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Por: Hugo Toro Introducción La literatura medieval comprende una serie de textos de muy diversa índole, intención, estructura y alcances. Desde ya, debemos recordar que antes del siglo XVIII la idea de “literatura” era mucho más amplia y, en realidad, comprendía textos filosóficos o científicos. Ahora bien, al ser tan amplia la noción de “literatura medieval” y al no tener nosotros otra pretensión que trazar algunos aspectos generales alrededor de las características de la obra de arte literaria en la Edad Media, nos dedicaremos únicamente a cuatro textos, recogidos de manera fragmentaria. Para los alcances de este trabajo nos dedicaremos exclusivamente a cuatro obras de la literatura medieval: El canto de los Nibelungos, el “Cuento del molinero” de Los cuentos de Canterbury, el “Cuento del judío Abraham” del Decamerón y un fragmento de la Histoire en vers de la Croisade contre les hérétiques albigeois. Reconocemos que, a cada uno de estos textos se les podrían dedicar libros de análisis literario, sin embargo, también nos parece lícito realizar un somero análisis a partir de la identificación de dos aspectos que consideramos esenciales de la literatura medieval y que funcionarán como el eje del análisis que hagamos de cada una de estas obras: por un lado, la función moralizante y luego satírica de la literatura medieval; por el otro, la función literaria de la crónica y sus intenciones. Así pues, en este ensayo revisaremos esos dos aspectos estructurales de la literatura medieval, utilizando las obras previamente comentadas como ejemplos que reflejan aquello que consideramos las características esenciales del canon medieval. Advertimos desde ya que esto es tan solo una aproximación a la literatura del medioevo y que esto no corresponde a la total envergadura de las obras literarias de ese periodo, ni a todos sus atributos, características y elementos, tarea que a fines de este trabajo resultarían imposibles; de este modo, únicamente aportamos una especie de modelo general que permita hacer una lectura informada sobre aquello que suele repetirse con cierta frecuencia en las obras literarias de este periodo. I. Funciones moralizantes y satíricas en la literatura medieval La literatura medieval se organiza, de manera casi constante, en torno a una función moralizante que no puede entenderse como un añadido externo, sino como un principio estructural del texto. Las obras emplean el ejercicio estético, el acto de narrar, como una vía para la formación del sujeto y al ordenamiento de la vida comunitaria. El texto literario no se propone, en primer término, deleitar, sino guiar o estipular un modelo de conducta identificable. Sin embargo, hacia la Baja Edad Media, nos encontramos con un nuevo modelo, el de la sátira, que deposita en la experiencia de sus personajes el centro de la acción y donde, incluso, ciertas conductas se normalizan o se critican de manera velada. En este primer segmento nos dedicaremos a analizar una obra perteneciente al cierre de la Alta Edad Media, Cantar de los Nibelungos, y dos pertenecientes a la Baja Edad Media: el cuento del judío Abraham y el cuento del Molinero en los Cuentos de Canterbury. Como hemos visto, esta función moralizante se apoya en una concepción teleológica de la existencia: la vida humana es un tránsito orientado hacia un fin, la consecución del Paraíso, y ese tránsito exige modelos, advertencias y ejemplos. La literatura ofrece, así, figuras ejemplares de virtud y de desviación, no para fomentar la identificación psicológica, sino para inscribir al lector en un horizonte normativo compartido. El relato enseña mostrando; moraliza mediante la escena, no mediante la abstracción. Cuestión plenamente identificable en el carácter de Sigfrido, ya de por sí por su nombre, al menos en su edición original alemana “Siegfried”, nos anticipa qué tipo de personaje será: Sieg (“victoria” en alemán), pero más allá el Canto de los Nibelungos nos ofrece su descripción: “¡No os diré lo hermoso que era aquel guerrero! Su cuerpo no tenía tacha alguna y con el tiempo llegó a ser vigoroso e insigne aquel varón temerario. ¡Ah, cuánta fue la gloria que conquistó en este mundo! Aquel héroe se llamaba Sigfrido y por su indomable valor vistió muchos reinos, con la fuerza de su brazo sometió a muchos países. ¡Cuántos héroes guerreros encontró entre los borgoñones!”