Por: Hugo Toro. ![]() Aunque suelo poco, o nunca, comentar anécdotas mías por considerarlas muchas veces inoportunas y otras tantas aburridas, esta vez considero prudente sujetarme de una para tratar un par de aspectos de la práctica analítica que me precipitan especial interés. Hace ya algún tiempo, me encontraba leyendo un texto de Silvia Bleichmar[1] en una de las bancas de una de las tantas estaciones del metrobús esperando mi ruta, apasiblemente abstraído del mundo caluroso que me rodeaba y precavido de no ser un estorbo para nadie para que nadie fuera un estorbo para mi lectura. Ahí donde mis libros pueden ser una muralla efectiva para ahorrarme vendedores y preguntas de localización, resultó que mis murallas se vinieron abajo, primero lentamente, después súbitamente. Apareció justo a un lado mío, a una distancia que parecía pequeñísima (si pensamos que en la banca sólo estaba yo sentado), un hombre que se fue ingresando en mi perspectiva hasta que la sacudió y la rompió como un débil y barato florero… Preguntó (las intervenciones del nombre van con "negritas"): -¿Eres analista? -Psicoterapeuta, sí. -Ah, ¿Dónde hiciste la formación? -En “tal” instituto. -Ah sí, lo conozco. ¿Y supongo que te psicoanalizas? [No pude responder, el hombre continuó] Yo soy psicoanalista, atiendo aquí en “tal colonia”… ¿Has leído a Lacan? -Sí. -¿Y lo has entendido? -Poco. -¡Lo bueno que eres honesto! Para entender a Lacan hay que dedicarle años, es muy complicado. Por cierto que yo estoy dando un curso en “tal lugar” sobre Lacan, si te interesa puedes ir, cobramos 400 pesos al mes. Es que si uno no se va preguntando ciertas cosas sobre lo que a uno le interesan pues… -¿Y usted dónde hizo su formación? [Me decidí a preguntar] -¿Aún crees en eso de la formación? Para mí la formación pasa por otros registros, no por una escuela, tiene que ver con el diván, con el propio análisis. -De acuerdo, ¿Con quién se analizó? -Bueno, mi proceso ha pasado por varios momentos, no ha sido tan lineal, me analicé con “tal analista”. -Ah ya. -Bueno si te interesa puedes ir, te dejo mi tarjeta, agrégame a facebook, digo, si te interesa. -Gracias, maestro. Hasta luego. [Respondí alegre, convencido de que el lugar que debía ocupar era el de perpetuar lo imaginario de su escena, al fin, nada me quitaba y, en cierta medida, me divertía] A todo esto, el hombre analista sacudió por el suelo varios aspectos que desde mi óptica constituyen el registro auténtico de la práctica analítica; pero diré que el más fundamental y el terriblemente asesinado en ese momento fue el que se consigue “haciéndose el loco”, esto es, algo parecido a la Docta Ignorancia de Nicolas de Cusa. ¿No es el analista aquel que siempre se escabulle del lugar de Sujeto Supuesto Saber?, ¿No se trata la práctica analítica precisamente de respetar el no saber propio y de incentivar el saber que el otro ya posee sobre sí mismo pero del que no sabe nada?, ¿Se puede ser analista cuando se pone en entredicho el saber del otro sin conocerlo ni reconocerlo?, ¿El orden del silencio implica desconocimiento? Lo que quiero no es hacer una quemazón del hombre que me abordó, que bien podría ser un tipo excepcional y brillante, y que además no estaba en “función analítica” en ése momento; sino apuntar a una lógica que para mí es fundamental en la práctica y es precisamente ese descolocamiento del analista del lugar de saber. El analista no debe imponer una lectura, el analista no sabe la verdad de la vida, ni a qué autores se deben leer, ni cuáles son dificultosos, ni cuales no. El analista, por excelencia, no sabe y es en ése no saber que su saber se manifiesta en una búsqueda incansable; precisamente en una actitud que permite ir penetrando en lo inconsciente. Lo sabido no es inconsciente. El analista que revela sus saberes sobre el otro (sobre el otro, sobre y sobre) no es un analista es un oráculo. Las peores prácticas analíticas han derivado de suponer que se sabe lo que al otro le pasa, de rendirle al paciente sabidas cuentas de lo que le ocurre, lecturas casi de cartomancia sobre sus conflictos, dichos que se imponen al sujeto enajenándolo pues para nada contemplan su discurso. La práctica auténticamente analítica pone el acento no en el pulcro lugar del analista tras el diván, ni en la búsqueda de un lugar de reconocimiento, sino, en aquel que tendido en el diván se enfrenta con su discurso, con ayuda de un fiel escudero, de un “Sancho Panza” analítico que lo preserve de los molinos de viento pero que le permita enfrentarse a ellos. Finalmente, de lo que se trata es de colocarse desde un lugar más auténtico y nada resulta más apartado de la autenticidad que pretender saber al otro… es la no respuesta al Che Vuoi? con lo que uno se topa al final y de la que no hay que huir. [1] Bleichmar, Silvia. “Las teorías sexuales en psicoanálisis”, Ed. Paidós: México, D.F.
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Por: Hugo Toro ![]() A quienes ya hayan leído el clásico de Stephen King “It” no les sorprenderá que utilice un trozo de la trama para explicar un aspecto de las consideraciones psicoanalíticas sobre el desarrollo; pues la obra, que funciona a varios niveles (y en todos flotan), bien puede ser considerada un excelente texto de neurosis infantil, de psicopatología psicoanalítica (¿cómo no ver así el extraordinario capítulo dedicado al joven psicópata Patrick Hockstetter?). En fin, aperturo diciendo que de lo que nos vamos a ocupar es del descubrimiento paulatino del niño de la existencia del Otro. Bien sabemos que Freud desarrolló la noción de narcisismo primario para referirse a un momento del desarrollo en que el niño no establece un vínculo objetal, pues sus percepciones, inmaduras aún, no le permiten más que comprender el pecho de la madre como una extensión de sí mismo y, más aún, como una extensión de su propia mente, una creación ultrapoderosa que surge en los momento de necesidad. Este modelo de comprensión, derribado por los analistas kleinianos más apegados a la obra de Melanie Klein, se encuentra casi intacto en la obra de Donald Winnicott, quizá, con el agredado de sus consideraciones sobre la agresividad de las que no nos vamos a ocupar ahora. Así pues, el niño se encuentra en un estado de omnipotencia infantil, carente de falta, donde la realidad es la propia, una extensión inabarcable de percepciones y creaciones que surgen de sí mismo. Si pudiera encontrar mejores palabras para explicar este momento que aquellas que emplea Stephen King cuando describe la realidad de “Eso” antes del advenimiento de sus enemigos las usaría, pero como no puedo y utilizaré las de él: “[…] Eso existía en un simple círculo de despertar para comer y dormir para soñar.[1] Había creado un sitio a su imagen y semejanza y lo contemplaba con favor desde los fuegos fatuos que eran sus ojos.” (King, 1987, p. 1332) Así, como Eso, el niño se encuentra suspendido en un mundo ideal cuyo destino es el fatal desenlace de la desilusión y el doloroso chichón que produce el impacto con la pared de la realidad. Aguardando en ese momento de mágico placer, de la omnipotencia infantil, el pequeño se encuentra arropado en su propia mente, hasta que acontece la desilusión, tan sana como la ilusión, la intrusión de un “algo” que se introduce en la diada especular de la madre y el niño; un filoso cuchillo que atraviesa la relación y cercena por la mitad ese sitio “a imagen y semejanza” para convertirlo en un sitio vital, donde la vida se abre camino con su doloroso devenir. Es el pAdre, es la mAdre, es la Sociedad, el lenguaje, las exigencias ambientales, es el Otro (A). El niño poco a poco se va dando cuenta de que ese espejismo del que disfrutó por un breve periodo de tiempo se tambalea porque todo parece indicar que el poder de su mente poco o nada puede hacer contra aquello que atenta esa paz perpetua, el círculo divino en el que cayó por fortuna. El niño debe ir abriéndose paso por la maleza de la realidad, de la red simbólica que poco a poco lo va apresando, precisamente para que deje de ser Eso y sea sujeto. Remitámonos de nuevo a King y aprovechemos sus palabras: “Así, una última novedad había venido a Eso, no ya emoción, sino una fría especulación: ¿y si Eso no era lo único, como siempre había creído? ¿Y si había Otro? ¿Y si, más aún, esos niños eran agentes de ese Otro? ¿Y si…y si…?” (King, 1987, p. 1333) Efectivamente, hay Otro. Un Otro con agentes que nos van sancionando y frente a los cuales nos vamos colocando. La angustia de Eso no es para menos, surgirá la pregunta ¿Qué quiere el Otro de mí? De ahí todas las demás, ha quedado atrapado en algo que ha roto para siempre el circuito divino en el que se venía desarrollando su existencia. El Otro ha llegado y Eso no volverá a ser Eso… REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS: Freud, S. (1914), "Introducción al narcisismo", Tomo XIV, Obras completas, Ed. Amorrortu. King, Stephen. (1987), “It (Eso)”, Ed. Penguin Random House Grupo Editorial: México: CDMX. [1] Las negritas me pertenecen. Hago aquí indicación porque es este un principio de las comprensiones Meltzerianas sobre el sueño. Si Freud aduce que el sueño es un modo de perpetuar el soñar, Meltzer invierte los factores y convierte al dormir en un modo de establecer la elaboración onírica. Por: Guadalupe Vázquez. “Ce que j’ai fait, ce soir la Ce qu’elle a dit, ce soir la Realisant, mon espoir Je me lance vers la gloire We are vain and we are blind I hate people when they’re not polite”. Talking Heads - Psycho Killer Pretender el análisis desde la ficción es una ficción en sí misma, lo propio sería confrontar al autor con su obra, pues en la creación se precipita el acto fallido, bien dice Lacan (1966) “el sujeto no habla sino que es hablado”. Sin embargo inmiscuirse así, en la vida de la autora, sería una intromisión imperdonable, acaso falaz, así que nos contentaremos con estos personajes de papel y celuloide, capaces de resistir tiempo, lectura, mirada y, por supuesto, análisis. El libro de Lionel Shriver, en una prosa que no hace concesiones y nos conmina a hablar de Kevin, es cierto, pero en este hablar ¿no está acaso implícita la escucha? De la novela que discurre en forma epistolar puede hacerse un discurso de viva voz, de silencios, de actuaciones tímidas y lágrimas secas. La invitación está abierta para escuchar a Eva, la madre de Kevin, prestaremos oído a sus palabras en la figura y fábula de un analista y su deseo, que no es otro que comprender.
