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Psicoanálisis

Entre Epicuro y Freud

7/28/2025

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Por: Hugo Toro
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Desde la antigüedad hasta la modernidad, la noción de deseo ha sido objeto de múltiples interpretaciones. Sin embargo, fue Epicuro uno de los primeros en consolidad un sistema racional que se ocupaba del deseo y la consecución de placer, bajo el dominio reflexivo del juicio, como vehículo ético hacia el bien y la felicidad.
En este ensayo sostengo que, la visión epicúrea sobre el deseo, su satisfacción, juicio racional y jerarquización, se puede ver enriquecida y complejizada a la luz de los descubrimientos freudianos del inconsciente y que, en caso de que estos desarrollos (muy posteriores a Epicuro, por supuesto) sean desconocidos o subestimados para el individuo que se inicie en la ética epicúrea, el alcance de esta ética en la práctica será sumamente limitada.
Así pues, a la jerarquía del deseo y a las concepciones epicúreas sobre el conocimiento de la naturaleza y de nosotros mismos, así como de la ética, habría que añadir los aportes freudianos con el fin de reforzar y llevar a buen cauce la ética que se nos propone. Estos aportes se pueden condensar en: dimensión inconsciente del deseo, Principio de placer y Principio de realidad, Pulsión de vida y Pulsión de muerte. De este modo, incorporando los elementos freudianos, creemos que cualquiera que se deje guiar por la ética que propone Epicuro poseerá un margen mayor de conducta dirigida a la obtención, consecución, encauzamiento y realización del placer, así como la evitación del dolor, a través del deseo y su comprensión.
 