[1] (2016, p. 23) Como se aprecia en este fragmento, el ideal de conducta valoroso, “indomable” y conquistador se erigen como modelo de virtud masculina, esas características rendidas a lo largo del texto para vivir las aventuras consolidan una imagen clara de lo que se espera de un hombre. Respecto a las mujeres, Crimilda es quien representa el modelo de virtud, llega a decir: “Mi querido hermano, os ofrezco mi ayuda sin reserva alguna y estoy pronta a serviros. Si alguien os rehúsa la menor cosa, causará un gran disgusto a Crimilda. En cuanto a vosotros, nobles caballeros, no os conviene suplicarme nunca, mejor os conviene darme órdenes, aunque con cortesía. Estoy pronta a complaceros en todo lo que deseéis.” (2016, p. 75) Crimilda, modelo oponente al de Brunilda, es el modelo de mujer que se transmite a través de esta historia, la cual, supera la aspiración lúdica o la aparente naturaleza narrativamente autónoma, su sentido último se articula en torno a una enseñanza: cómo es un hombre y cómo es una mujer. En este mismo sentido, la literatura medieval no suspende el juicio moral: lo dramatiza, lo hace visible y lo transmite como saber encarnado. En Boccaccio encontramos algo interesante, porque su obra cumbre, El Decamerón, oscila de un lado a otro entre una visión canónica y una satírica o poco ortodoxa. Esta oscilación la podemos encontrar singularmente en el cuento del Judío Abraham. Incluso en textos como El Decamerón (Boccaccio, 1984), encontramos una cierta noción de la virtud de los personajes, o por lo menos la favorable intervención divina en el caso, el amigo piadoso que debe preocuparse por la conversión de su amigo judío y el judío que se abre a escuchar a su amigo. Esto queda manifiesto en el relato: “El buen Jeannot no desistió por eso de convencerle y volvió a la carga pasados unos días. Pero sus argumentos para probar la superioridad de su religión sobre la de los judíos eran poco sutiles y los únicos que un mercader como él podía hacer. Pese a que el judío era un hombre muy enterado en materia de su religión, lo cierto es que por la gran amistad que tenía con Jeannot y hasta es posible que por las palabras que el Espíritu Santo hubiese inspirado a aquel hombre poco erudito, y que sin duda hicieron imposición en él, comenzó a escuchar con placer a su amigo, sin dejarse por eso persuadir.” (p. 19) Aún así, el valor de Dios sigue intacto, son los hombres y las figuras de la autoridad eclesial las que son cuestionadas: “Es el momento en que Boccaccio, Chaucer, Juan Ruiz y tantos otros ven en el clérigo el espejo de todos los pecados y el blanco de todas las burlas, seguramente porque tal era la actitud de sus oyentes y lectores. Y este sincronismo muestra la magnitud del duelo, pues todo revela en los satíricos la presencia de un nuevo sentimiento de la vida, profundamente atado a los intereses terrenales y nutrido por una concepción radicalmente naturalística.” (Romero, 2022, p. 189) En este sentido, Dios queda intocado, son sus vicarios los que son duramente criticados y a la vez, se erige la pretensión del hombre por acercarse a Dios no por vía de otros hombres, también corruptibles, sino a través de una comprensión racional y personal de ese vínculo, lo que, desde mi juicio se erige como forma de un nuevo ideal o de una nueva atribución de valor a determinadas conductas. Aunque no sea el acento principal de la obra, termina estructurando toda una constelación conductual sobre lo que es esperable y, de hecho, claramente aspirable de un hombre que, abierto por la razón, se encuentra con Dios a pesar de los hombres. Así pues, a lo largo de nuestras lecturas de los libros más importantes del canon, encontraremos esa constante reivindicación de ciertos valores, la búsqueda por también incentivar una pedagogía de la conducta moral y establecer condenas a aquellas maniobras que se encontraran fuera del margen ético o moral permitido. Esta función satírica propia de la Baja Edad Media se desliza hasta los Cuentos de Canterbury. En su escrito introductorio a los cuentos, Guardia (2009, p. 43) señala: “Lo escrito –incluso lo ‘pecaminoso’– tiene un fin pedagógico. Lo importante para Chaucer es no sólo participar, sino también llegar, tanto en la peregrinación como en la vida. Sin duda, Los cuentos de Canterbury epitomizan el saber de la época medieval inglesa y europea. Pero con la impronta de Chaucer: bienaventurados los que saben reírse de sí mismos, porque nunca dejarán de tener motivos para sonreír.” La ironía que despliega Chaucer hasta el grado de lo escatológico (con las flatulencias de sus personajes), se introduce como una manera potente de hacer reír y, por medio de la risa, desde mi punto de vista de realzar la experiencia humana. El pobre carpintero que termina cornudo y considerado loco, no es más que el acto conclusivo de la fábula, la moraleja que se anticipa desde el inicio del cuento cuando se nos advierte que: “Los hombres deben contraer nupcias con mujeres de posición y edad similar, ya que la juventud y la vejez, generalmente, no concuerdan: están a matar. Pero al haber caído en la trampa, tuvo que pasar sus apuros como otros.” (Chaucer, 2009, p. 94) Así, el empleo que hace esta voz narrativa posee la raigambre de su condición, molinero, no la elegancia de un clérigo por ejemplo, y una enseñanza que se desliza como moraleja, pero