Eva en el diván. Eva acude a consulta escéptica o desesperanzada, aún no queda claro. Las experiencias pasadas con los terapeutas que trataron a su hijo, o con la psiquiatra que la diagnosticó y trató a propósito de una depresión puerperal, fueron como poco desafortunadas, más aún a resultas de las consecuencias. ¿Cuál es entonces su motivo? ¿Hay una demanda de análisis? Ahora tiene 56 años y es la madre de un asesino. Ha sido sometida al juicio penal, al civil y al social. Ella pregunta, y el analista, el de nuestra invención, admite conocer el caso a través de los medios, pero hace una afirmación: lo que en verdad me interesa es lo que usted tiene para decir señora Khatchadourian. La narración es cronológica, con apenas saltos hacia delante y hacia atrás. Ella, una snob, cosmopolita, demócrata, políticamente correcta, viajera impenitente y profesional, crítica feroz del establishment norteamericano, se enamora de un patriota republicano aficionado al baseball, que, y todo esto en palabras de la propia paciente, restauró en ella la idea de hogar. Su vida con Franklin y antes de él estaba nimbada por un aura de felicidad, no había vacíos existenciales que parecieran necesitar llenarse. Sin embargo Eva intuía que él sólo consideraría el escenario completo hasta el nacimiento de un hijo, no en balde el oficio de Franklin era hallar locaciones, escenarios ideales para la industria publicitaria. El analista observa cuan minuciosamente fueron sopesados los inconvenientes de un hijo, Eva consideró todas las pérdidas posibles y dejó fuera toda idealización. Lo hizo con un rigor que pocas veces se observa. Y así, a sabiendas de las eventualidades y fatigas que acompañan la maternidad decidió que sí. Pero para lo que no estaba preparada, tras 37 horas de trabajo de parto, era para el inmediato desencuentro. Eva dice: “Mientras aquel niño rechazaba mi pecho, por el que sentía una total repugnancia, yo también empecé a rechazarlo. […] Suspiraba por darle la leche de la más pura bondad humana, y él no la quería; o, por lo menos, no la quería de mí”. Ha dejado de saber si la frialdad y la distancia que pareció abrirse entre ella y su hijo, fue algo previo o anterior al rechazo del pecho, de su abrazo. El analista recuerda a Donald Winnicott, la idea de una falla en el maternaje se le antoja facilista, pero aún así la considera. ¿Qué pasa entonces si la madre no es presa de esa “locura” que la dispone al cuidado del bebé? ¿Es posible que en ausencia de la «preocupación maternal primaria» la criatura vea aniquilado su self?, ¿qué vea hasta tal punto amenazada su continuidad existencial? ¿Hubo una disociación de los impulsos agresivo y libidinal, como si de la desmezcla pulsional freudiana estuviéramos hablando? No, más bien pareciera que Kevin se vio privado de este impulso agresivo vital desde que asomó la cabeza al mundo. Sin dudarlo, una criatura cuidada diligentemente por su madre, tendrá mayores probabilidades de salir bien librada, pero no es una ley, un buen cuidador primario bien puede hacer la función. Louise Tilly y Joan Scott (1978) señalaron que no es si no hasta mediados del siglo XVII cuando entre las clases altas surgió la creencia de que tal vez los infantes tuvieran necesidades físicas y psíquicas diferentes a las de los adultos; y ya hacia finales de ese mismo siglo se fue acuñando la opinión de que las madres tenían que encargarse personalmente de sus hijos. Estas ideas permearon en sectores más amplios recién a finales del siglo XIX y prevalecen, aún y cuando hay distinciones notables dentro de este modelo de crianza. ¿Cuántos infantes fueron criados por su nodrizas y cuántos de ellas fueron, por ese motivo, arrojados a la locura o la perversión? Por eso, a propósito de la «preocupación maternal primaria», el analista trae a la memoria a Margarethe Hilferding, al igual que Winnicott, pediatra y psicoanalista. En su conferencia “Acerca del fundamento del amor maternal” (Viena. 1911), sostuvo valientemente - a partir de conclusiones extraídas en la práctica clínica- que “no hay amor materno innato” y que éste se despierta mediante la implicación física entre madre y el bebé, es decir que “puede ser adquirido mediante las experiencias de alimentación y los cuidados físicos de la criatura, si se dan determinadas condiciones favorables, que de no estar presentes pueden hacer surgir el rechazo”. Ese amor materno que se construye en el vínculo y para el vínculo, piensa el analista, es también “suficientemente bueno”. Eva, tristemente, no tuvo condiciones favorables. Su marido pronto tomó partido y no fue a su favor; tampoco había cerca alguna otra mujer ya experimentada que la sostuviera en el proceso. Así confiesa dolorosamente: “No debí tomármelo como una cuestión personal, pero no pude evitarlo”. Pese a las dificultades logró más de lo que muchas madres pueden atribuirse, un sensible entendimiento hacia una criatura que procuró mostrarse siempre, como el más impenetrable de los misterios. […] la maternidad desarrolló mi oído. Hay, para empezar, el vagido de una necesidad inarticulada, que es, de hecho, el primer tanteo del niño en pos del lenguaje, en busca de sonidos que significan mojado, o teta, o imperdible. Hay el llanto de terror, de miedo a que no haya nadie allí y lo dejen solo para siempre. […] Creo que Kevin odiaba estar vivo”. De cualquier modo el dedo acusador, ha señalado a Eva. No casualmente su nombre remite al pecado original. Eva, en hebreo vida, fuente de vida, respiración, pneuma. Lo humano transita en pares, dicotómicos o complementarios, así que aquí sería fácil entretenerse con la idea de que es la vida quien engendra la muerte, pero esto no explica la perversa malignidad de Kevin; Eva, quiere entender. Si otros la señalan, ella asiente, acepta, haciendo suya la culpa, actuando una frialdad que solo esconde la vulnerabilidad y el miedo; una culpa que parece responder al porqué de los crímenes. “Ojalá pudiera asumir toda la responsabilidad! […] ¿No comprendes que en ese caso todo sería más sencillo? ¿Por qué tendría que sentirme tan trastornada? […] Supongo que fue culpa mía […] No fui una buena madre..., fui fría, rigurosa, egoísta. Aunque no puede decirse que no lo haya pagado con creces. […] Si hubiera sido culpa mía, sólo culpa mía... Entonces la cosa no sería tan terrible. […] Me preocupa igualmente que pueda parecer que estoy preparando el terreno para alegar que todo cuanto Kevin ha hecho es culpa mía. A veces me refocilo pensándolo, y me bebo golosamente un buen trago de culpa. Pero fíjate en que he dicho que me refocilo pensándolo. En esos atracones de mea culpa hay cierta vanidad, un deseo de darme autobombo. La culpa confiere un poder formidable”. En esa confusión, ese intento de hacerse con la responsabilidad, Eva protege también a Franklin del escrutinio público, ¿fue un buen padre? El psicoanálisis ofrece pocas respuestas, apenas si se ha planteado la discusión de cómo se estructura el deseo de un hijo en el hombre; este lugar de subjetividad en el varón aparece como un punto ciego. De cualquier manera en Franklin había un deseo desesperado por la paternidad, pero no así un interés por su hijo en cuanto a sujeto. Primero se adueñó del embarazo de Eva hasta hacerla sentir que ocupaba el lugar de una incubadora. Después ignoró uno a uno los pedidos de ayuda. A lo largo del tiempo hizo lo mismo en cuanto a las advertencias sobre la perversidad de Kevin, negó cada incidente y preservó la imagen fantaseada del hijo. Eva al fin y al cabo, lo había decepcionado el mismo día en que Kevin nació, estropeando la fotografía plástica, ideal, superficial, que Franklin había forjado en su mente: la de una madre pletórica, feliz, con los pechos rebosantes de leche que amantaba a su mofletudo y dócil pequeño. Padre e hijo eran aliados y ella, la madre, quedaba fuera de juego. “Había creado mi propia Otra Mujer, que resultaba ser un hijo”. El analista especula tomando la vertiente teórica que le es familiar. Hay un déficit claro en la función paterna, en la instauración de la Ley. Franklin, cómplice de su hijo, no veía transgresión ni malicia, no interponía la fuerza de su palabra. Tampoco Eva podía ejercer la Ley, pues había renunciado ya a todo gobierno, amedrentada por las acciones de su hijo y por el temor a perder el amor de su marido. El alcance de la perversidad de Kevin habría podido templarse, si alguno de los dos hubiera servido de sostén y aliciente a su hijo, de modo tal que su deseo se desplegara en formas admisibles de transgresión a la ley. Tal vez entonces no estaría recluído en prisión y ante él se abriera un futuro prometedor en Blackwater Worldwide o en alguna