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Por: Hugo Toro Texto originalmente presentado el 04 de diciembre de 2025 como acto de cierre en una supervisión en grupo coordinado por la Dra. Silvia Wainstein. “On ne découvre pas de terre nouvelle sans consentir à perdre de vue, d’abord et longtemps, tout rivage.” (André Gide, Les Faux-monnayeyrs) Casi nada podría escribir que tuviera el estatuto de “original” si por ello se entiende algo que, desligado absolutamente de los otros, surja ficticiamente de mis ríos de tinta. Escribo, pues, en concordancia con una relación y dependencia absolutas, y ese “original” deberá en todo caso, si es que lo fuere, asumirse como un “de vuelta al origen”. Así pues, para el escrito que concierne a uno solo de mis recorridos de pensamiento derivados de nuestros encuentros, me dedicaré a ese volver que se hizo presente para mí en nuestros esfuerzos de este año. Naturalmente, esto no representa ni todo lo vivido ni todo lo pensado, pero responde, espero que bien, a nuestro ejercicio conclusivo. Desde el inicio de este trabajo conjunto, nuestra aspiración de hacer tocar los vértices clínico y teórico se nos indicó como un propósito. Bella aspiración, y logro vivido. En este sentido, recupero aquello dicho en el encuentro del 15 de mayo, donde presenté un caso de un paciente adolescente, ahí Silvia Wainsztein nos señaló: “Las psicosis son plurales porque estallan el cuerpo en la emergencia de lo pulsional (…) Encontrar un corte en lo real del cuerpo, no agujerea al Otro.” Ahí la consigna, nuestra apertura. Es la necesidad de que el Otro no sea completo, que por su agujero se permita la emergencia de una diferencia que no termine por devorar a quien frente a ese Otro se instala sometido, anulado por esa completud ficticia en un plano y absolutamente verdadera en otro. Más allá, el tema siguió surgiendo. Los retoños de una práctica que, precisamente se trata de aquello que de incompletud se puede saber hacer; de este modo, en el encuentro del 17 de julio Wainsztein decía en relación a otro caso: “Hay un goce que se transmite más allá de lo que se dice en relación a que la deuda del padre es impagable”. Cierto, cuando el Otro es completo nuestra deuda y su deuda nos son impagables, acabamos endeudados: ¿Quién podría tolerar la angustia de la totalidad?, esfuerzo siempre imposible del que dan cuenta las hermosas leyendas de aniquilación de aquellos que rasgaban el velo tras el que se encontraba el Arca de la Alianza. Pero aún antes de ese movimiento vital, pues permite la emergencia de la vida, el 20 de marzo, Waisnztein nos apuntaba la necesidad del encuentro con ese Otro: “Hay una cuestión relativa a la ‘nominación’, es necesario que un niño sea nominado porque en esa nominación se juega el deseo del Otro, sin el deseo del Otro no puede encontrarse con él.” Necesidad de encuentro primero, necesidad de ser depositario de un deseo y luego emanciparse (?) de él. Es ahí donde también se juega la lógica de nuestra práctica: o hay deseo del Otro o no hay transferencia, si no hay transferencia, no hay análisis; pero también, el analista no puede configurarse en un oráculo, en un “maestro del vivir” que anticipa y denomina aquello que se debe o no hacer (o peor aún ser), pues la secuencia de nuestros esfuerzos introduce precisamente aquello que permite que el Otro no sea completo, que en ese agujero el sujeto pueda comenzar a habilitarse, comenzar a sostener su propio paso, el ritmo de sus pisadas y el devenir histórico que antecede ese avance. A este respecto nos dice Lacan: “Homme de désir, d’un désir qu’il a suivi contre son gré dans les chemins où il se mire dans le sentir, le dominer et le savoir, mais dont il a su dévoiler, lui seul, comme un initié aux défunts mystères, le signifiant sans pair : ce phallus dont le recevoir et le donner sont pour le névrosé également impossibles, soit qu’il sache que l’Autre ne l’a pas, ou bien qu’il l’a, parce que dans les deux cas son désir est ailleurs : c’est de l’être, et qu’il faut que l’homme, mâle ou femelle, accepte de l’avoir et de ne pas l’avoir, à partir de la découverte qu’il ne l’est pas.” (Lacan, 1999, p. 120) Queda entonces nuestra tarea, la de hacer el vínculo que permite el movimiento, pero siempre hacer el esfuerzo que, por nuestro deseo de analista, se nos autorizamos a hacer: permitir la emergencia de esa incompletud que da cuenta de la subjetividad, que es apertura a la vida, a la creatividad: al amor y al trabajo (Freud). ¿No fuimos nosotros también partícipes de ese recorrido que es sólo fructífero cuando no lo elevamos al plano de misa dominical? Acudimos a un encuentro que se trata de reconocernos en esa incompletud, que hace de ese esfuerzo un espacio donde el encuentro con los otros nos posibilita a partir de un paso previo: no todo se sabe, no todo se puede. Hemos compartido un año de trabajo, de encuentros y de esfuerzos que nos hacen posible establecer precisamente el recordatorio permanente, el de aquello que por obvio no se nos debe permitir olvidar: la función de nuestra práctica es la secuencia que permite al imposible ser imposible, a la completud ser marginada y que, de alguna forma, podamos dar cuenta de ella. No se juzgue este breve escrito, pedido breve, que adolece de explicaciones, pero… ¿Qué cosa más conveniente para aquello que se trata de incompletudes? ¿En