ya no anticipada desde la ley divina o bíblica, sino desde la pura experiencia humana sin prescindir de la cosmovisión cristiana. Pasaremos ahora a revisar un fragmento de un texto de crónica a fin de revisar algunos aspectos relativos a su estructura. A pesar de que no es un texto revisado a lo largo de este curso, me ha parecido valioso tanto por su estructura, como por el evento histórico que refleja y la mística que dejó tras de sí. II. Sobre el autor, la crónica y la legitimidad en la narración de los eventos históricos La literatura medieval se sostiene sobre una relación estructural con la autoridad, entendida no como autoría individual, sino como principio de legitimación del discurso. De hecho, Roland Barthes apunta al hecho de que en la Edad Media el autor no era una “personalidad” como en la época moderna, dice: “El autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad, en la medida en que ésta, al salir de la Edad Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, dicho de manera más noble, de la persona humana.” (1994, p. 66) En la Edad Media, en cambio, el texto no vale por quien lo escribe, sino por la instancia desde la cual se enuncia. En este horizonte, la autoridad precede al relato y lo garantiza: la Sagrada Escritura, la Iglesia o la alineación del texto al canon romano o a la voluntad de los reyes. Podríamos decir que las invenciones literarias no buscan inaugurar un sentido, sino confirmarlo. En este mismo sentido, la crónica constituye una de las formas privilegiadas de esta lógica. A diferencia de la historia moderna, la crónica medieval no aspira a la neutralidad ni a la reconstrucción crítica de los hechos. Su función es registrar los acontecimientos dentro de un marco de inteligibilidad previamente dado. El cronista no observa: parece juzgar desde una autoridad que no le pertenece, pero que lo autoriza a hablar. La historia es vista a la luz de la Biblia como condición del esfuerzo “historicista”, nos señala Dass (2011, p. 8): “Thus, a book of history arose from, participated in, and elaborated on, the tradition of historiography that included classical sources-but more importantly it included the Bible. In fact, writing history without the Bible was unimaginable in the Middle Ages.” Más adelante Dass comenta que los esfuerzos de crónica tenían como condición importante la aspiración a la transmisión de los eventos históricos enmarcados en el plan salvífico de Dios a los hombres. Es pues, a partir de esta “autorización” dada en el contexto de una comprensión de la autoridad eclesiástica como la máxima aspiración pues el hombre del medioevo no comprende su vida sin una clara asociación o vinculación a la religión cristiana. En este contexto, me pareció que la crónica contra los albigenses ofrece un ejemplo elocuente. El escritor francés Guillaume de Tudèle (s. XIII) escribió la primera parte de la la Histoire en vers de la Croisade contre les hérétiques albigeois (1837, p. 5-6) un texto cuya intención es retratar la cruzada contra los albigenses y que es el único que pude encontrar relativo a ese periodo histórico, el autor inicia su texto ya dando de por sí una condenación a los cátaros o albigenses, luego de la oración con la que abre su relato, la introduce: “Seigneurs, cette chanson est faite de la même manière -que celle d’Antioche, de même versifiée, - et se dit sur le même air, (pour) qui sait le dire. – Vous avez tous entendu comment l’hérésie, --que le Seigneur Dieu maudisse ! s’était si fort propagée, – qu’elle avait en son pouvoir tout l’Albigeois, (…) il en envoya ses lettres à Rome, en Lombardie. — (Mais), Dieu me bénisse ! je me puis autrement dire (sinon que les hérétiques) — ne font pas plus de cas des sermons que d’une pomme gâtée. -- Cinq ans, ou je ne sais combien, cette gent égarée — se conduisit de même, ne voulant pas se convertir, — de quoi sont morts maints (grands) personnages et ont péri des foules de peuple, — et bien d’autres encore en périront, avant que la guerre finisse ; — il n’en peut être autrement.”[2] La mención del envío de cartas “à Rome, en Lombardie” no es un dato circunstancial, sino que hace invocación de Roma como instancia última de validación, y desde esa invocación se construye el discurso sobre les hérétiques. La negativa a escuchar los sermones no es presentada como diferencia doctrinal, sino como obstinación culpable que justificará eventualmente la sangrienta masacre al sur de Francia. La violencia, las muertes y la guerra no se narran como exceso, sino como consecuencia necesaria, justificación dada a partir de esa legitimidad que da el hablar desde la investidura del poder: il n’en peut être autrement. En ese gesto, que recién comentamos, el autor revela la función o intención profunda de su obra: no garantiza la verdad del relato, sino que absorbe la responsabilidad del juicio. El canto hermoso de su