reconocida firma de Fondos de Capital de Riesgo, donde cierto grado de psicopatía tienen valor curricular. Siguiendo esa línea, hay algo, que intriga persistentemente al analista ¿por qué Eva rinde ese tributo amoroso a Franklin, ofrendándole un hijo y el sacrificio de todo lo que, exceptuando al mismo Franklin, la hacía feliz. Eva lo hizo padre, sí, pero en un sentido más profundo y arcaico. Su propio padre había nacido en los campos de concentración de Dierez Zor, logró salir con vida del genocidio que acabó con casi dos millones de armenios. “Los campos estaban asolados por las enfermedades, y los armenios apenas recibían alimentos y agua. Es sorprendente que el bebé sobreviviera, porque sus tres hermanos murieron allí. A Selim, su padre, lo mataron a tiros. Dos terceras partes de la numerosa familia de mi madre, los Serafian, fueron exterminadas hasta el punto de que ni siquiera han sobrevivido sus historias”. Ese mismo padre encarnó el espíritu familiar y patriótico de los inmigrantes en Norteamérica, lo hizo desde el mutismo de un retrato en el que exhibía el uniforme del ejército. Murió en combate en la guerra del Pacífico, en 1945, apenas unos meses antes del nacimiento de Eva. Y ¿No era Franklin también la representación más rancia de este espíritu? ¿La representación del hogar? Eva atrapada por el fantasma del padre, le da a Franklin este lugar, el lugar de un muerto, y le ofrece en un rito sacrificial, un regalo post mortem, su propio hijo; entrega a Kevin a la memoria de un muerto que es lo mismo que ofrendarlo a la muerte y a su primitivo culto: un holocausto dedicado al Dios padre. Cuando Eva dice que no han sobrevivido las historias familiares, señala la hiancia sobre la que se superpone los jirones, los retazos de su fantasía. El analista no puede si no pensar en las palabras de Lacan: “la historia es el pasado historizado en el presente, historizado en el presente porque ha sido vivido en el pasado» (Escritos técnicos 1992b). Sólo podemos pensar que Kevin fue leal, y lo mostró cumpliendo a cabalidad la voluntad histórica. ¿Podrá ahora el análisis restituir el pasado? El analista, aún y cuando ficticio, lo duda más allá de su in-existencia. Todas las palabras de Eva han ido dirigidas a un solo destinatario: Franklin, el padre muerto, dos veces muerto. Ahora pretende colocar ahí a su analista, en ese sentido no hay demanda de análisis, solo repetición. Ella va a buscar su historia entre los cascotes humeantes de la guerra, entre heridos y cadáveres, perpetuándola y actualizándola, en una cadena cómplice de lealtades inconscientes. Ella permanece atada, al igual que Kevin, al linaje del trauma. Y es esto, lo impensable, lo real, inabordable, indecible, aquello que precipita la locura. Así lo consigna la frase de inspiración wittgensteniana, que abre el libro de Davoine y Gaudilliére y cierra de una vez por todas este texto: “lo que no se puede decir, no se puede callar”. Bibliografía.
Por: Hugo Toro ![]() Un retorno a M. Klein. Esto es un brevario. Un brevario de una crítica sustentada en las malformaciones que ha sufrido la clínica psicoanalítica denominada “kleiniana” o “postkleiniana”. Los derivados de las malas lecturas y las interpretaciones fallidas de los textos han generado implicaciones directas y penosas en la realización del “psicoanálisis”. Hoy pretendo apuntar a un punto en específico: el análisis de la transferencia. De todos es conocido que Melanie Klein dedicó gran parte de su trabajo al tratamiento psicoanalítico de niños, de ello derivó sus ejes técnicos y metapsicológicos. Podríamos destacar entre los primeros: el “punto de urgencia” (atender al elemento de angustia predominante en el momento), la interpretación de la transferencia positiva y negativa (haciendo énfasis en la segunda) y la búsqueda de las fantasías inconscientes detrás del material. De la metapsicología destacamos: el desarrollo de los conceptos freudianos de pulsión de vida y pulsión de muerte, que en Klein alcanzan una dimensión objetal cuando se habla de sus derivados en Amor y Odio; sus famosas posiciones: esquizoparanoide (cuya fundamental característica es la angustia de tipo persecutorio) y la posición depresiva (de difícil acceso y raro trámite, cuya angustia principal se basa en las constelaciones de culpa provocados por los taques a los objetos mediante los mecanismos esquizoides de la etapa anterior); así mismo, el fundamento de la teoría en lo que es conocido como Relaciones Objetales dota a la teoría kleiniana de todo un armazón que se complementa en cada una de sus partes: si se interpreta el punto de urgencia es debido a las angustias que prevalecen en función de los montos pulsionales (amor y odio) que existen en el sujeto, la fantasía tendrá que ver con los montos de amor y odio y con la posición en la que esté oscilando el sujeto (esquizoparaonide o depresiva); finalmente si contemplamos el hecho de que todo desarrollo mental, para Klein, se articula en el vínculo con el objeto, es natural pensar que tanto la angustia como la fantasía serán trasnferidas efectivamente a la persona del analista, suscitando una reedición del vínculo con los objetos originarios, razón por la cual tanto las relaciones sustentadas en el amor, como en el odio (transferencia positiva y negativa) deberán ser interpretadas, pues representarán el nudo a partir del cual se teje todo el conflicto de acuerdo a esta brillante autora. Las anteriores brevedades sobre los trabajos de Melanie Klein, funcionarán a manera de preámbulo en el sentido de este breve ensayo en donde pretendo denunciar el monstruo que en nombre de Klein se ejecuta. La teoría kleiniana ha sido sometida a una lectura forzada y esterotipada; con frecuencia los conceptos “pecho bueno” y “pecho malo” son usados con liviandad e impuestos a la subjetividad de los analizantes quienes, sometidos a la lente clínica de los pseudos analistas, no pueden más que permanecer ante la lluvia de una etiquetadota de conceptos que se encuentra deseosa de colocar conceptos pobremente aprendidos a fenómenos subjetivos de una complejidad inconmensurable. Si el analizante no habla seguro estará percibiendo al analista como un pecho malo al que desea aniquilar por medio de dejarlo con hambre (identificándose con el pecho materno); si el analizante habla mucho estará poniendo en juego su voracidad, esperando la mayor cantidad de interpretaciones posible; así sucesivamente a los contenidos subjetivos se van asignando etiquetas conceptuales que no respetan la esencia misma del psicoanálisis: el sujeto. Aunque de primera mano pareciera que Klein atiborra con extensas interpretaciones a sus analizados, no genera sus interpretaciones a partir de cimientos construidos sobre el vacío del prejuicio y la imposición de la teoría sobre la realidad clínica. Aunque todas estas interpretaciones pueden ser consideradas correctas en su momento, la efervescencia con la que surgen no deja de generar ciertas sospechas; pronto se encuentra uno ante un “psicoanálisis” maquinado y manufacturado bajo premisas teóricas que aplica un pseudoanalista deseoso de encontrar el momento de usar las nuevas palabras aprendidas. Por el contrario, Melanie Klein concienzuda, como era, de la importancia de apegarse a la clínica siempre pensó que el respeto a la subjetividad del analizado debía ser el eje crucial de su técnica; cuando interpretaba la transferencia, si bien partía de una noción teórica que ampliaba el concepto de transferencia en Freud, no se la “sacaba de la manga”, muy por el contrario cometía sus interpretaciones en el justo momento en el que el material del analizado lo permitiera o confirmara la idea que rondaba su mente; alejándose así de la doctrina mística de una gitana que con su bola de cristal pretende develar verdades a partir del dudoso vapor del prejuicio clínico (Estupidez y arrogancia en la doctrina de Bion). Reconozco a todo esto que ejemplificar mi lectura de la obra kleiniana con apenas un fragmento ínfimo de toda su extenso trabajo es dudoso y por lo demás puede ser considerado una tomadura de pelo; pero estoy plenamente convencido que el lector más riguroso de Klein no encontrará más que ejemplos que verifiquen lo que aquí se propone: una técnica psicoanalítica sustentada en el material del paciente y no en la cosmovisión teórica del analista. Para esto usaré unos breves párrafos de la obra de 1957 “Envidia y Gratitud”, en primera porque creo que los ejemplos dan cuenta de lo que aquí se está sosteniendo, y en segunda, porque creo firmemente que acercarnos a los autores en sus grandes trabajos realizados al final de su vida ayuda a develar sus concepciones finales. Así pues, en este excepcional trabajo se lee: “El segundo paciente masculino al cual me referí, en un período posterior de su análisis, cuando ya se habían producido distintas pruebas de una mayor integración y mejoría, relató el sueño siguiente, donde muestra las fluctuaciones en el proceso de integración causadas por el dolor de los sentimientos depresivos. Se encontraba en un departamento de un piso alto y X, un amigo de un amigo suyo, lo llamaba desde la calle proponiéndole una caminata. El paciente no accedió porque un perro negro que se hallaba en el departamento hubiera podido salir y ser atropellado. Acarició al perro. Cuando miró por la ventana halló que X había "retrocedido". Algunas de las asociaciones vincularon el departamento con el mío y el perro negro con mi gato negro, al que describió como "ella".