manera perfecta en ambos pensadores, mientras que Averroes abraza a la filosofía, Algazel parece repudiarla en ocasiones y sólo admitir de ella ciertos aspectos que considera no oprobiosos para el saber y conocer de la verdad y, por lo tanto, de Dios. A diferencia de muchos de nuestros contemporáneos que pagan su fidelidad a las distintas ideologías con la suma de su ignorancia, Algazel no se permite jugarse la argumentación desde el puro desconocimiento del otro. Al contrario, su posición es la de una búsqueda constante y que pone a prueba al objeto de su estudio, en este caso el de la filosofía: “Me di cuenta, por tanto, de que la refutación de un sistema antes de comprenderlo e investigarlo a fondo es caminar a ciegas y me tomé muy en serio el estudio de aquella ciencia, (…)” (Algazel, 2013, p. 40) Y comienza su gran recorrido de análisis de la filosofía, pero el mismo mecanismo a través de la cual la explora y por medio de la cual logra llegar a los alcances de sus conclusiones anticipa que no todo lo de la filosofía le parece perentorio o nefasto, aunque en ocasiones lo parezca. Primero desglosa a los filósofos en tres: los materialistas, los naturalistas y los teístas. De los primeros, materialistas, dirá que cometen herejía pues estudian la naturaleza suspendiendo la necesidad de considerar a su Autor. De los segundos, los naturalistas, dirá que han investigado la naturaleza y a través de ella dieron cuenta del Creador, pero que no trascendieron a la realización de la Otra Vida, la Resurrección y el Juicio Final; aunque son creyentes en Dios, descuidan otros aspectos de la doctrina, cometiendo así otra herejía. Finalmente, los teístas, a quienes reconoce el haber acabado con los anteriores y reconoce los esfuerzos de Aristóteles sin que por ello deje de indicar que poseen “trastoques y embrollos” que terminan por confundir a sus lectores. (2013, p. 40-42) Así, haciendo ese rastreo, termina sentenciando: “Toda filosofía aristotélica que es aceptada como correcta entre nosotros, de acuerdo con la transmisión de estos dos hombres, Avicena y al-Fārābī, se resume en tres partes: una que debe ser tachada de infidelidad, otra que debe ser tachada de herejía y una última que de ninguna manera hay que rechazar.” (2013, p. 42) Aunque este párrafo parece tremendamente contundente, Algazel no es un ignorante ni un neófito, encuentra en la misma filosofía las herramientas que le permiten plantear y argumentar su libro. (López-Farjeat, 2025) Respecto de las ramas de la filosofía una especial atención recibe la metafísica, de la que Algazel señala sus extravíos ligándolos a la imposibilidad de emplear los preceptos demostrativos de la Lógica (Aristóteles) en la confirmación o refutación de sus objetos (cuestión que al poner en entredicho refuerza el argumento que señalamos en la primera sección del ensayo, pues los objetos de la metafísica serían más asequibles para aquel que se deja iluminar por Dios). Y es quizá en esto donde se distingue plenamente de nuestro otro pensador, cuando introduce las tres cuestiones en las que están en desacuerdo con todos los musulmanes: los cuerpos no resucitarán, Dios conoce solamente los universales y no los particulares; y la profesión de la eternidad sin principio ni fin. Pero, de nuevo, no estamos ante un reaccionario, Algazel termina afirmando también: “(…) hemos puesto en claro cómo es una actitud equivocada la del que se precipita a tachar de infiel a todo aquel que no está de acuerdo con las doctrinas de su escuela teológica.” (2013, p. 48) Algazel no renuncia a la razón, la pone en vía secundaria: “(…) y comprendí que la razón no bastaba para conocer todas las cuestiones ni podía descubrir la solución de todos los problemas.” (2013, p. 54) Aquí reconoce que la razón no basta, pero tampoco la desecha, cuestión que termina siendo uno de sus acercamientos más obvios a la filosofía y que se materializa en la discusión sobre el conocimiento de los particulares que no se encuentren comprendidos en las enseñanzas fundamentales del Corán y de la Tradición ortodoxa, en donde señala que “La verdad de los casos particulares y discutibles que no están allí se conoce pesándolos en la balanza fiel, que está constituida por las pesas o medidas que Dios ha mencionado en su Libro.” (2013, p. 58). Siendo así, aunque este párrafo parece terminar dando con la doctrina religiosa, es en la actitud de “poner en la balanza” lo que implica el uso de la razón bajo la luz divina, a eso que llamé poner en vía secundaria hace un momento. Esto es lo que lleva a Algazel a plantear “grados” de acercamiento a la verdad, lo que matiza mucho su pretendida posición de “destructor de la filosofía”, sugiere: “La comprobación mediante la demostración es una ciencia, el sumergirse en el núcleo más íntimo de aquel estado es una gustación y el aceptar de buen grado lo que se transmite de boca en boca y de la experiencia tenida por otros