lírica es una herramienta usada en función de un objetivo mayor, transmitir un mensaje quasi divino que le garantiza una legitimidad al acto militar y a los horrores de esa cruzada, la única en Europa. Así, la crónica medieval no produce memoria crítica, sino confirmación del orden, haciendo del relato un instrumento de legitimación histórica del poder y de las instituciones religiosas. Esta estructura de autoridad que sostiene a la crónica medieval se articula de manera directa con su función moralizante. La autoridad dada por la doctrina, no solo legitima el discurso, sino que lo vuelve eficaz como enseñanza: la desobediencia doctrinal conduce a la ruina, la persistencia en el error explica la violencia, y la muerte se presenta como consecuencia plenamente justificada en la voluntad divina manifestada por Dios a través de sus vicarios. Conclusiones A lo largo de este ensayo hemos propuesto una aproximación general a la literatura medieval a partir de tres ejes que consideramos estructurales: la función moralizante y luego satírica, así como la intención en el relato crónico y sus características definitorias. Este recorrido, en el que he intentado abarcar textos tanto de la Alta como a la Baja Edad Media ha permitido observar que, más allá de sus diferencias formales, genéricas y temporales, estas obras comparten una misma lógica profunda: la literatura no se concibe como un ejercicio autónomo ni como una expresión individual del autor, sino como un dispositivo orientado a producir sentido dentro de un orden social, religioso y simbólico previamente establecido. En el Cantar de los Nibelungos, esa función se manifiesta de manera explícita en la configuración de modelos de virtud y de conducta, donde lo heroico, lo masculino y lo femenino se presentan como ideales normativos que ordenan la experiencia humana. En los relatos de Boccaccio y Chaucer, ya en el marco de la Baja Edad Media, esta función no desaparece, pero se transforma: la moralización se desliza hacia la sátira, la ironía y la experiencia concreta de los personajes. Estos ejemplos permiten afirmar que la literatura medieval no suspende el juicio moral, sino que lo dramatiza y lo encarna en figuras, acciones y relatos. La narración se convierte así en un espacio privilegiado de transmisión simbólica, donde la enseñanza no se formula como abstracción teórica, sino como escena, ejemplo y consecuencia. Lo que a mi juicio, permite a los autores medievales, sean anónimos, múltiples o no, el echar mano de cuanto elemento consideren pertinente a los fines que persiguen, incluso, si las alegorías, metáforas o hechos se deslizan hacia una transformación que no se alinea con la realidad plenamente “histórica” o “realista”. Incluso cuando la risa, la burla o lo escatológico irrumpen en el texto, como ocurre en Chaucer o Boccaccio, lo hacen dentro de un marco que sigue orientando la lectura hacia una comprensión y modelado de la experiencia humana. Este trabajo no pretende agotar la complejidad ni la riqueza de la literatura medieval, sino ofrecer un modelo de lectura que permita reconocer ciertos patrones recurrentes en el canon. Así pues, este trabajo no es otra cosa que un puro punto de arranque, pues la complejidad y dimensión de las producciones literarias de la Edad Media, requerirían muchos más vértices de comprensión y lectura. Referencias Anónimo. (2016). Cantar de los Nibelungos (J. M. Mínguez Sender, Trad.). Alianza. Boccaccio, G. (1984). El Decamerón (Trad. Daniel Tapia). Editorial Porrúa. Chaucer, G. (2009). Los cuentos de Canterbury (P. Guardia Massó, Ed. y Trad.). Madrid: Cátedra. Dass, N. (2011). The deeds of the Franks and other Jerusalem-bound pilgrims. Rowman & Littlefield Publishers. Roland Barthes. (1994). El susurro del lenguaje: más allá de las palabras y de la escritura. Ed. Paidós. Romero, José Luis. (2022). La Edad Media. Fondo de Cultura Económica. [1] Por comodidad, hemos elegido la versión en prosa, traducida y realizada por José Miguel Mínguez Sender en Alianza Editorial. [2] Traducción propia: Señores, esta canción se hizo del mismo modo que aquella de Antioquía, con la misma versificación, por decirlo de alguna manera, con el mismo aire. Han escuchado cómo la herejía, que el Señor Dios maldice se había fuertemente propagado y tenía todo su más absoluto poder en los albigenses, (…) envió sus cartas a Roma, a Lombardía. — (Pero), ¡Dios me bendiga!, no puedo decir otra cosa (sino que los herejes) — no hacen más caso de los sermones que de una manzana podrida. -- Durante cinco años, o no sé cuántos, esa gente extraviada — se comportó del mismo modo, sin querer convertirse, — a causa de lo cual murieron muchos (grandes) personajes y perecieron multitudes del pueblo, — y muchos otros más perecerán todavía antes de que la guerra termine; — no puede ser de otro modo.
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