[1] X, un antiguo compañero de estudios, nunca le había agradado al paciente. Lo describió como afable e insincero; X pedía también a menudo dinero prestado (aunque lo devolvía después) y de un modo tal que parecía que tuviera todo el derecho de hacerlo. X no obstante resultó ser muy bueno en su profesión. El paciente reconoció que "un amigo de su amigo" era un aspecto de sí mismo. La esencia de mis interpretaciones fue que él se había acercado más al reconocimiento de una parte desagradable y amenazante de su personalidad; el peligro para el perro-gato (la analista) consistía en que ella sería atropellada (es decir, dañada) por X. Cuando X le pidió que fuesen juntos a caminar, esto simbolizaba un paso hacia la integración. En ese momento un elemento de esperanza entró en el sueño, evidenciado en el hecho de que X, a pesar de sus fallas, resultara ser bueno en su profesión. Es asimismo característico del progreso realizado que la parte de sí mismo a la cual se había acercado en el sueño no fuera tan destructiva y envidiosa como en un material previo.” (Klein, 1957, p. 232) Parte Melanie Klein de “asociaciones” que condujeron el análisis a vincular transferencialmente el contenido manifiesto del sueño con una realidad de la relación objetal que sostenía el paciente hacia ella en ése momento. Como insisto, no se trata de imponer transferencias y mucho menos inventarlas ahí donde no se encuentran, sino de paciente y desinteresadamente ir tras sus rastros en los sinuosos caminos que atraviesan el oscuro bosque del material analítico. Ahora bien, no se trata de una opinión o de una lectura “mesurada” de Klein, sino de un hecho particular que busca desmenuzar y, más allá de eso, deshacer o, mejor, promover una aniquilación de la caricatura de la “Gran dama inglesa”. No hay mayor enfermedad para el psicoanálisis actual que volver estereotipos o personajes de una obra teatral con diálogos previamente escritos y muletillas a los grandes psicoanalistas que han contribuido a su desarrollo. Lo mismo valdría para Freud o para Lacan, devenirlos en íconos o figuras pop de los cuales se puede trazar fácilmente una parodia no hace más bordear el peligroso abismo de la insensatez académica y de la irresponsabilidad de la práctica clínica. Klein interpretaba la transferencia, no la inventaba. Perseguía los rastros de las relaciones objetales y encontraba momentos de verdad, no iba tras los peligrosos caminos que trazan los fantasmas del prejuicio. Que se lea a Klein, que se lea a Klein a la letra, que se comprenda, que se cuestione, que se enriquezca pero, por favor, que no se banalice…merece algo mejor. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS: Klein, Melanie. (1957), “Envidia y Gratitud”, Tomo III, Ed. Paidós: México, D.F. [1] Las negritas me pertenecen. POR: HUGO TORO En lo sucesivo habremos de plantear brevemente algunos elementos que conforman la interpretación analítica, de tal suerte que este breve artículo no es más que una forma de poner en el ojo crítico algunas desavenencias de la práctica interpretativa del analista. Desde las tradiciones que narran las aventuras de seres extraordinarios como los magos y hechiceros hasta las más elaboradas teorías sobre el hombre, el lenguaje ha sido el campo fundamental en el que pueden entrar en contacto dos sujetos como tales. Si siguiéramos con la mitología de los hechiceros tendríamos que decir que no se puede pensar en un mago que agite su varita sin articular su hechizo o su conjuro, de modo mental o verbalmente, mediante el lenguaje. Así pues, no hay hechicero sin hechizo, ni analista sin palabra (sea la suya o la del analizante); ambos, se encuentran ubicados bajo el cobijo, o quizás el yugo, del lenguaje. Si la famosa “talking cure” tuvo algo de novedoso fue que dejó bien demostrado que el contenido psíquico inconsciente se abría camino a través del lenguaje y que en los tropiezos y escollos de este es donde el analista podía ir develando poco a poco la significación de los síntomas, articulados como un símbolo de un contenido pulsional que deseaba hacerse conocer. El inconsciente siempre desea hacerse oír. Por lo tanto, el campo en el que se articula todo psicoanálisis, auténtico, es sin duda, el lenguaje; partiendo del discurso del analizante que se somete a una regla fundamental de decir todo aquello que acuda a su mente, estando ese contenido ya bajo los límites del lenguaje, sin tomar reservas y bajo la consigna de que todo quedará bajo el amparo de una discreción incondicional por parte del analista. Sin embargo, la comunicación no se atribuye solo al analizante (concepto que debemos respetar y promover, a fin de acentuar el carácter no pasivo de quien se somete a análisis), el analista tiene su momento en la interpretación, momento más reconocido popularmente (aunque exista también la puntualización, por ejemplo). Es pues, la interpretación a lo que me habré de enfocar, sosteniendo algunos puntos que considero esenciales para todo analista que se aventure en la afanosa tarea de realizar una interpretación. Primero, ¿Por qué es aventurado efectuar una interpretación?, en primera porque el campo del lenguaje en el que se articula nuestra práctica es el del inconsciente; de modo tal que lo que se emite en el mensaje por parte del emisor, no es necesariamente lo que el emisor quiere decir y muchas veces será aquello que no quiere decir; sobra decir que “analistas” poco analizados incurrirán en sus interpretaciones a dejarse arrastrar por la corriente de su propio inconsciente, imprimiendo en sus interpretaciones contenidos que les son propios y muy ajenos al sujeto analizante, dejándose envolver en el campo de lo imaginario que en nada ayuda y en mucho perpetúa la sensación de completud del Otro, que nos sabe. El caso es que el modelo de comunicación estándar: emisor, mensaje, receptor; se configura de manera distinta en el psicoanálisis, porque el mensaje que elabora y lanza el emisor le viene dado no por sí mismo, sino por el receptor, quiero decir, por su interlocutor, es a partir del Otro que el emisor articula lo que ha de decir y no desde un lugar imaginario del Yo, es esto lo que Freud descubrió en términos de la transferencia y que Lacan profundizó en su momento durante su seminario XI (“Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”). Es así, que toda interpretación en este sentido de comprensión es una aventura en la que, parafraseando a Lacan, el analista sabrá qué es lo que ha dicho pero jamás lo que el otro ha escuchado; debemos asumir que todas las interpretaciones planteadas en la forma imperativa y categórica, pierden su sentido, en tanto se le plantean a un sujeto del inconsciente; siendo así aseverar cuestiones sobre lo que el paciente “siente”, “percibe” o de la naturaleza de los fenómenos de su psique, constituye un error técnico en dos sentidos claros, el primero de ellos es que el sujeto debe determinarse en la comprensión que realice de sí mismo, el segundo, que el analista debe evitar erigirse en aquel lugar que se le ofrece por parte del analizante de Sujeto Supuesto Saber; el tipo de interpretaciones que conllevan afirmaciones supone que el analista “sabe” al analizante, volviéndolo así analizado, término poco beneficioso para un auténtico análisis, pues constituye una deformación del sujeto en sujeto pasivo del discurso de uno. Podemos concluir de lo anterior que la interpretación no puede ser categórica, debe quedar abierta para que los múltiples elementos de la cadena significante la incorporen y vayan elaborándola de las más diversas maneras en función del sujeto, permitiendo así múltiples significados; la interpretación debería plantearse en un sentido amplio que permita que el sujeto la tome en posibilidad de asumirla en la infinitud de posibilidades psíquicas que su propia subjetividad le permita. De otro modo, la