fin? No sé si esto represente un cierre. Tal vez no exista un cierre apropiado cuando se trata de un tema cuya esencia es la apertura. Pero sí puedo decir que este año, estos encuentros y estas conversaciones han confirmado una intuición que me acompaña desde hace tiempo: el trabajo analítico sólo es posible si ambos, paciente y analista, se sostienen en un punto donde ninguna completud es posible ni deseable. Y quizá sea ese, en definitiva, el mayor acto de confianza que puede darse. A esta altura, sin embargo, se impone una advertencia suplementaria. La incompletud del Otro no solo opera como condición de posibilidad de la vida psíquica y del lazo analítico; su reverso, la fantasía de un Otro completo, colmado de sentido, conduce invariablemente a un punto mortífero. No se trata aquí de una metáfora, sino de una consecuencia lógica de la enseñanza de Lacan: allí donde el sentido se cierra, donde ya no hay resto ni hiancia, el sujeto queda capturado en una saturación que no deja lugar al deseo. Lacan lo formula de manera contundente cuando afirma: “L’un des auteurs du discours sur L’Inconscient, sous-titré étude psychanalytique, l’a inscrit autrefois à superposer un S sur lui-même, en le mettant sous et sur une barre, d’ailleurs arbitrairement traitée au regard de ce que j’en ai fait. Le signifiant ainsi désigné, dont le sens serait absolu, est très facile à reconnaître, car il n’y a qu’un qui puisse répondre à cette place — c’est le Je. Le Je en tant qu’il est transcendantal, mais aussi bien qu’il est illusoire. C’est là l’opération racine dernière, celle dont, justement, s’assure irréductiblement ce que je désigne de l’articulation du discours universitaire — et c’est ce qui montre que ce n’est pas un hasard de la trouver ici. Le Je transcendantal, c’est celui que quiconque a énoncé un savoir d’une certaine façon recèle comme vérité, le S₁, le Je du maître.” (Lacan, 2024, p. 70) El exceso de sentido, su pretensión de totalidad, que articula un saber de una cierta manera “como verdadero” anula la función misma del significante, que es la de abrir, desplazar, hacer vacilar. Cuando el sentido se vuelve pleno, cuando responde a todo, el sujeto ya no tiene dónde hablar ni desde dónde desear. Rendirse a un Otro completo equivale, entonces, a consentir a una clausura radical. Mismo designio con el cual arranca El Cantar de los Nibelungos, desde el mítico sueño de Crimilda interpretado por su madre: “(…) el halcón salvaje, domesticado durante tantos días, fue estrangulado entre las garras de dos águilas. Nada en la Tierra pudo causar a la doncella angustia mayor que tal sueño. Y cuando se lo refirió a su madre, Ute, ella no pudo sino interpretar el sueño como sigue: —El halcón que habías domesrticado es tu futuro noble esposo que, si Dios no te lo conserva perderás en breve espacio. —¿Qué dices de mi esposo madre mía? Voy a prescindir en lo futuro del amor de un guerrero, para no tener que dolerme por ningún destino de hombre. Permaneceré doncella toda mi vida.” (Anónimo, 2016, p. 20) Crimilda acepta la interpretación como un saber pleno de verdad, incontrovertible y lleno de sentido. Se hace una promesa que, como todas, no termina sino en un engaño. El sueño no es simplemente premonitorio; funciona como advertencia estructural. La lectura materna termina por otorgarle un sentido totalizante y Crimilda, en su trayectoria, no logra sostener ese sueño como enigma. Por el contrario, lo absolutiza. El destino de Sigfrido se vuelve para ella no un acontecimiento a elaborar, sino un sentido último al que se entrega por completo. En ese movimiento, Crimilda encarna con precisión el riesgo del exceso de sentido: la muerte de Sigfrido no queda como pérdida, sino que se transforma en mandato que opera subrepticiamente a lo largo de todo el relato medieval. Toda su existencia posterior se organiza alrededor de esa significación cerrada, sin resto, sin duelo posible. La venganza, entonces, no es otra cosa que el intento de restituir un Otro completo, un Otro que garantice que nada fue en vano, aun al precio de su propia destrucción y de la aniquilación de todos los que la rodean. Así, lo que Lacan advierte a nivel estructural se verifica en la lógica trágica del poema: cuando el sentido ya no falla, cuando todo queda explicado, cuando el acontecimiento se eleva al rango de verdad absoluta, la vida se vuelve imposible. El exceso de sentido no pacifica; mata. La incompletud del Otro, en cambio, aun cuando angustia, preserva un margen vital. Permite que el sueño permanezca sueño, que la pérdida no se vuelva destino y que el deseo no quede suturado por una significación total. Quizá sea este uno de los puntos donde la clínica, la teoría y la literatura se tocan con mayor precisión: no se trata de eliminar el sentido, sino de impedir que se vuelva total. Sostener la incompletud del Otro es, en última instancia, sostener una ética de la vida frente a la tentación, siempre insistente, de un sentido que promete descanso, pero conduce, silenciosamente, a la muerte. Referencias Lacan, J. (2024). Le Séminaire, Livre XVII. L’envers de la psychanalyse (1969–1970). Paris: Éditions du Seuil. Anónimo. (2016). El Cantar de los Nibelungos (J. M. Mínguez Sender, Trad.). Madrid: Alianza Editorial. Lacan, J. (1999). Écrits. Paris: Éditions du Seuil.
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