es una fe.” (Algazel, 2013, p. 71) Como hemos visto Algazel se acerca a los cuatro objetos de su experiencia (teólogos, esotéricos, filósofos, sufíes) poniéndolos a prueba, es decir, va planteándose lo que tienen para ofrecer y luego hace una disección de cada uno haciéndoles una crítica que reflexiona sobre lo que aportan y a aquello que envilecen. Por otro lado, el maestro Averroes se posiciona desde otro lugar. Para Averroes el valor de la filosofía es declarado y descrito desde el inicio de su texto, casi considera una obviedad superlativa su valor y más bien se dedica a justificar su empleo por los creyentes y su carácter no-hereje. Señala desde el inicio que la filosofía es el medio que permite el conocimiento de Dios: “Si la tarea de la filosofía no es más que el estudio y la consideración de los seres, en tanto que son pruebas de su Autor, es decir, en tanto que han sido hechos -pues los seres sólo muestran al autor por conocimiento de su fábrica y cuanto más perfecto sea el conocimiento de su fábrica, tanto más perfecto será el conocimiento del autor-, y si la Ley religiosa invita y exhorta a la consideración de los seres, está claro entonces que lo designado por este nombre es obligatorio o está recomendado por la Ley religiosa.” (Averroes, 1998, p. 76) Desde nuestro primer parágrafo pudimos identificar que ambos autores consideran al hombre un ser cognoscente, capaz de llegar a conocer, aunque la fuente de ese conocimiento y la manera en la que se vuelve accesible es lo que marca una diferencia entre ambos. Ahora bien, Averroes destaca la obligación que tienen los creyentes de conocer no sólo el mundo natural, sino también la ley, para eso la filosofía es crucial y es la herramienta o la vía regia que este autor determina para tales efectos. Diferente de lo que recién hemos expuesto de Algazel, quien termina por dar cuenta de sus “grados” cuyas fuentes y vías de acceso se vuelven directas según el grado al cual se apunta. Para Averroes parece claro que el acceso es mediante la filosofía: “(…) el alfaquí infiere la obligación de conocer el silogismo jurídico, con mayor razón el que conoce a Dios ha de inferir de eso la obligación de conocer el silogismo racional.” (Averroes, 1998, p. 78) Averroes no sólo justifica el empleo de la filosofía, sino que lo lleva a condición obligatoria para el acceso al conocimiento de Dios y de la Ley. Esta última cuestión, lo lleva a no deshacerse de toda la tradición de los filósofos antiguos (como hace Algazel), para quienes éstos deben ser puestos en entredicho o hasta considerados “de infieles” (Algazel, 2013, p. 42); para Averroes: “Si otros han examinado esto, está claro entonces que debemos servirnos en nuestro estudio de lo que han dicho acerca de esto quienes nos han precedido, tanto si estos otros pertenecen a nuestra religión como si no.” (1998, p. 79), no es que Averroes se encuentre con los antiguos de manera indiscriminada, aceptando todo lo que éstos tengan por ofrecer, sino reconociendo aquello a lo que han llegado de manera perfecta y no aceptando lo que “no es acertado”. Mientras que Algazel dice “no basta con la filosofía” y ahí introduce su vertiente mística, Averroes parece participar de una lógica que vuelve indispensable a la filosofía hasta el grado de calificar de ignorante y alejado de Dios a quienes prohíben su empleo a quienes están capacitados para hacerlo por esa vía, es decir, quienes poseen “la inteligencia innata la primera, y, en segundo lugar, la rectitud legal y la virtud moral, cierra a los hombres la puerta desde la que la Ley llama al hombre al conocimiento de Dios (…)” (1998, p. 81) Y es esta última diferenciación un punto en el que coincide (hasta cierto punto), con las gradaciones que hace Algazel. Averroes al introducir el tema de la capacidad y de la rectitud legal y virtud moral, inevitablemente tendrá que hacer un distingo entre personas según aquellas maneras en las que estén habilitadas para conocer. Algazel traza sus gradaciones por el tipo de saber, Averroes lo introduce según la naturaleza de los hombres en su asentimiento: “hay quienes asienten por medio de la demostración; quienes asienten por medio de los argumentos dialécticos, con el mismo asentimiento del hombre que demostración por medio de la demostración, pues su naturaleza no da para más; y quienes asienten por medio de los argumentos retóricos, tal como el asentimiento del hombre de demostración por medio de los argumentos demostrativos.” (1998, p. 82) Con su plena confianza en los maestros, en la tradición filosófica (no sólo religiosa) y en la capacidad racional del hombre, Averroes adelanta el sentido hermenéutico que considera que debe haber en la aproximación a los textos sagrados, pone en la interpretación de los textos una tarea esencial del creyente, cuestión (si bien presente) no tan acentuada en Algazel. Señala Averroes en relación con la Ley de la que distingue que, no