interpretación sería usada desde una estratagema que al analizante le será ajena, pues le viene del analista, y que de incorporar supondría una forma de “arreglo” del analizante a la idea que tiene el analista que debe ser (imaginario especulativo) o que incluso el propio analizante tiene de sí. Sabemos claramente que el análisis no se trata de devenir en “normalidades” que en todo caso no son más que superficialidades que no tocan por completo el reconocimiento del propio fantasma. Segundo, ¿qué implica responder a la demanda de interpretar?; si el analista se somete a un ritmo de trabajo en el que necesariamente deba responder al discurso del analizante por medio de una interpretación se articulan varias transgresiones a la naturaleza misma del psicoanálisis. La primera es que desde Freud sabemos que no debemos responder a las demandas con gratificaciones directas, mucho menos cuando se trata de la operatividad propia del análisis. Si el analista responde de inmediato a la demanda, deja de lado la pregunta por el deseo auténtico que encubre esa articulación en la demanda; la exigencia, construida como una demanda, de interpretación también debe suponer un deseo en el trasfondo del análisis y que se plantea de un modo peligroso cuando el analista acepta ese lugar de “benefactor” que piensa al que se debe pensar así mismo. El otro peligro que implica responder efectivamente en todo momento a la demanda de interpretar es que, como he mencionado anteriormente, el analista usurpa el lugar del Otro, del que debe desentenderse en todo momento; si el Otro debe ubicarse en el propio inconsciente del analizante, cuando el analista se articula como aquel oráculo de las interpretaciones infinitas se coloca en el lugar de Otro, que debe rehusar a ocupar, suponiendo así una perpetuación de la relación imaginaria que impone el Sujeto Supuesto Saber, manteniéndolo con vida cuando el análisis debería ser una “quimioterapia” que lentamente vaya mermando el paso y desarrollo de ese elemento. Ya ubicado en ese lugar de Otro, la línea divisoria entre interpretación y pedagogía es muy delgada, pues la naturaleza de la interpretación que se hace desde ese lugar supone un saber que le es dado al sujeto en una forma de “aprendizaje de sí mismo”, el maestro analista, que se regodea del reconocimiento de las interpretaciones que le son corroboradas por el propio analizante; como si una interpretación pudiera venir a “validarse” como se valida un conocimiento transmitido. Finalmente, la articulación de la interpretación implica un lugar del analista; el tipo de interpretaciones del que venimos hablando, aquellas en las que el analista se ubica en el lugar del Otro, y que se realizan en una suerte de oráculo que con el poder de la cartomancia o de la lectura de huesos le revelan al sujeto las realidades de su psique, no son más que formas elaboradas y por demás camufladas de transgresión a la regla de abstinencia. Desde el planteamiento común del “yo pienso que lo que tú estás diciendo significa que…” o “mira, yo creo que lo que te pasa es que…”, etc. No hacen más introducir la subjetividad del analista en un lugar en que el despliegue de la subjetividad le corresponde al analizante; cuando el analista se plantea en el lugar de un “yo pienso”, “yo creo”, “yo opino”, se perturba la abstinencia deseada del analista; desde un “yo” que se está declarando en un campo que le debería ser ajeno, y que además se está declarando operatorio en un sistema de relación en que debería ser el propio analizante quien se opera; un “yo” que se planta desde el lugar de una interpretación irrebatible, supone la configuración de un dicho que desentona con la abstinencia, pues es dado desde el lugar del analista como sujeto y no desde el discurso del analizante, promoviendo una respuesta que muchas veces tiene que ver con un vínculo especular en que el analizante desea cumplir o caber dentro de los límites de la interpretación que le es brindada. Convendría recordar a estos analistas su función y que la actividad le corresponde al analizante y no a ellos, quienes con este tipo de formación y práctica no hacen más que vincular dependientemente al analizante con el analista, en una obra que estructura el saber de uno a partir de un otro que previamente nos sabe y sin el cual no podemos llegar al saber de nosotros. Peligro. De las consideraciones que suponen que en todo hay transferencia, debemos recordar que en todo caso quien define la articulación del discurso y sus implicaciones sigue siendo el analizante y no el analista, siguiendo con nuestras ideas anteriores; por lo tanto habrá intenciones o motivaciones inconscientes en segmentos del discurso y en otros habrá “palabra vacía”, debemos tener en claro que para que algo tenga algún valor debe estar en comparación con aquello que no lo tiene; remitámonos a Freud que en muchas ocasiones deja de lado elementos del discurso del paciente, tomándolos como tomadura de pelo, el sueño de la carnicera podría ser un ejemplo claro de ello. Recuerdo con gracia a este respecto una frase de una película infantil, en que uno de los protagonistas decía: “decir que todos somos especiales es otra forma de decir que nadie lo es.” Podíamos seguir este principio respecto al discurso del analizante, para prestar atención a los nódulos del discurso que se articulan en un lugar específico del inconsciente, como he dicho, aquel punto en el que el discurso se fractura y que Freud descubrió brillantemente en los lapsus. Deseo cerrar este breve artículo, que no representa una revisión exhaustiva del tema, pero que sí pone sobre la mesa una serie de puntos a consideración, con una especie de delimitación de la naturaleza de la interpretación en psicoanálisis. Concluimos pues, que la interpretación debe ser articulada de tal suerte que permita que el analizante la retome desde diversos ángulos, es decir, que tenga por naturaleza ser polivalente, jamás categórica. La interpretación debe surgir del discurso del paciente y no de las especulaciones mentales del analista, por lo tanto ha ser planteada dejando lo más posible de lado la subjetividad del analista, ya sea en la propia elaboración enunciativa de la interpretación, como en su contenido, permitiéndole al analizante tomarla y darle la forma y significación que pueda en ése momento. Siguiendo estos principios la interpretación analítica no es tanto la que es aceptada unívocamente por el paciente o aquella que destaca con claridad la naturaleza de un fenómeno psíquico del analizante, sino aquella que estimula el desarrollo o continuación de la cadena significante y por lo tanto del trabajo analítico. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS: Fink, Bruce. (2013), “Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano”, Ed. Gedisa: Barcelona, España. Por: V. H. Toro Como es bien sabido, las consideraciones lacanianas sobre el proceso psicoanalítico y su dirección se distinguen con prístina claridad en varios aspectos, ya sea desde la posición teórica del analista hasta la técnica, de otras formas de psicoanálisis. Sin duda, representa todo un hito que se diferencia de las otras orientaciones en psicoanálisis, quizá una de las que más se distingue es de postkleinismo, cuyas intervenciones apuntan a una “cura” y que, sin duda alguna, tienen su operación en el nivel de lo imaginario. Lacan parte todo el tiempo del concepto de “sujeto”, entendido este como un efecto del lenguaje, por tanto del inconsciente y de un corte que se ejecuta en él, un corte que finalmente lo inscribe dentro de un orden, el orden simbólico, cuya manifestación en el Otro ejecuta irremediablemente su influencia en el sujeto, quien se ve atormentado por la pregunta sobre ése Otro que también está en falta, cortado, por así decir y que también desea; el neurótico en su existencia se da de topes frente al muro del Che voui? Pregunta insorteable para él, indescifrable, en tanto que la misma estructura del deseo no es decible, no puede encontrarse sometida por el significante, a no ser su forma lingüística que finalmente la mutila: la demanda. La naturaleza del sujeto es “ser hablado por el inconsciente”, en este sentido, el mismo concepto de sujeto remite a una sujeción a esto que es el inconsciente; estamos pues frente a un sujeto sujetado, que de desatarse se ubicaría irremediablemente bajo el yugo insoportable de la desintegración como sujeto. El síntoma, la angustia, forman parte estructural del ser del sujeto, porque así y solo así, por el corte (origen primero de los dos elementos que recién mencioné) éste se encuentra constituido como tal. Ahora bien, ¿Cómo podemos plantear una cura en