1. Epicuro: deseo, naturaleza y felicidad
Epicuro (341 a.C. – 270 a.C.), filósofo griego fundador del “Jardín”, propone una ética del placer fundada en el discernimiento de los deseos. Si Aristóteles dice en Metafísica que todos los hombres tienden por naturaleza al saber, Epicuro diría que todos los hombres tienden por naturaleza al placer. Pero, para Epicuro, no todos los deseos deben seguirse; la felicidad depende, más bien, de saber distinguir entre tipos de deseo. En su Carta a Meneceo (§127-128), Epicuro clasifica los deseos en dos categorías principales:
                        a) Naturales
  • Naturales necesarios
    • Necesarios para la felicidad (amistad y filosofía)
    • Necesarios para la ausencia de malestar del cuerpo.
    • Necesarios para el vivir mismo (subsistencia y supervivencia) 
  • Naturales no necesarios
            b) Deseos vanos, ni naturales ni necesarios (que provienen de una opinión vana)
La tesis central de Epicuro es que solo los deseos naturales y necesarios deben satisfacerse, ya que conducen al placer estable y la calma del alma (ataraxia), mientras que los deseos no naturales tienden al sufrimiento, por su insaciabilidad o su carácter socialmente inducido. El deseo, por tanto, no es eliminado, sino racionalizado. La moderación epicúrea no es represión, sino cálculo hedonista orientado al bienestar. El sujeto que alcanza la sabiduría es aquel que sabe qué no desear y dar cauce efectivo, a través del juicio (Epicuro, Carta a Meneceo, §130), a los deseos convenientes. Esto es lo que denomina “autarquía”, el gobierno de sí mismo que lleva a gozar de los bienes alcanzables convenientes y no sufrir por los inalcanzables no convenientes.
La ética de Epicuro que basa sus esfuerzos en el uso de la razón y el juicio para determinar lo que recién señalamos respecto al deseo, posee un enfoque basado en el presente, no precisa de consideración a ultranza del futuro, pues éste nos es incognoscible en su certeza[1] y es deseable que así sea[2], por lo que no deberemos preocuparnos por él.  En todo esto, no es que el futuro sea algo a descuidar, sino será visto como cosecha del tiempo presente, derivada de la búsqueda de placer a largo plazo por medio de la satisfacción de los deseos naturales necesarios es el eje de las premisas epicúreas.
Sin embargo, hay algo fundamental en su propuesta ética y es su consideración sobre el acceso al saber. Epicuro señala:
“Además, hay que dar cuenta de todo basándonos en las sensaciones y, en general, en los actos aprehensivos inmediatos, ya sea de la mente o de cualquier otro criterio (…), para tener un instrumento con que designar aquellos que esperamos confirmar o aquello que nos es desconocido.” (Carta a Heródoto, §38)
 Al priorizar las sensaciones y las aprehensiones inmediatas como eje de cualquier sabiduría o de captación de la realidad, no reconoce una dimensión de la experiencia subjetiva como lo inconsciente; esto lo lleva a pensar en una única división en el alma que se refiere a la facultad de captar las sensaciones del cuerpo y las sensaciones de la mente[3]; pero en todas ellas el alma, estaría plenamente consciente, nada le sería desconocido dentro de sí misma si es susceptible de ser captada como sensación.
Para él, el alma sólo posee una dimensión de consciencia, que le permite, a través de las sensaciones (que pueden ser tanto físicas como psicológicas tal como lo entiendo) la captación del mundo, del placer y del dolor. Como veremos a continuación, eso representa un límite de su ética, toda vez que se distancia de una realidad comprobable en la experiencia humana: el inconsciente y su influencia en el discernimiento, construcción y consecución de placer. Por ejemplo, la realidad de aquellos quienes, sin saber por qué, obtienen placer del dolor (masoquismo), o hacen del mal su bien, no por ignorancia, sino por el puro goce de dañar (perversión, psicopatía). En estos casos, de los cuales Epicuro no tendría por qué tener noticia, el deseo deberá ser entendido desde el registro de una realidad del alma que no nos es del todo conocida y para ellos abordaremos un poco a Freud a fin de dar un vértice de comprensión que permita la emergencia de una ética epicúrea, a nuestra consideración, de mayor alcance y realización.
Sigmund Freud (1856–1939) se nutrió ampliamente de la filosofía griega y romana. El pensamiento de Epicuro le es conocido con certeza, pero sólo a través de Lucrecio, que es de quien hemos identificado una cita directa en El porvenir de una ilusión (1927). La natural inclinación al placer que sugiere Epicuro es también reconocida por Freud, quien la denomina Principio de placer y de la cual señala que se activa debido a: “[…] una tensión displacentera, y después adopta tal orientación que su resultado final coincide con la disminución de aquella [de la tensión], esto es, con una evitación de displacer o una producción de placer.” (Freud, 1992, p. 7).
Los seres humanos tenemos esa tendencia natural inscrita (aumentar el placer y disminuir el dolor), pero para Freud el deseo adquiere una dimensión radicalmente distinta a la que tiene para Epicuro. Lejos de ser un elemento discernible por la razón, el deseo en Freud es siempre inconsciente, pulsional, conflictivo y, sobre todo, estructuralmente insatisfecho, lo que nos empuja siempre en la búsqueda de nuevos objetos de satisfacción. Freud distingue entre necesidad, cuyo objeto de satisfacción es unívoco (la sed se satisface con la bebida), y el deseo, cuyo objeto de satisfacción es móvil, cambiante y de satisfacción imposible. El deseo para Freud no es más que la búsqueda, el impulso o la inclinación de revivir una experiencia placentera pasada que fue en ese tiempo una necesidad satisfecha, cuyo objeto hemos perdido para siempre, pero queremos recuperar con un subrogado presente. De esta búsqueda de la satisfacción perdida y buscada a partir de esa pérdida es que consolida el deseo[4].
La teoría freudiana del inconsciente implica que el sujeto desea en lo consciente algo que en lo inconsciente es otra cosa, de esa división surge su carácter de insatisfacción definitiva, pues, mientras en un nivel deseamos un objeto A, en otro nivel ese A tiene el valor de B. Esto es reconocido, al menos en un nivel básico, por Epicuro[5], buscando un objeto de satisfacción a veces encontramos mayor cantidad de displacer o de pleno dolor, solo con el objetivo de ir hacia una cuota ulterior de placer a más largo plazo. Sin embargo, Epicuro parece descuidar que a veces deseamos no lo que causa placer, sino aquello que más displacer causa, por ejemplo, en el deseo de castigo o en la sexualidad masoquista manifiesta, como hemos mencionado con anterioridad, pues recordemos que para él el alma no tendría esa área oculta y por lo tanto quien elige el mal lo hace por desconocimiento o ignorancia. Epicuro afirma: “Nadie, al ver el mal, lo elige, sino que se deja engañar por él, como si fuera un bien respecto a un mal peor.”[6]
En cambio, hoy conocemos que, con frecuencia, no es ignorancia sobre el mal lo que hace que elijamos, sino muchas veces un deseo inconsciente que, muchas veces nutrido de la Pulsión de vida (tendencia a la síntesis, unificación y creación de unidades más grandes) o de la Pulsión de muerte (inclinación a la antítesis, desintegración y regreso al “cero” originario), toma el control de nuestra capacidad desiderativa. Por ejemplo, un hombre que fuma puede no desconocer el mal que le acarrea y que le va a traer en el futuro, pero puede tener un deseo inconsciente de morir que sostiene esa conducta. Así pues, nuestros deseos tienen como combustible las dos pulsiones que hemos señalado con anterioridad y, muchas veces, obtenemos placer de uno de los combustibles, otras del otro y, en felices ocasiones, de una combinación de ambas.
Los deseos naturales necesarios, bien podrían estar alimentados por la pulsión de muerte la cual, a pesar de su ominoso nombre, no es de por sí “malvada”, “displacentera” u “oprobiosa”, sino simplemente un combustible que hace operar la máquina mental en un sentido. Un ejemplo de ello puede ser quien, para mantenerse sano, se dedica ampliamente al ejercicio tolerando el arduo trabajo del entrenamiento y las desventuras de éste, teniendo una comunión así de ambas pulsiones.
Coincidimos con Epicuro en sostener la necesidad de autarquía, pero sólo a condición de cumplir con aquello que él mismo estipulaba como necesidad en su ética, el conocernos e indagar en nuestras almas:
“XXIV. Si rechazas completamente una sensación y no distingues entre lo que parece, lo que espera confirmación y lo que es evidente ya en esa sensación, en los sentimientos y en todo acto imaginativo de la mente, turbarás también las restantes sensaciones con tu vana opinión, hasta el punto de privarte de cualquier posibilidad de criterio. En cambio, si das por seguro en tus opiniones todo lo que espera confirmación lo que no presenta evidencia alguna, no eludirás el error, porque en todo juicio habrás conservado la ambigüedad sobre lo que es correcto o no lo es.”[7]
Así, teniendo en mente los desarrollos freudianos, no sólo articularemos nuestra reflexión sobre nosotros mismos en el dominio de la consciencia, sino que haremos esfuerzos por reconocer aquello que en lo inconsciente se aloja y puede sostener nuestro deseo, no daremos por “segura” nuestra opinión sobre una sensación determinada, sino que nos cuestionaremos cuál es el registro desconocido que funciona de plataforma y base para tal o cual deseo, pues como hemos visto, incluso deseos que en lo consciente serían legítimos para Epicuro, desde una lectura inconsciente serán dañinos. Esa revisión de “sí-mismo” para lograr la autarquía y, con ello, la ataraxia, sólo será posible considerando aquello que desconocemos en un nivel de nuestra alma conociéndolo en otro, esto es: lo inconsciente.
 