puede hablar de eventos que la superen en el tiempo o no coincidan en circunstancia o naturaleza, por lo que habrá que tener un discernimiento y luego hacer la tarea interpretativa pues: “Si está de acuerdo, nada hay que decir; si hay contradicción, hay que recurrir aquí a su interpretación. “Interpretación” quiere decir hacer pasar el significado de la palabra del sentido real al sentido figurado, sin infringir en ello la costumbre de la lengua de los árabes en el uso de la metáfora, denominado a una cosa por su semejante, su causa o su consecuencia, lo que le es comparable o por cualquier otra cosa que se enumera en la lista de las clases del discurso figurado.” (1998, p. 84) Esto marca una diferencia en la manera en la que se considera la aproximación a la comprensión e interpretación de la Ley, Algazel (2013, p. 64) dice: “Me resultó evidente que a lo más peculiar de ellos no se podía acceder por el estudio sino por la gustación, por el estado místico y por el cambio de cualidades. (…) Igual es la diferencia que hay entre que conozcas la realidad, condiciones y causas del ascetismo y que el estado de tu alma sea el ascetismo y el desapego del mundo.” Es decir, deposita estas funciones en el místico, mientras que Averroes sigue insistiendo en el papel del filósofo, del que llega a comprender por la vía de la demostración: “Hay además un sentido literal que deben interpretar los hombres de demostración; si lo toman en un sentido literal, hay infidelidad; si quienes no son hombres de demostración los interpretan y los sacan fuera de su sentido literal, habrá infidelidad o innovación herética respecto a ese sentido.” (1998, p. 94) Desde luego, son categorías distintas que marcan una diferencia entre ambos en la tarea de acercarse a la Ley y al conocimiento de Dios, pero que precisamente en ese diferencial anticipan lo que considero la principal distancia entre ambos: Algazel reconoce la posibilidad de que existen grados de conocimiento cuya fuente es diversa y la más sublime puede llegar a ser la del místico; y Averroes juzga que son los expertos “quienes se consagran a la interpretación cierta; éstos son los hombres de la demostración por naturaleza y por arte, es decir, el arte de la filosofía. Esta interpretación no debe ser expuesta a los hombres de la dialéctica y menos aún al pueblo.” (1998, p. 100), ambos parecen coincidir en la diferencia entre los hombres, pero distinguirse en quien debe ejecutar la tarea y en la aproximación más sofisticada a la verdad, que, en el caso de Averroes vendría por la práctica filosófica y, en el caso de Algazel, también por la vía mística; en ambos el pueblo o muchos, no deberían acceder a la totalidad de esos conocimientos por el riesgo de desvirtuación. Conclusiones Aunque esto no ha sido una revisión exhaustiva que requeriría una extensión que excede los límites de este ensayo, considero que hemos podido abordar los aspectos diferenciales más importantes entre Averroes y Algazel, también marcando cuando fue posible aquellos puntos de contacto, aunque éstos fueran pocos. Esto último con el fin de renegar de cualquier postura que sugiera un “mejor que otro”, lo que sería pernicioso en los alcances y en la comprensión de ambos autores, cuya obra y alcances de esta son importantes y han tenido una influencia considerable en el devenir del pensamiento filosófico tanto de oriente como de occidente. Reconozco en el pensamiento de Algazel el esfuerzo por no reducir a lo puramente intelectual la experiencia religiosa lo que, a mi punto de vista, es uno de sus más sofisticados logros, a la vez que el estudio y crítica que se hace respecto de muchas posturas de aproximación a Ley y a Dios, finalmente su disección de la filosofía y sus ramas a la luz de esta visión religiosa. Mientras que Averroes constituye uno de los pensadores y transmisores de Aristóteles más importantes, en sus posturas encontramos una realización de los postulados aristotélicos puestos al servicio de la fe y en la plena confianza de la razón para la consecución de los más elevados niveles de comprensión de las realidades divinas. Finalmente, en ambos, la interpretación juega un papel importante, aunque la responsabilidad de la actividad hermenéutica recaiga en jugadores distintos, por un lado, el místico y del otro lado el filósofo. En todo caso, me parece que la diferencia radical entre ambos se encuentra no en la aceptación o rechazo del papel de la razón filosófica, sino en el estatuto que cada autor le confiere en relación con la verdad revelada. Referencias Algazel (2013). El Salvador del error. Confesiones. Editorial Trotta, S.A. Averroes. (1998). Fasl al-Maqal. En Guerrero, R. (trad.). Sobre Filosofía y religión. (pp. 75-106). Universidad de Navarra. López-Farjeat, L. X. (2026). Tensiones entre filosofía y religión: Algazel y Averroes [Audio]. Universidad Panamericana.
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