psicoanálisis si la constitución del sujeto (su castración, su falta) lo hacen operar en el rango indistinto de lo sintomático? Simplemente no se puede, este asunto tan perentoriamente discutido en psicoanálisis y que remite indisociablemente a la concepción médica del psicoanálisis como terapéutica que “cura”, no hace más que confundir el lugar del analista, con un lugar del que Lacan nos previene, el lugar imaginario del Sujeto Supuesto Saber; que también encuentra su nivel simbólico en tanto se encuentra supeditado el analista a ocupar, en el vacío que en realidad ocupa, el lugar de Gran Otro. El analista es confundido (o le es asignado) por el paciente como aquel lugar donde el saber de mi “salubridad” es sabido, y en los casos más lamentables, algunos otros patéticos, es el propio analista quien se ubica en ese lugar. Por lo tanto, Lacan apunta a considerar al sujeto en la dimensión estructural de su experiencia, con el respeto y la comprensión que una escuela filosófica tendría; ante lo cual, la dirección del psicoanálisis en tanto tal no va hacia una “cura” (no se puede curar al sujeto de su propia naturaleza de sujeto del inconsciente y pretender que el análisis debe operar sobre los síntomas es una pretensión errada en al que el analista se ha ubicado en el lugar de Otro, al que debe procurar jamás entrar), sino mas bien hacia un mejoramiento de la posición del sujeto, en qué posición se ubica el sujeto frente a su propia castración, digamos mejor, frente a su falta; esto es, frente a su deseo, y en ése lugar apuntar a la comprensión de su fantasma, que finalmente articula al sujeto frente a esa falta del Otro que lo ubica en su demanda, el fantasma como sostén que le da un papel al sujeto de su lugar en la falta del Otro, en el deseo del Otro; fantasma que, en su proposición del 67, Lacan llama a “atravesar”. En su seminario 10 de “La Angustia” Lacan llama a una forma de psicoanálisis más apegada a una comprensión filosófica del sujeto, invita a que el psicoanálisis debe entenderse desde un lugar diferente del de “curación”, precisamente por el hecho de que esta curación suele tener, como concepto, una serie de consideraciones relativas que no apuntan a lo que Freud precisaba; y que suelen estar veladas por cánones y prejuicios de los analistas sobre el “bienestar” o “normalidad” del sujeto, ya apuntalándose, como he señalado (sin cansarme) en el lugar del Otro. Lacan comenta: “Recuerdo haber provocado la indignación de aquella clase de colegas que saben, llegado el caso, parapetarse tras no se qué inflación de buenos sentimientos destinados a tranquilizar váyase a saber a quién, cuando dije que en el análisis la curación venía por añadidura. Se vio en ello algún desdén por aquel que está a nuestro cargo y que sufre, cuando yo hablaba desde un punto de vista metodológico. Es muy cierto que nuestra justificación así como nuestro deber, es mejorar la posición del sujeto. Pero yo sostengo que nada es más vacilante, en el campo en que nos encontramos, que el concepto de curación.” (Lacan, 2013, pp. 67-68. Es, como puede verse, una gran puntualización en el psicoanálisis que Lacan plantea muy bien. No podemos someternos como analistas a las falsas pretensiones de la “cura” cuando no hay mucho que curar, sino los síntomas, cuya intención de curar ya en sí misma remitiría a una violación de la regla de abstinencia, en niveles leves o en niveles funestos para el proceso. El asunto, finalmente es el que Lacan señala: “mejorar la posición del sujeto”, respetando su justa naturaleza estructural que le permite erigirse tal como sujeto. De la comprensión que el sujeto va desarrollando sobre sí mismo, los síntomas en cuanto tales irían remitiendo, pero el contenido fundamental del psicoanálisis y su dirección irán irremediablemente vinculados a la pregunta por sí mismo del sujeto y a las respuestas que, asociación libre mediante, dé a esta pregunta: la cura vendrá por añadidura. Me remitiré finalmente a una cita del psicoanalista Slavoj Žižek, quien en su extraordinaria lectura de los textos lacanianos señala en su libro “Cómo leer a Lacan” (Žižek, 2013, p. 14): “La crítica principal de Lacan a otras concepciones psicoanalíticas apunta a su orientación clínica: para Lacan, la meta del tratamiento psicoanalítico no es el bienestar, una vida social exitosa o la satisfacción personal del paciente, sino lograr confrontarlo con las coordenadas y atolladeros elementales de su deseo.” REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS: Lacan, Jacques. (2013), “Seminario X: La angustia”, Ed. Paidós: Buenos Aires, Argentina. Slavoj Žižek. (2013), “Cómo leer a Lacan”, Ed. Paidós: Buenos Aires, Argentina. Entre la obediencia y el desafío: una aproximación subjetiva al análisis del 'Hombre de las ratas'.4/8/2016 POR: GUADALUPE VÁZQUEZ “No solo yo, Pamela soy un ser partido por la mitad y separado, también tú lo eres y todos. Ahora tengo una fraternidad que antes, entero, no conocía: con todas las mutilaciones y carencias del mundo” (p. 69). Italo Calvino, El Vizconde demediado. El vizconde Medardo, herido en la guerra contra los turcos se ve escindido en dos mitades: una de ellas desafiante, sádica y voraz; la otra mansa cual cordero, llena de buena voluntad, quizá demasiada. Ni una ni otra mitad logran hacer, como es lógico, un hombre completo. Esto nos narra la ágil pluma de Calvino, quien al final concluye que la experiencia de ambas mitades refundidas y conciliadas nuevamente en una, hacen de Medardo un sujeto sabio y feliz. Esta clase de ambivalencia, de tirante lucha entre “el bien y el mal”, entre el odio y el amor, que leemos en el personaje de Calvino, puede observarse en los caracteres generales de los neuróticos obsesivos. Es Freud quien recoge y abunda en los síntomas y la génesis de esta patología, cuando, con maestría, nos hace el relato de Ernst Lanzer o “el hombre de las ratas”, un joven abogado que acudió a su consulta abrumado por sus obsesiones. Freud narra con detalle la historia clínica y desarrollo de un tratamiento que se prolongó por nueve meses y que presume ser unos de sus mejores casos, tanto por los resultados de la cura analítica como por el rigor lógico con el que lo estructuró. Cuando Ernst visita a Freud, en octubre de 1907, lo hace tras leer “Psicopatología de la vida cotidiana”, sin embargo, hay un motivo ulterior, desea la connivencia del médico para poder llevar a cabo un complejo tramado de acciones, que pronto se descubren como una suerte de “ensalmos” destinados a aliviar la ansiedad producto de sus pensamientos obsesivos. En estas representaciones mentales, el joven, sufría con la idea de que su padre- ya muerto entonces- y la mujer amada pudieran ser sometidos a una atroz tortura en la que ratas serían introducidas por sus anos para roerlos, a menos que él lograra saldar una deuda de un modo muy específico y a todas luces irracional. Imaginemos la sorpresa de Freud, cuando en el relato del tormento, halla en la ambigua expresión facial de Ernst, el “…horror ante su placer, ignorado [unbekennen] por él mismo” (p. 133). Aún y cuando es disuadido por Freud de llevar a cabo las rocambolescas exigencias de su obsesión, Ernst Lanzer continúa desgranando su historia bajo la escucha atenta de Herr Doktor. Revela sin tapujos sus tempranas y turbadoras experiencias sexuales, algunas a merced de sus institutrices. Sus evocaciones están desprovistas de afecto, de emoción, se sabe entonces que, aún de forma ineficaz, la represión tuvo lugar. Reconstruye una infancia plagada de impulsos sexuales e impulsos hostiles. Un despliegue temprano de la enfermedad, donde se anudaban a partes iguales el deseo y la culpa. Al inventario de síntomas del pequeño Ernst se añadía “una formación delirante de raro contenido”(p.131), en ella albergaba la idea de que sus padres conocerían la naturaleza de sus pensamientos. Es justo este padre, de fantaseados dotes telepáticos, quien habría de erigirse como el perturbador su prematura sexualidad, y por esta vía como objeto de su hostilidad. : “si yo tengo el deseo de ver desnuda a una mujer, mi padre tiene que morir” (p.131). Este mecanismo se extendió a lo largo de la primera juventud de Ernst, donde cada moción hostil engendraba sentimientos de culpa, que se traducían en impulsos suicidas, prohibiciones y acciones obsesivas. Una danza en dos tiempos, uno para el odio y otro para cancelar el odio en un aparente acto de amor. ¿Cómo sucedió esto? A partir del material brindado por su paciente, Freud ubica la génesis del conflicto neurótico en los deseos y la actividad sexual infantil, haciendo especial hincapié en la masturbación. Infiere que el padre