Conclusión
Hemos revisado superficialmente los textos fundamentales de Epicuro, convendría en otro trabajo realizar una exposición mucho más precisa y extensa, donde el diálogo propuesto entre Epicuro y Freud pudiera tener un resultado más fértil, pero baste por ahora con señalar lo que hasta ahora hemos podido comprender desde la lectura que hemos realizado de las obras expuestas:
En principio, que admitimos la propuesta ética de Epicuro como valiosa, pero reconocemos también su limitación por no reconocer o tomar en cuenta la dimensión inconsciente del deseo. Del mismo modo, de la búsqueda de sabiduría, proponemos incorporar a la categorización de Epicuro de los deseos una dimensión de lo inconsciente que permita al sujeto, luego de reconocer lo que en su inconsciente habita, decidir (autarquía) aquello que lo llevará a la tan anhelada ataraxia.
            Reconozco que la envergadura de la propuesta que tomé para trabajar a Epicuro fue grande y difícil de maniobrar en un trabajo de limitada extensión, pero, habiéndolo reconocido, creo también que se puede plantear este breve recorrido reflexivo como un boceto apenas al carboncillo de lo que otros bien podrán desarrollar con amplitud.

Referencias

Epicuro. (2016). Obras, [Trad. Montserrat Jufresa].  Ed. Tecnos.
Freud, S. (1992). Más allá del principio del placer en Obras Completas Vol. XVIII. Amorrortu Editores.
Freud, S. (1992). La interpretación de los sueños en Obras Completas, Vol. V. Armorrortu Editores.

Notas
[1] Epicuro, Carta a Meneceo, §127.
[2] Epicuro, (2016), Pequeño compendio en “Obras”, Ed. Tecnós, p. 88.
[3] Epicuro, Carta a Heródoto, §63.
[4] Freud, S. 1900, p. 557-558.
[5] “Ningún placer es malo en sí mismo; pero lo que hay que hacer para obtener ciertos placeres causa mayor cantidad de quebrantos que de placeres.” (Epicuro, Máximas capitales, máxima VII)
[6] Epicuro. (2016), Exhortaciones en “Obras”, Ed. Tecnos, p. 78.
[7] Epicuro. (2016). Máximas capitales en Obras, Ed. Tecnos, p. 71.

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