castigó con severidad alguna conducta masturbatoria, dando lugar a un odio y un temor perenne en el hijo, que a merced de la paradoja obsesiva, sentía a la par un profundo amor. Esto era inconciente, y era asimismo infantil. Freud nos demuestra que la infancia no se abandona, permanece anidando en nuestra psiquis, y con ella sus inclinaciones, deseos, temores y esa condición de omnipotencia, que rige también a los caracteres obsesivos. El Hombre de las Ratas de Freud, es también, retomando a Calvino, el hombre demediado: niño y adulto a la vez, ama y odia a su padre, ama y odia a Gisele, quien sería años después su esposa; todas sus relaciones están traspasadas por este equívoco. Se somete obediente a la orden del padre y de allí nace un odio que lo invita al desafío. De este trashumar entre el amor y el odio, se alimenta la ambivalencia del paciente obsesivo, de ahí también sus dudas, una duda que permea todo y se desplaza a menudo sobre asuntos irrelevantes y que, trabajosamente, busca compensar la compulsión. Como un afanoso arqueólogo, Freud desentierra los recuerdos del paciente, preservados por capas de olvido y afectos desplazados. Va uniendo, con impasible objetividad, todas las piezas; las hace encajar a través de palabras, omisiones y de los vestigios que dejan los sueños. De la resistencia inicial de “el hombre de las ratas”, recoge el contenido transferencial, a menudo sexual, sádico, cargado de hostilidad hacia el propio Freud y su familia y lo reorienta con amabilidad hacia ese primer objetivo del análisis: la cura por la palabra. Schiller, el poeta alemán, escribió “La palabra es libre; la acción es muda; la obediencia ciega” (p.27). Freud, heredero de una época y con ella heredero de Schiller, halló en la palabra libre una manera de exorcizar el pesar, de seguir el hilo de una conversación con el propio pensamiento, y más allá incluso: un hilo trenzado de palabras que conduce, como a Teseo, al centro mismo del laberinto; al lugar donde duerme el minotauro, el hombre bestia, la mitad vil del hombre demediado, al que no queremos decapitar si no comprender, aprehender, invitar a ser uno completo con aquella otra parte de sí, que lo espera al borde mismo de la conciencia. Bibliografía. Calvino, Italo. El vizconde demediado (1952). Madrid: Siruela. Colección Biblioteca Calvino 4. Ernst Lanzer. (s.f.). En Wikipedia. Recuperado el 11 de mayo de 2015 de http://es.wikipedia.org/wiki/Ernst_Lanzer Freud, Sigmund. Obras completas de Sigmund Freud. Volumen X. A propósito de un caso de neurosis obsesiva (1909). Buenos Aires: Amorrortu editores. Freud, Sigmund. Obras completas de Sigmund Freud. Volumen VI. Psicopatología de la vida cotidiana (1901). Buenos Aires: Amorrortu editores. Magritte, René. Lautréamont [ilustración] (1948). Les chants de Maldoror. Bruxelles, La Boétie. Recuperado de: http://livresraresetanciens.com/index.php?title=DUCASSE%2C_Isidore_(Comte_de_Lautr%C3%A9amont)._MAGRITTE%2C_Ren%C3%A9_(ill.)._Les_chants_de_Maldoror._1948._Bruxelles%2C_La_Bo%C3%A9tie. Meltzer, D. The Rat Man (Obssesional Neurosis) (1978). Londres: Kleininan Development Karnach Books. Rivera García, A. Schiller, arte y política (2010). España: Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones. Schiller, Friederich. Sämtliche Werke (3-4) (1869). Stuttgart: Verlag der J. G. Cotta'schen Buchhandlung. POR: V. H. TORO "La lección de guitarra" (1934, Balthus) Lo que Freud fundamentó, y sostuvo a lo largo de toda su vida, fue que tanto las neurosis como las perversiones tenían su origen en la sexualidad infantil, la cual (al menos en algunos de sus aspectos y a raíz del Complejo de Edipo) sufriría una represión en la fase psicosexual fálica, específicamente en los contenidos alusivos al incesto, al parricidio y, ulteriormente, a la amenaza de castración. La sexualidad infantil, siguiendo éstas ideas, tendría que desembocar en la genitalidad (la cual implicaría un objeto de sexo diferente, estaría enfocado a fines reproductivos y sería de carácter predominantemente heterosexual con una elección amorosa por “apuntalamiento”). Para llegar a éste momento del desarrollo supuesto, la genitalidad, la sexualidad infantil debería atravesar efectivamente una serie de etapas, en las cuales los objetos de satisfacción de la pulsión y los medios de satisfacción, así como las metas, irían variando a lo largo del atravesamiento de dichas etapas; podríamos sugerir, de un modo extraordinariamente esquemático el siguiente proceso evolutivo (dando rienda al darwinismo freudiano):
En el neurótico, sus deseos de pulsiones parciales están reprimidos y son egodistónicos la mayoría de las veces, mientras que en la perversión los deseos de pulsiones parciales y pregenitales están a “flor de piel”, no operando la represión sino el mecanismo de la renegación y aconteciendo las más de las veces fenómenos de carácter egosintónico. Cabe aclarar que las anteriores elucidaciones alcanzaron una mayor profundidad a raíz de los aportes de Abraham, quien incorporó a las nociones freudianas de las etapas psicosexuales las relaciones de objeto del sujeto. Pero el devenir de las pulsiones parciales en control de la sexualidad acontece en la fase fálica por la amenaza de castración, que supone para el sujeto una angustia permanente e insoportable que le hace rehuir de ésta, regresionando hacia etapas de pulsiones parciales para escapar a la castración propiamente; de éste modo el acto perverso se constituye como una defensa, un mero acto defensivo que cobra importantes repercusiones en el Yo del sujeto, en tanto para regresionar y evadirse de la castración echa mano del mecanismo de renagación (que ya hemos mencionado anteriormente) que le permite aceptar y negar al mismo tiempo una realidad (la diferencia de sexos, la posibilidad de la castración) a costa de una escisión del Yo, que quedaría permanentemente fragmentado. La sexualidad del perverso por lo tanto, se encuentra estructurada de una manera caótica, supone necesariamente un carácter masturbatorio (al menos metapsicológicamente hablando) en el sentido de que el acto va en un sentido de autosatisfacción, en tanto el objeto poco o nada importa al sujeto perverso. Para tomar en cuenta en la identificación de los sujetos perversos, Meltzer (desde su posición poskleiniana) considera que uno debería prestar singular atención a ciertos elementos que aparecen en éste tipo de pacientes:
Ahora bien, tomando en cuenta las características que hemos enumerado con anterioridad y formándonos una idea, más que nada, generalizada del desarrollo psíquico que deviene en perversión; podremos ahora hablar poco sobre la transferencia que ejecuta el sujeto perverso. El sujeto perverso como tal, con su desprecio hacia el objeto y las cantidades fuertes de odio (hablando kleinianamente) que tiene, sentirá permanente envidia, realidad psíquica que lo imposibilita para formar relaciones de objeto o vínculos como tal, en tanto le resulta intolerable la dependencia que el tratamiento psicoanalítico pudiese llegar a generar, ante este temor la intención permanente del sujeto perverso irá encaminada a esterilizar el vínculo analítico, esto es, volverlo ineficiente y destruir cualquier carácter productivo que pudiera tener el análisis como tal. Insisto, esto siguiendo las ideas kleinianas y poskleinianas de la perversión. Otros autores desarrollarán ideas diferentes al respecto, los lacanianos, por ejemplo, evocarán la renegación de la Ley del Padre, como fundante de la perversión y en éste sentido las implicaciones en la comprensión del sujeto irán en un sentido distinto a las que hemos expuesto aquí, sustentados más que anda en las elaboraciones teóricas de las relaciones de objeto. En tanto el Yo del perverso está estructurado a partir de un mecanismo de defensa particular: la renegación; el modo de relación de objeto será siempre defensivo. Aunque una consideración más general de los cuadros podría pensar que un paciente perverso bien puede estar más cercano a la neurosis, o bien, a la psicosis, siendo ésta posición del sujeto el grado de “gravedad” que presente (si es que podemos hablar de ello en psicoanálisis). Ahora bien, Etchegoyen considera la perversión como una especie de síntoma de carácter egosintónico y cuyo principal elemento es una vivencia intensa del placer sexual (el plus de gozar para los lacanianos). La relación de objeto del perverso estaría matizada por un “odio erotizado”. En éste sentido, o siguiendo ésta idea, podríamos concluir y finalizar éstas generalidades sobre la perversión declarando una serie de puntos precisos a través de los cuales la transferencia perversa se manifestaría durante el tratamiento psicoanalítico, a saber:
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS: Etchegoyen, Horacio. (1986), “Los fundamentos de la técnica psicoanalítica”. Amorrortu Editores. Pp. 167-177. Etchegoyen, Horacio; Arensburg, R.. (1977), “Estudios de la clínica psicoanalítica sobre la sexualidad”, Ed. Nueva Visión. Pp. 9-30. TEXTO E ILUSTRACIÓN POR GUADALUPE VÁZQUEZ De aquello que sostiene el método psicoanalítico se destaca siempre la neutralidad del analista, la regla de abstinencia y la atención flotante. Sobre esta última Sigmund Freud explicita: «No debemos otorgar una importancia particular a nada de lo que oímos y conviene que le prestemos a todo la misma atención flotante». Con esto nos quiere decir que no debemos priorizar nada en particular del discurso del analizado; sin importar las inflexiones, los vaivenes y altibajos, la escucha será monocorde. Fuera de la consulta dejamos nuestros prejuicios, nuestra fijación con Linneo y las clasificaciones; también, con cierto prurito abandonamos nuestras defensas y nos lanzamos a la deriva esperando que la marea haga lo suyo. Si de un lado el paciente asocia libremente, del otro lado el analista escucha más que libre, librado. Del discurso sin trabas del uno a la escucha rendida del otro, uno y otro inconciente se encuentran. La nuestra es entonces una escucha mesmerizada, y pareciera que ya no es el analista quien con su encanto hipnótico hurga en la mente del paciente, si no la voz del paciente y su influjo lo que hace levitar la oreja del analista, que atento ladea la cabeza para prestar oído. ¿Pero es la voz lo que llama a la escucha?¿O es el analista, antes que espejo, un cuenco-oreja vacío donde el otro precipita sus afanes y el ulular de su fantasma? En cualquier caso, decía Michel de Montaigne que “la palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”. El relato de las neurosis es una construcción dialógica, una narración a dos voces, que se sostiene en la escucha. Plutarco, filósofo griego, fue entre los clásicos quien más escribiera sobre la escucha. En Peri tou akouein, que se ha traducido y publicado como “El Arte de la escucha”, se refiere al oído como el único sentido, pasivo y activo a la vez, que permite acceder al logos, y así a la palabra del maestro y al propio conocimiento de sí. Da indicios incluso, de una práctica muy cercana a esta atención flotante, en la que propone que el oído se deje penetrar por el logos sin que medie la voluntad en ello. Sin embargo la escucha que describe Plutarco está al servicio de la propia virtud y del aprendizaje de la oratoria, más que en atención a un otro. Alrededor de la escucha como método terapéutico, hay intrincados textos psicoanalíticos producto de la ortodoxia, definiciones enciclopédicas… Mucho rigor y muy poca belleza, que retrate a su vez la belleza propia de esta escucha, la experiencia estética que se nos brinda desde la otredad. A nuestra ayuda acude la ficción de Michael Ende; en su libro “Momo”, dirigido en mayor medida al público infantil, en el que nos describe mágicamente la virtud de la escucha. Dejo para ustedes este fragmento a manera de colofón: « (…) Entonces, ¿es que Momo sabía algo que ponía a la gente de buen humor? ¿Sabía cantar muy bien? ¿O sabía tocar un instrumento? ¿O es que —ya que vivía en una especie de circo— sabía bailar o hacer acrobacias? No, tampoco era eso. ¿Acaso sabía magia? ¿Conocía algún encantamiento con el que se pudiera ahuyentar todas las miserias y preocupaciones? ¿Sabía leer en las líneas de la mano o predecir el futuro de cualquier otro modo? Nada de eso. Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar. Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única. Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él. Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo. ¡Así sabía escuchar Momo! ». Bibliografía: -Michael Ende. Momo. 2007. Editorial: Alfaguara. -Sigmund Freud. «Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente» (caso Schreber), Trabajos sobre técnica psicoanalítica, y otras obras (1911-1913). Editorial: Amorrortu editores, Colección: Obras Completas de Sigmund Freud (XII). -Plutarco. Obras Morales y de Costumbres (Moralia). 1985.Editorial: Gredos S.A. POR: V. H. TORO "Narciso" de Caravaggio El psicoanálisis tiene varios elementos, o mejor dicho, subrogados que componen la totalidad de su riqueza teórica, dos de los más importantes, lo más importantes creo yo, serían la clínica y la metapsicología. En lo que atañe al cuerpo teórico correspondiente al narcisismo encontramos estos dos elementos como los ejes en los que se apoya ésta idea en Freud. Freud encuentra varias realidades de las cuales infiere el surgimiento del narcisismo; el cual, no tendría tanto que ver con lo patológico, al menos en un primer tiempo, sino más bien con un momento natural del desarrollo (a este momento del desarrollo lo llamará “narcisismo primario”), dichas realidades que lo arrojan a estudiar el narcisismo, o contemplarlo como una realidad clínica y del desarrollo serían: las psicosis, las etapas tempranas en los niños, estados hipocondríacos, enfermedad orgánica, entre otras. Fundamentalmente, éstos elementos atañen de manera necesaria un monto de narcisismo, entendido en Freud como la vuelta de la libido sobre el propio Yo (que es tomado como objeto, primera relación en el desarrollo psíquico para éste autor). No podría discutirse que el que padece una enfermedad orgánica desmonta libido de sus relaciones objetales para depositarla al cuidado y preocupación de sí mismo, el mismo fenómeno, pero en un aparente sinsentido en tanto no hay evidencia “real” que corrobore las sospechas del hipocondríaco, ocurre en el estado hipocondríaco, ni qué decir tiene en el psicótico para quien la realidad externa con todos sus elementos ha quedado excluida quedando en su reemplazo el mundo interno a través del cual el sujeto psicótico vive la experiencia. Ahora bien, Freud distingue dos tipos de narcisismo:
Una vez que el niño traspasa o atraviesa el narcisismo primario, la energía libidinal depositada en sí mismo, en las ideas omnipotentes y grandiosas, así como en los fenómenos alucinatorios de auto-satisfacción (el pecho de la madre aparece como una extensión del niño respuesta a su necesidad), pasa al “Ideal del Yo” (lo que uno quisiera llegar a ser) así como al proceso de la elección de objeto. Sobre el ideal, cabría decir, que mientras más se acerque el Yo al Ideal del Yo, más fácil se generará la satisfacción narcisista que dará la idea de recuperar el estadio de completud (aún no rebanada por la castración) del narcisismo primario. La contraparte, un alejamiento de éste Ideal del Yo, genera estados depresivos, culpa, baja autoestima, etc. La conciencia moral será la que evalúe el desempeño del Yo en relación con el Ideal del Yo. Podría decirse que uno recupera algo de su narcisismo al recibir el amor de objeto, mientras que no obtenerlo supondrá, igualmente, un sentimiento de insatisfactoria inferioridad. Ya ulteriores elaboraciones freudianas con respecto al narcisismo encontrarán en éste el origen de diversos fenómenos psíquicos, la inversión u homosexualidad masculina por ejemplo; la incapacidad para reconocer la diferencia (lo que no es como uno), intolerable para el sujeto narcisista, y que acontece durante el periodo del Complejo de Edipo con respecto a la diferencia de sexos y la amenaza de castración, suponen para el sujeto una representación intensa e inmanejable que lo empuja a realizar una identificación (narcisista, podríamos decir) con la madre, colocándose en su lugar y amando a jóvenes masculinos del mismo modo en que la madre lo hubo amado a él. En términos extremadamente resumidos éstas serías la perspectiva freudiana más difundida con respecto al fenómeno de la homosexualidad masculina, como vemos encontrando su base en la posición narcisista de la no tolerancia de la diferencia y al mismo tiempo del amor a lo que es como yo. El sujeto narcisista poco habrá de ejecutar el amor “por apuntalamiento” (como lo llamará Freud), o al menos lo hará pobremente, esto es un amor que concibe al objeto y valora al objeto como un fin en sí mismo (usando terminología kantiana), por lo demás su percepción del objeto de amor no es más que una manifestación de una extensión de sí mismo: Narciso condenado al ahogamiento, de su propia voluptuosidad autosuficiente. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS: Freud, S. (1914), "Introducción al narcisismo", Tomo XIV, Obras completas, Ed. Amorrortu. Pp. 65-98. |
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Noviembre 2024
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